Capítulo XXVII
XXVII
Esta mañana me levanto temprano para comprar el té que le gusta a Ángela y unas galletas que sé que le encantan. Después de días dándole vueltas a su mensaje, Yago y yo estamos deseando que llegue la tarde para despejar, por fin, la incógnita que nos tiene en vilo desde el domingo.
Ángela llega puntual, cargada con su arsenal de piedras protectoras, velas y símbolos que no reconozco.
Recorre la casa con la mirada y elige un rincón del salón para hacer la lectura con los guías.
Prepara el espacio con cuidado: enciende velas, prende incienso y dispone estratégicamente algunos minerales para crear una atmósfera de calma y protección.
Después, con su serenidad habitual, recita una oración y nos da una breve introducción de lo que va a suceder.
Cierra los ojos, se concentra unos segundos y se conecta con sus guías, preparándose para canalizar la información que nos ha traído.
—Primero de todo, os doy las gracias por poder conectar con una zona muy bonita de un lugar de la Tierra que desconozco —empieza—. Son unos guías y una energía preciosa, así que muy agradecida por ello.
»Vosotros ya os habéis encontrado en otras vidas.
Eso ya lo habéis sentido así desde que os conocisteis.
En este momento se ha presentado uno de tus guías, Yago, con un campo de paz y de mucha sabiduría que está conectado con el mar.
Él me está explicando el origen de vuestra historia en la isla de Pascua y algo que Yago tiene que saber ahora.
»Yago, tú eres descendiente de un territorio que se llama Hiva, cerca de Nueva Zelanda.
Formabas parte de un clan que emigró a lo que se conoce como Rapa Nui.
Eras hijo de uno de los jefes de un clan, que se llamaban Hariki.
Él iba siempre a contracorriente. Me dicen que esto ya está en el interior de Yago, antes lo hacía y es posible que ahora también.
»Yago seguía las normas, ya que, al ser descendiente de nobles que se suponían descendientes de dioses, tenía restricciones, aunque también privilegios.
Tenían un gran poder, también espiritual.
Este poder sigue con Yago, por eso es tan perceptivo e intuitivo.
Pero al tener este espíritu a contracorriente él siempre quería más.
Respetaba las estrictas tradiciones que tenían, pero ser así le supuso conflictos.
Ser noble también le daba unos privilegios.
Por ejemplo, podía estar en la costa mientras el resto de las tribus permanecía en el interior de la isla.
Incluso podía construir un uhu. De hecho, ayudó a construir el de su familia.
»Cata —continúa mi amiga—, tú en esa época eras una mujer que venía de Inglaterra y que llegó a la isla de Pascua con los primeros europeos que arribaron allí.
Viajabas con tu familia, que es la misma familia que tienes en esta vida.
Que os conocierais fue un punto de inflexión en la vida de los dos.
Lo que voy a seguir contando ahora va a hacer referencia solo a Yago.
»El hecho de conoceros hizo que él quisiera saber más sobre un mundo que desconocía.
De alguna manera, conocerte a ti, Cata, en esa vida le daba la razón sobre que había algo más y justificaba su anhelo de quebrantar las normas.
Eso generó un conflicto muy importante con su clan y su familia.
Según sus rituales, el ir en contra de sus reglas significaba que al morir no pudieras ir a la luz y te quedaras castigado cuidando a la familia.
Su madre y su hermana lo apoyaban, y un amigo suyo en esa vida, que se convirtió en sacerdote cuando él murió, también fue pionero en buscar más respuestas y las introdujo después.
Este sacerdote también ha sido alguien muy importante en la vida actual de Yago y en otras encarnaciones.
»Como os decía, el hecho de que os conocierais y os enamorarais desencadenó un conflicto muy importante en su clan.
Ellos tenían unas normas muy rígidas y tradicionales que debían cumplir.
Pero Yago, al conocer a Catalina, se dio cuenta de que había mucho más mundo y quiso romper las reglas del clan, unas normas que eran sagradas para ellos.
Como era hijo del rey, su rebeldía no solo generó un conflicto social, sino también familiar.
De hecho, su apodo en esa época significa «a contracorriente».
Buscadlo, porque tal vez lo encontréis. Su familia de entonces es su familia de ahora también.
Por eso su relación con su padre es tan difícil.
Y por eso tu padre rechaza a Yago. Luego te mando un mail con palabras maoríes que no sé qué significan para que las busquéis —añade.
»Este conflicto acabó con tu muerte, Yago.
No sé por qué, no me dan detalles. Tampoco sé qué pasó contigo, Cata.
