Lo que no se ve Capítulo XXVI
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Capítulo XXVI

XXVI

Yago tiene una energía increíble. Se le cae la baba contigo. Se os ve tan bien. Estoy feliz por ti

Leo el mensaje de Julieta en voz alta desde la cama y dejo que las palabras floten en el aire. Yago me mira desde el otro lado de la habitación y se acerca con esa sonrisa que me desarma.

—Y tiene razón, se me cae la baba.

—Suerte que he pasado la prueba, sé lo importante que es su opinión para ti.

—No tenía ninguna duda de que les gustarías, cariño.

—Tú sí que me gustas, y cada vez más. —Sella sus palabras con un beso—. Me alucina que la vida pueda sorprenderte tanto. Cuando te conocí, ya no creía en el amor. Había tirado la toalla. —Hace una pausa—. Y entonces apareciste tú. Y pasó la magia.

Yago me hace sentir especial. Es como si todas mis inseguridades, arrastradas durante años por culpa de una sensibilidad que siempre me hizo sentir fuera de lugar, se esfumaran de un plumazo.

Con el tiempo la transformé en arte, pero la niña que fui sigue ahí.

Con Yago me siento más yo que nunca, y me da la sensación de que todo está bien.

Quiero preguntarle por qué dejó de creer en el amor, pero no me da tiempo.

Yago se inclina y me besa, y la intensidad borra las palabras.

Nos dejamos llevar sin prisas, como si el deseo supiera el camino.

Es la forma perfecta de terminar el día si no fuera, de nuevo, por ese murmullo vibrante, ese zumbido casi imperceptible, que empieza a inquietarme.

Todavía con el café humeante en mis manos, Yago, con esa energía matinal que yo no tengo, me propone hacer una vía ferrata.

Levanto una ceja.

—¿Una qué?

Rebusca en el móvil fotos del lugar y me las enseña con entusiasmo.

Veo una pared de roca vertical con escalones y cables metálicos clavados directamente en la piedra.

La idea es ir enganchada a ese cable con un arnés mientras subes.

Sin el cable, sería escalada. Con él, es algo a medio camino entre el senderismo y volarte la cabeza.

No es exactamente lo que tenía en mente para hoy, pero está tan ilusionado que accedo. Con él, hasta escalar una montaña suena tentador.

Nos ponemos los arneses, los cascos y los guantes en el aparcamiento. Yago me explica cómo enganchar y desenganchar el mosquetón al cable con una sola mano, cómo distribuir el peso y dónde apoyar el pie. Lo escucho intentando memorizarlo, sin mucho éxito.

—Si en algún momento no puedes, me lo dices y bajamos —añade ajustándome el casco con las dos manos.

Los primeros metros los hago agarrada a todo lo que encuentro, con el corazón en la garganta, pero poco a poco el cuerpo aprende solo y busca el siguiente asidero, confía en el cable, suelta. Cuando levanto la vista por primera vez y veo el valle abierto debajo, me olvido del miedo.

Yago sube por delante, mirándome de vez en cuando para asegurarse de que estoy bien. En los pasos más difíciles alarga la mano para ayudarme sin necesidad de que yo diga nada.

Arriba, sentados en la roca con las piernas colgando sobre el vacío, abro la mochila y saco los bocadillos que he preparado esta mañana. Comemos en silencio, con el viento en la cara y el mar al fondo.

—¿Lo repetimos? —pregunta Yago.

Todavía me tiemblan un poco las piernas, pero le digo que sí.

Después de casi tres horas, volvemos a la furgo extenuados y hambrientos. Me iría genial una ducha, pero tengo que conformarme con refrescarme con toallitas húmedas. Mientras Yago hace la comida, veo un mensaje de Ángela:

Hola, preciosa. Me encantó conocer a Yago. Desde entonces no paro de recibir información que necesito transmitiros. Los guías de Yago quieren darle un mensaje. Es delicado, así que sería mejor vernos la próxima semana, en un lugar tranquilo y seguro. Si puede ser, en tu casa

El mensaje de Ángela me deja intrigada, no me esperaba algo así. La conozco desde hace años y, aunque tiene ese don, siempre ha sido prudente y discreta. Nunca me había escrito algo tan peculiar.

Aún desconcertada, se lo cuento a Yago.

—Estoy flipando, Cata. ¿Qué será?

—Ni idea. Conociéndola, tiene que ser importante. ¿Le digo que sí al miércoles?

—Por supuesto. Me muero de ganas de saberlo

Ángela me confirma la cita, pero no sé si podré aguantar hasta entonces. La vida vuelve a colocarnos en una situación inusual, casi surrealista. Con Yago, todo parece funcionar así.