Lo que no se ve Capítulo I
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Capítulo I

I

Llevo un rato peleándome con un Excel para intentar cuadrar los números del trimestre, una tarea que detesto y que no se me da bien. Estoy tan concentrada que tardo en ver una llamada perdida de Yago. El móvil estaba en silencio.

Le devuelvo la llamada de inmediato. Nunca me llama a estas horas e intuyo que algo ha pasado.

—Hola, cariño, ¿todo bien?

—Amor, te he llamado hace un buen rato, ¿dónde estabas?

—En el estudio, concentrada en unas facturas y con el móvil en silencio. Lo siento.

—Es que acabo de tener una discusión monumental con mi padre, pero ya lo he decidido, mañana presento mi dimisión. El gestor está preparando los papeles.

—¡Ostras! ¿Estás seguro de querer dejarlo tan pronto?

—No aguanto más. Después de lo que me dijo Ángela, no pienso seguir acatando sus reglas tiranas. Siempre he ido a contracorriente y sé que este no es mi camino. El mejor momento siempre es ahora.

—Vale, si lo tienes tan claro, adelante, pero piénsalo bien, porque no tienes plan B…

—Gracias por el apoyo, amor. Estoy seguro de que sin ti no podría hacerlo. Todo esto me da un poco de vértigo, pero tengo que ser valiente.

—Estoy a muerte contigo, ya lo sabes —digo, feliz de ayudarle—. ¿Y has pensado qué vas a hacer a partir de ahora?

—De momento, irme a Canarias en enero. Económicamente, cuento con la renta del piso, que, aunque no es mucho, me permitirá vivir. Y también tengo algunos ahorros, aunque tendré que reducir gastos.

Cada vez que menciona su viaje a Canarias siento que se abre un abismo bajo mis pies. Detesto la idea de que se vaya, pero no quiero ni puedo retenerlo. Sé lo importante que es para él.

—En realidad me iría ya, pero quiero pasar más tiempo contigo. No voy a marcharme justo ahora que he encontrado a mi alma gemela —añade, como si percibiera mi desasosiego.

Sus palabras me entristecen y cambio de tema antes de que se me quiebre la voz.

—Y tú, ¿cómo estás después de la discusión?

—Enfadado, pero también me siento fuerte. Me asusta dejar la empresa y quedarme sin nada, pero lo necesito. —Se queda pensativo unos segundos—. Cariño, ¿crees que hago bien? —pregunta a continuación.

Dudo un segundo.

—Yo siempre te animaré a que vivas tu propia vida, pero es importante pensar bien en las consecuencias antes de lanzarte al vacío.

—Ya lo he pensado. Quiero aprovechar el año sabático para formarme en masculinidad consciente. Siento que podría ser un buen terapeuta y ganarme la vida con ello. ¿Tú qué crees?

—No te puede pegar más —le digo sonriendo—. Se te daría genial.

Estoy un poco consternada cuando cuelgo. No esperaba que lo que nos dijo Ángela tuviera un impacto tan inmediato en la vida de Yago.

A media mañana pido cita con la ginecóloga porque sigo con molestias.

La sala de espera de la clínica tiene esa luz blanca y sin sombras que hace que todo el mundo parezca un poco enfermo.

Seis sillas de plástico azul marino, una mesita con revistas viejas que nadie toca y una pantalla muda que pone y quita imágenes de montañas y paisajes nevados, como si intentara calmar a alguien.

Espero veinte minutos con el móvil boca abajo sobre las rodillas.

Cuando la enfermera dice mi nombre, el corazón me da un pequeño salto que no esperaba.

Mi doctora sigue de baja, así que me atiende otra médica.

Le explico lo ocurrido, además de los episodios recurrentes de candidiasis y que mi pareja ha tenido prostatitis el último mes sin terminar de recuperarse.

Tras hacerme algunas pruebas, sospecha que podría tratarse de clamidia y quiere confirmarlo. Podría ser algo puntual, sin mayor importancia, porque todo apunta a que soy asintomática, pero me recomienda esperar los resultados y mantener la calma.

Salgo de la consulta casi convencida de que es clamidia, aunque tendré que esperar tres semanas para confirmarlo.

Por curiosidad, busco los síntomas en Google y descubro que, en los hombres, coinciden con los de la supuesta prostatitis.

Eso explicaría por qué no termina de curarse pese a tanto antibiótico.

Subo al coche agobiada y no dejo de darle vueltas hasta llegar a la playa, donde he quedado para comer con Yago. Cuanto más pienso, más claro lo veo. El calor me sube a las mejillas y una rabia silenciosa empieza a crecer. Si es clamidia, ha tenido que ser Yago. No hay otra opción.

La angustia me desborda y, sin pensarlo más, lo llamo desde el coche, con la voz temblorosa:

—Cata, no te agobies antes de tiempo. La doctora ha dicho que podría no ser nada. Esperemos a los resultados.

—No es seguro, pero todo encaja.

—Un poco sí, pero no adelantemos acontecimientos.

—Ya, pues no me hace gracia —digo molesta.

—A mí tampoco, cariño, pero no te enfades conmigo. Aunque fuera así, ni siquiera sabemos quién se la pasó a quién.

Ese comentario enciende el volcán de rabia que llevaba conteniendo.

—Yo no he estado con nadie más desde que me separé, Yago. Ya lo sabes —le digo con vehemencia.

—Bueno, Cata, no te pongas así. Yo sí, antes de estar contigo, ya te lo dije. Si es clamidia, de verdad que lo siento mucho.

—Además, los síntomas los has tenido tú primero —añado para que no haya un ápice de duda.

—Es cierto, pero, si tú eres asintomática, podrías haberla tenido sin saberlo.

—Joder, Yago, ya te he dicho que no he estado con nadie más —exclamo, cada vez más indignada. La ansiedad por los resultados se mezcla con su empeño en cuestionar lo evidente.

Resoplo e intento contener la frustración.

—Mira, estoy llegando. Ahora te veo y terminamos de hablar.

Yago corre hacia el coche en cuanto me ve y espera a que salga para abrazarme con fuerza.

—Amor, perdona si te ha molestado lo que he dicho antes sobre la clamidia. Estoy nervioso por lo de mi padre y me ha pillado por sorpresa. No he pensado en cómo te sentirías.

—Me ha molestado, pero gracias por decirlo y por entenderme—digo, un poco más relajada.

—No quiero discutir contigo, y menos por esto. Vamos a esperar y a no sacar conclusiones de forma precipitada —dice mirándome a los ojos—. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo? —pregunta, preocupado.

Niego con la cabeza y Yago me toma de la mano para llevarme hacia la playa. Mientras caminamos, me cuenta más sobre el conflicto que ha tenido con su padre. Lo noto afectado, con la mirada clavada en la arena. Hoy los dos estamos vulnerables, pero aun así nos apoyamos, y eso me reconforta.

Como siempre, terminamos el día en nuestro refugio, ese lugar donde nuestros cuerpos y almas se encuentran. Allí, transformamos todo lo negativo en algo más liviano y dejamos que el amor haga su alquimia.