Yago, tú moriste con mucho sentimiento de culpa y enfado, y estuviste mucho tiempo vagando como espíritu por el bajo astral.
Te costó mucho reencarnarte en Occidente y has vivido existencias muy oscuras.
Tus tatuajes son, sin que tú lo sepas conscientemente, un reflejo de lo que le ha pasado a tu alma.
»Es importante que reconectes con tus raíces para poder hacer lo que has venido a hacer.
Uno de tus guías me dice que conectes con el mar, porque tú estás conectado con el mar.
Y también me dice que viajes a la isla de Pascua y visites los ahu, y que los toques para recordar a nivel de espíritu de alma.
También hay un mapa de clanes. Uno es el de la costa, que es el tuyo.
Que te dejes sentir. Eso te va a ayudar a conectar con tus guías, que vienen de una esencia diferente y de un origen diferente.
En la isla de Pascua conectarás con estas deidades que tienen que ver contigo.
Hay cosas que tienes que resolver para poder cumplir con lo que te has propuesto en esta vida.
No me dicen nada más, pero me insisten mucho en este aspecto.
Yago y yo nos miramos sorprendidos mientras escuchamos a Ángela. La historia roza lo surrealista, pero dicha por ella adquiere otro significado. Al terminar, cierra con una breve oración y abre los ojos.
Yago se queda en silencio unos segundos, asimilando lo que acaba de escuchar.
—Me acabas de hacer un regalo maravilloso —le dice, aún con la boca abierta.
—Y a mí —respondo, todavía en shock.
—¡Es que todo cuadra muchísimo! —exclama Yago, visiblemente emocionado—.
Siempre me ha fascinado la cultura maorí, he visto películas sobre ellos y también he leído libros.
De hecho, algunos de mis tatuajes rinden homenaje a esas tradiciones.
Mis camisas de palmeras, mi amor por el mar y el surf, que nació en Hawái… ¡Todo tiene mucho más sentido ahora!
Se pone de pie y empieza a caminar arriba y abajo con las manos en la nuca, afirmando con la cabeza.
—Pero Ángela ha hablado de Rapa Nui —digo sin poder evitarlo—. No es lo mismo que los maoríes, ¿no?
Yago me mira un segundo.
—Son culturas hermanas —responde con seguridad—. Todo forma parte de lo mismo.
No insisto. Tal vez tenga razón. O tal vez le da igual la diferencia porque lo que importa es el relato, no la exactitud.
—Nunca lo habíamos hablado, pero es así. Sé mucho sobre los moáis, y lo que más me conecta con esa cultura es el trabajo con las manos. Es algo que disfruto haciendo, sin que nadie me lo haya enseñado.
Nos quedamos los tres en silencio, con muchas preguntas dando vueltas en la cabeza. Ángela permanece en calma, atenta, dispuesta a responder lo que necesitemos saber.
—Ángela, este mensaje no podía llegar en mejor momento.
Justo ahora me estoy planteando dejar el trabajo en la empresa de mi padre.
Siempre ha intentado controlarme en lo laboral y en lo familiar.
Nunca he encajado del todo con ellos y, por primera vez, siento que puedo romper con sus reglas.
Todo esto ha cambiado desde que conocí a Cata.
—Es muy similar a lo que sucedió cuando eras rapanui. Tu padre era el rey y tú trabajabas para él y su clan. La situación se repite —explica Ángela.
—Entonces ¿esto está pasando para que lo hagamos diferente esta vez? —pregunto, buscando comprender, mientras pienso, sonriendo para mí, que qué bien le sienta a Yago que le digan que era todo un príncipe.
—Sí, ahora es el momento de hacerlo desde el amor y el respeto.
No será fácil, porque hay mucho dolor acumulado, tanto el que viviste en el pasado como al que te enfrentarás con tus decisiones.
Sentirás que deshonras a tu familia, pero tienes que seguir adelante, llenándote de amor, comprensión y generosidad emocional —responde Ángela con firmeza.
—Es como si aún creyera que voy a deshonrar a mi familia si sigo mi camino, ¿no? —interviene Yago.
—Exacto. Te quedaste atrapado en un estado de culpa, pensando que habías traicionado a tu familia.
Intentaste seguir la tradición y resolverlo desde la protección, pero eso solo te llevó a más sufrimiento.
Fue solo cuando conectaste con tu corazón que lograste pasar a la luz, y, desde allí, empezar a proteger a tu familia de una forma más auténtica.
Ese fue el momento en el que pudiste reencarnarte en Occidente.
