Capítulo XXIV
XXIV
Por la mañana, mientras tomo el café en el jardín, suena el teléfono. Es Nacho, me dice que está embarcando y llegará en una hora. Hemos quedado que lo recogeremos en el aeropuerto y pasaremos el día juntos antes de que se lleve a los niños a casa de unos amigos.
Nacho y yo compartimos diez años de matrimonio. El amor romántico se apagó, pero el cariño sigue intacto. Ya no somos pareja, pero vamos juntos a las reuniones del cole, compartimos cumpleaños y nos avisamos si pasa algo importante. Somos un equipo y me siento orgullosa de lo que hemos conseguido.
En la sala de llegadas, Lucas y Chloe corren hacia él entre risas en cuanto aparece. En sus caras está todo lo que se han echado de menos.
Al atardecer llega el momento de despedirme.
Los abrazo más de lo necesario, como si pudiera guardar su olor, y sonrío para que no noten el nudo en la garganta.
Cuando se alejan con su padre, me quedo quieta un momento viéndolos perderse.
Nunca hemos estado tanto tiempo separados.
Respiro hondo. Me espera una semana con Yago. Aun así, algo en mí se encoge.
De vuelta a casa, cojo la bolsa que dejé preparada y salgo casi corriendo. Yago está aparcado dos calles más abajo.
Los días junto a él son como los había imaginado, o incluso mejores.
A veces lo sorprendo mirándome mientras tomo el sol, como si observara una obra de arte.
Esa fascinación me hace sentir especial…
y también me inquieta. Siento que me ha puesto en un pedestal, y, aunque me gusta, noto la imperiosa necesidad de no decepcionarle.
La convivencia en la furgoneta también es una prueba: reponer agua, cargar las placas solares, racionar la batería. Un fin de semana es fácil; una semana entera es otra cosa. Aun así, me sorprende lo natural que me resulta.
Por la noche buscamos un rincón apartado para dormir bajo el cielo estrellado. Cenamos a la luz de las velas, con el canto de los grillos de fondo. Una noche, mientras curioseo en las redes, un post sobre las almas gemelas capta mi atención y lo leo en voz alta:
—Las almas gemelas son almas que se reencuentran en distintas vidas con un propósito de evolución y aprendizaje.
No siempre son fáciles, pero el vínculo es innegable.
Tu corazón las reconocerá al instante, porque hay una sensación de familiaridad profunda, como si os conocierais de siempre.
Algunas señales: la extrañas en cuanto se va, te entiende sin necesidad de palabras, sientes que es un refugio.
Y la conexión trasciende lo sexual, abarcando el plano intelectual, emocional y espiritual.
—¡Cata, somos nosotros! —exclama Yago—. Lo sentí desde el primer minuto —añade—. Y no ha hecho más que crecer.
Al volver al post reparo en la imagen y se la muestro. Es la flor de la vida, la misma que aparecía en la portada del libro que compré el día que conocí a Yago en la librería.
—¿No te parece alucinante que haya tantas casualidades desde el principio? —dice.
—Las casualidades no existen.
—¿Sabes qué estoy pensando, cariño?
Le miro interrogante.
—Que me la voy a tatuar.
—¿En serio harías eso? —le pregunto impactada.
—Claro. Además, la flor de la vida es geometría sagrada. ¡Nos la podríamos hacer juntos! —sugiere de repente.
Necesito unos segundos antes de contestar.
—Amor, ¿no sería superromántico? —añade entusiasmado.
—Supongo que sí, y me gusta la idea, pero necesito más tiempo para pensarlo. Para ti es un tatuaje más, pero para mí es «el tatuaje».
—Cata, no exageres, que no lleva mi nombre
—Un poco sí, cariño…
—Es verdad. Pero piénsatelo. Un diseño discreto en la muñeca te quedaría genial.
No necesito el tatuaje. Me basta con saber que lo haría como prueba de que lo nuestro es auténtico.
Al día siguiente, Yago sigue con síntomas y volvemos a urgencias. Las bacterias resisten y le recetan un antibiótico más fuerte. Está de mal humor porque odia los médicos y las medicinas.
La última noche cenamos en el puerto. No solemos salir mucho porque Yago prefiere ahorrar, algo que últimamente noto más. Yo lo disfruto, así que a menudo decido invitarle. Hoy celebramos el final de un verano inolvidable.
Paseamos entre los tenderetes hippies. Yago se detiene en uno de piedras mientras yo miro unos pareos unos metros más abajo. Minutos después me alcanza y me tiende un sobre.
—Ábrelo.
Dentro hay un colgante con una piedra negra, un triángulo invertido.
—Es shunguita , una piedra protectora —me explica—. Yo llevo la masculina desde hace tiempo.
Señala el collar que lleva al cuello y veo el mismo triángulo, pero con la punta hacia arriba.
—Este es el femenino. Lo he visto y tenía que ser para ti.
Me lo pongo. Destaca sobre mi vestido blanco.
En el restaurante conseguimos una mesa junto al ventanal con vistas al puerto. Brindamos con vino blanco y compartimos mejillones, chipirones y jamón con pan con tomate. Cuando llega la cuenta, pago antes de que él pueda decir nada.
—Cata, tenía mis dudas de que sobrevivieras tantos días en la furgo —confiesa Yago tras su tercera copa.
—Vaya, gracias por la confianza. ¿Y eso?
—Porque es un estilo de vida muy distinto al tuyo. Mis amigos estaban intrigados, sobre todo Sebas. Para ellos, tú eres un poco pija —añade con media sonrisa.
—Pues dile a Sebas que me ha encantado.
—En serio, hacía tiempo que no me sentía así con nadie. No he necesitado mi espacio ni un segundo, y eso ya es mucho para alguien con apego evitativo. Te voy a echar de menos.
—Yo tampoco quiero que esto termine. Aunque, siendo sincera, también echo de menos una buena ducha.
Ambos nos reímos, aunque en el fondo querríamos alargar este verano un poco más.
Le digo a Yago que, a la vuelta, quiero presentarle a Julieta y Ángela. Él propone organizar algo con sus amigos y presentarme a su familia. Yo no puedo hacer lo mismo. No sé nada de mi padre desde el enfrentamiento. Imagino que sigue enfadado.