Lo que no se ve Capítulo II
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Capítulo II

II

Esta mañana he recorrido tres galerías, carpeta en mano y con un calor asfixiante. Cada vez que decía el nombre de la colección —«Violencias Invisibles»— veía en sus miradas una mezcla de curiosidad y alarma.

Mientras camino por la ciudad, observo a la gente ir de un lado a otro, ajena a esos pactos silenciosos que nadie cuestiona.

Es probable que muchos sufran algún tipo de violencia en su vida y la mayoría de ellos lo ignore.

La hemos normalizado tanto que ya la soportamos sin darnos cuenta de que nos hace daño.

Y además, desde fuera, a menudo todo parece normal, pero no lo es.

Es fácil confundir lo sano por lo tóxico.

Llamamos amor a lo que duele y aguantamos lo que nos destruye.

Romantizamos el sacrificio, aplaudimos el aguante y justificamos lo injustificable.

Vivimos dentro de una cultura que abusa sin alzar la voz.

Porque la violencia no siempre grita, a veces susurra, se disfraza de cuidado, de «lo hago por tu bien» o «no podrías sola».

Son once cuadros que no pretenden explicar, sino hacer sentir.

El título solo está en mi mente. Es el público quien debe adivinar a qué violencia invisible corresponde cada obra.

No hay escenas explícitas. Es arte abstracto; trazos, texturas y vacíos.

Quiero que quien los mire sienta el eco que deja la violencia en el cuerpo.

Porque la violencia invisible no se ve, pero se siente.

Cada cuadro encarna una forma distinta de esa violencia. El control, por ejemplo, no grita, susurra amenazas con una sonrisa, marca límites con silencios largos y disfraza el miedo de sentido común.

La culpa pesa. Se pega a la piel como una segunda ropa.

Te hace dudar de tu voz, de tus deseos, de tu derecho a poner límites.

Luego está la obediencia, siempre caracterizada de virtud.

Te aplauden por ser buena, por ceder, por no incomodar, pero a nadie le importa si algo se apaga por dentro o si pierdes tu dignidad por el camino.

El rechazo, esa forma en la que te dejan de mirar, de nombrar, de invitar…, te vuelve invisible incluso para ti misma. Ese tipo de aislamiento no deja moratones, pero arrasa.

El sacrificio es mi cuadro favorito. Esa trampa delicada que nos enseñaron a ver como un acto noble. Suena hermoso, incluso heroico, hasta que te das cuenta de que amar no pide precios que pagar.

De camino a la última galería del día suena el teléfono. Es Yago. Esta mañana iba a casa de sus padres a presentar su dimisión y, por su tono, sé que algo no ha salido como esperaba.

—¿Cómo ha ido, cariño?

—Uf, se ha liado un poco.

—¿Con tu padre?

—No, él ha pasado de todo. Entré con la carta de dimisión en la mano, se la puse delante, la miró y ni se inmutó.

—¿En serio? ¿Ni una palabra?

—Nada. Solo dijo que me pagará el finiquito en unos días y volvió al jardín a regar sus plantas. Fue mi madre la que vino a hablar conmigo.

—¿Y ella qué te ha dicho?

—Lo de siempre. Que si me lo he pensado bien, que si es un buen trabajo, que no puedo hacer siempre lo que me da la gana, que tengo responsabilidades, que qué voy a hacer ahora…

Bla, bla, bla. Ella no sabe cómo me trata él.

Me debe dinero, no cuenta conmigo, me rechaza, me ignora, y ella lo defiende.

Me pone enfermo. Alguna vez podría validarme, digo yo…

—Lo siento, cariño —respondo pensando lo duro que debe ser para él.

—Mi madre y su buenismo. ¿No crees que también es una violencia invisible?

—¿A qué te refieres?

—A la gente que solo ve lo positivo y niega o justifica la violencia. Viven en su fantasía, como si todo fuera de color de rosa, pero en realidad no se enteran de nada. Al final, me he ido dando un portazo. Me siento fatal. Suerte que tú me apoyas.

—Eso siempre.

—Te quiero infinito, Cata. Tengo suerte de que estés en mi vida.

Ser especiales el uno para el otro fue una sensación que me acompañó durante toda la relación. Creer que lo nuestro era diferente, que era un regalo, que era mágico… Esa ilusión fue el pegamento que sostuvo todo lo que vino después.