Ahora necesitas volver a conectarte con tu corazón, con tu intuición, y seguir el camino que te corresponde.
No será fácil, y tampoco lo fue en aquella vida, pero es lo que hay.
Por eso tu guía te llama A Contracorriente; es el nombre rapanui que te dieron después del conflicto.
Es algo que debes descubrir por ti mismo.
Tienes que seguir adelante. El examen es ahora.
—Joder, ¿qué examen? —pregunta Yago, y suerte que lo hace, porque yo iba a decir exactamente lo mismo.
—Las situaciones se repiten en otras vidas para que podamos trascenderlas y resolverlas desde el amor.
Necesitas mucho amor, respeto y generosidad para comprender que, aunque te ataquen, todo proviene de un dolor antiguo.
Yago, ellos no saben lo que tú sabes. La lealtad y el honor están profundamente arraigados en ti y en tu familia —dice Ángela.
En ese momento, Yago y yo nos miramos, recordando nuestro propio Código de Honor y el lema de «ser roca».
—Ahora es el momento de actuar desde el amor y la comprensión —continúa Ángela—, incluso en tus momentos de enfado.
Comprender desde una posición más elevada y ser capaz de ver más allá te dará la fuerza necesaria para tomar las decisiones correctas.
Recuerda que no estás solo, que tus guías te están apoyando.
Hay personas que te quieren, que están en el lado espiritual y que están ayudándote en este momento.
Estás repitiendo algo que ya viviste en el pasado.
Yago y yo seguimos escuchando con atención, procesando toda la información que nos proporciona Ángela. Para mí, todo esto es completamente nuevo, pero para Yago parece tener un sentido mucho más profundo.
—¿Nos puedes contar algo más sobre nuestra historia? —le pregunto a Ángela, ansiosa por entender más.
—Primero, que él debe recorrer este camino con lo que ya sabe, y después irán llegando más respuestas. Tú, Catalina, sigues siendo un punto de inflexión en su vida, un antes y un después. Para ti, él también.
Ángela guarda silencio unos segundos antes de añadir:
—Vuestras almas provienen de la constelación de Mintaka, un lugar del que surgen muchas de las semillas estelares.
Son almas con una misión muy fuerte, personas que sienten que la Tierra no es su hogar, con una gran sensibilidad, que dan valor a cosas que otros no comprenden.
Mintaka era un hermoso mundo de agua, y ambos formáis parte de él.
Nuestros ojos se encuentran en una mirada cómplice, porque tiene todo el sentido.
Antes de irse, Ángela escribe en un papel unas palabras de los guías de Yago, invitándole a buscarlas: Hiva, Ariki, Rapa-nui, Aku-aku, Ivi-atua, Akahanga, Ahu .
Luego nos deja un mensaje final: «A Contracorriente: el mar está en tu alma.
Vuelve a conectar con tu alma y tu esencia espiritual. Un guía familiar».
Nos despedimos de Ángela dándole las gracias una vez más. Todo podría parecer sacado de una película de ciencia ficción, y aun así encaja con demasiada precisión como para ignorarlo. Confío en ella, la he visto canalizar muchas veces y nunca ha fallado.
Hoy, por fin, todo empieza a tener sentido. Las resistencias de nuestras familias, nuestra conexión tan profunda, ese magnetismo entre nosotros. Ahora lo entendemos.
Bromeamos un rato, fantaseando con lo que pudo pasar entre una inglesita recién llegada a la isla y un jefe de tribu aborigen. Yago dice que, si el magnetismo era como el de ahora, entiende que acabara muerto.
La fantasía de nuestras mentes y lo que acabamos de saber hace un rato provocan que nuestro imán se active intensamente.
La conexión, las vidas pasadas, lo que sentimos el uno por el otro, el deseo…
Todo se une para dar lugar a una explosión de sensaciones.
Queremos vivir con nuestros cuerpos lo que sienten nuestras almas.
Es una conexión más allá de lo físico. Es una sensación de expansión que trasciende de este plano.
Cuando todo termina, mi cuerpo me avisa de que algo no está bien. Se lo comento a Yago un poco asustada y quedamos en que mañana haré otra visita al médico.
La historia de la isla de Pascua marcó nuestra relación y confirmaba lo especial que ya sabíamos que era. Yo estaba viviendo uno de los mejores momentos de mi vida. Confiaba en Yago, con él lo tenía todo. Me cuidaba, me admiraba, me veía y podía ser cien por cien yo.
Era tan bueno que no parecía real. Aun así, quise creer que, por fin, la vida me respondía.