Capítulo XXV
XXV
La vuelta a Barcelona se me hace cuesta arriba. He apurado demasiado las vacaciones, el trabajo se ha acumulado y la nueva colección de cuadros lleva todo el verano en pausa. Si quiero terminarla a tiempo, tengo que ponerme las pilas.
A eso se suma lo intensa que siento su ausencia tras tantos días juntos, como si una parte de mí se hubiera quedado vacía. Y él lo siente igual, me lo repite una y otra vez. Estar separados empieza a parecer una tortura.
El fin de semana siguiente organizo una quedada para presentarle a Julieta y Ángela. También invito a Mariona, pero no puede venir porque le toca estar con sus hijos estos días.
Quedamos a las ocho en un café de Rambla Cataluña. Aparcamos en la calle Rosellón y bajamos paseando hasta la calle Valencia. En el breve trayecto, Yago me advierte de algo sobre él que todavía no conozco.
—Hay algo que debes saber: no se me da bien estar en grupo, soy bastante tímido. Sé que no lo parece, pero prefiero avisarte por si me ves más callado de lo habitual.
—¿De verdad? —le digo, asombrada—. Pero ¿te pasa siempre? Yo no te lo he notado…
—Con mis amigos no, los conozco de toda la vida. Es solo con gente nueva.
—Vale, no te preocupes. Si te sientes incómodo, me lo dices y nos vamos.
—Gracias, cariño, eres la mejor —exclama regalándome un beso.
Somos los primeros en llegar al local que ha elegido Julieta. Siempre está al tanto de los sitios de moda. El lugar tiene mesas de madera rústica, mucha luz natural y, al fondo, una terraza con encanto donde nos sentamos.
En cuanto veo entrar a Julieta, le hago un gesto con la mano. Ella se acerca, saluda a Yago con dos besos y a mí me da un abrazo enorme.
—Bueno, chicos, ¿cómo ha ido por Ibiza? —pregunta en cuanto se sienta.
—Genial, la isla me ha encantado. Cata es un diez como anfitriona —responde Yago.
—Sí que lo es —coincide Julieta, que me lanza una mirada cómplice—. Y tú, Cata, ¿cómo has llevado lo de vivir tantos días en la furgo?
A Julieta le cuesta imaginarme en ese plan. Ella viene del mundo de los negocios, viste siempre impecable y no renunciaría a ciertas comodidades como sus bañeras llenas de espuma al final del día.
—Se ha adaptado genial, está hecha toda una furgonetera —responde Yago por mí, guiñándome un ojo.
Julieta suelta una carcajada y me mira con incredulidad.
—Ha sido toda una aventura. No se me ha hecho nada pesado. Al contrario, lo he disfrutado muchísimo.
—No sé si aguantaría yo, pero me alegro de que lo hayáis disfrutado. Se os ve muy bien juntos —afirma Julieta con una sonrisa.
—Cata me tiene perdidamente enamorado. Es una mujer increíble —dice Yago lanzándome una mirada orgullosa.
Tengo la certeza de que ahora mismo me estoy poniendo como un tomate.
—Tienes razón, Cata es extraordinaria y la quiero mucho. Estoy feliz por vosotros. Por cierto —añade Julieta de pronto—, ¿cómo están las cosas con tu padre?
Suspiro.
—Igual de mal. No he vuelto a hablar con él —contesto con resignación.
Antes de que pueda decir nada más, Ángela entra por la puerta del local.
—¡Hola, chicas! Perdón por el retraso, tuve que volver a casa porque me olvidé el móvil —dice agobiada—. Yago, encantada. Soy Ángela, tenía muchas ganas de conocerte —se presenta a la vez que le da dos besos.
Mientras conversamos, me doy cuenta de que Yago observa más que participa. Intuyo que se siente intimidado y, con suavidad, le doy la vuelta a la conversación para que se sienta cómodo.
—Julieta, a Yago le interesa mucho la astrología, pero yo no sé explicarlo tan bien como tú.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué te gustaría saber?
—Me parece fascinante —confirma Yago—. Si pudieras decirme algo sobre mi carta sería genial. Me la hicieron hace un tiempo, pero casi no la recuerdo.
—¡Por supuesto! Cata, ¿tienes una foto de su mapa natal?
Rebusco en mi móvil hasta encontrarla y se la enseño. Julieta la observa con atención durante unos segundos y, como si conociera a Yago de toda la vida, empieza a desglosar los aspectos clave de su carta natal. Él escucha en silencio, completamente absorto en las palabras de Julieta.
Consciente de que no va a hacer preguntas por sí mismo, decido hacerlas yo por él:
—¿Qué puedes decirle sobre su trabajo? ¿Y sobre su propósito de vida? ¿Y acerca de la relación con su padre? —Sé que son demasiadas preguntas, pero no puedo evitarlo.
Julieta habla con seguridad mientras dibuja con palabras el mapa del cielo de Yago: planetas, casas, aspectos.
Todo encaja, o al menos a mí me lo parece.
La escuchamos atentos. Yo intercalo preguntas, las que imagino que Yago haría si se atreviera, mientras él asiente en silencio.
Al cabo de un rato, Yago apoya suavemente su mano en mi pierna e intuyo que quiere irse.
Nos despedimos con una excusa y dejamos a las chicas en el local de moda, pidiendo una segunda ronda.
Mientras subimos por paseo de Gracia para ir a buscar el coche, Yago comparte sus impresiones:
—Amor, son geniales. ¡Me han encantado! Ah, y me he quedado flipando con todo lo que ha dicho Julieta sobre mi carta natal.
—¿Te cuadra?
—Totalmente. ¿Cómo puede saber tanto solo con mi fecha de nacimiento?
—No lo sé, pero es muy buena en esto. Como no decías nada, no sabía si tenía sentido para ti…
—Sí, es que me sabía mal abusar de ella, y ya sabes que me cuesta coger confianza.
—Algo he notado. Pero ¿has estado a gusto?
—Mucho. Ángela y Julieta son maravillosas.
—¡Lo sé!
—Mis amigos no son tan interesantes, te aviso. Los quiero, pero son bastante simples. No puedo hablar con ellos como contigo.
—¿Por qué? Me sorprende que digas eso.
—Para que te hagas una idea: Tomás, por ejemplo, cuando sale de fiesta se pasa la noche escaneando el local en busca de mujeres. Tiene novia desde hace diez años y siempre le ha sido infiel.
—¿Y Sebas?
—Sebas también tiene novia, pero la usa porque tiene casa y él todavía vive con sus padres a sus cuarenta y cinco años, ¿no flipas?
Además, está en Tinder. Siempre he pensado que es un parásito.
—Hace una pausa—. Sé lo que piensas, que qué hago yo con amigos así.
Yo también me lo pregunto. Me encantaría presentarte a Sebas para que me des tu opinión, aunque, no sé, cada vez que ha conocido a alguna de mis novias, algo ha salido mal.
No sé si son sus malas vibras o qué, pero siempre pasa.
—Nadie tiene ese poder, Yago.
—Mira, no lo sé, pero tú eres muy especial y él lo sabe. Creo que se alegraría si nos fuera mal.
Al pasar por la Casa del Libro, Yago me toma de la mano y tira de mí hacia dentro. Me pierdo entre las estanterías mientras sus palabras siguen resonando.
Me tranquiliza saber que él los ve como son y no los justifica. Aun así, no me gusta.