Lo que no se ve Capítulo XXII
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Capítulo XXII

XXII

Al llegar a casa, las bolsas de la playa están tiradas en la entrada.

La casa de mis padres en Ibiza siempre ha tenido ese olor particular que no existe en ningún otro lugar: protector solar, sal marina y el azahar de las macetas del porche.

Es una villa de los ochenta, de esas que el tiempo ha ido poniendo a su favor: paredes encaladas que el sol ha vuelto casi luminosas, persianas verdes desvencijadas y un jardín sin orden que mi madre defiende como si fuera un campo de batalla.

Dentro, el suelo de barro cocido siempre está fresco, aunque afuera queme.

En el salón, el ventilador de techo gira con ese chirrido que llevo toda la vida escuchando y que ya no me molesta porque se ha convertido en parte de la banda sonora del verano.

Lucas y Chloe saltan del sofá y corren a abrazarme. Desde la cocina llega el tintineo de los platos, y, en el jardín, mi padre habla por teléfono con evidente mal humor.

Los mellizos me llevan a la mesa de la cocina, muy emocionados por la sorpresa que me guardan.

Allí veo un folio doblado con mi nombre escrito en letras grandes y torcidas.

Lo abro y descubro un dibujo. Es una mujer con el pelo largo (yo, supongo) dentro de lo que parece una casa.

Al lado, dos figuras más pequeñas con los brazos estirados hacia ella.

Debajo, en su letra de segundo de Primaria, han escrito «Te queremos, mami».

Emocionada, lo doblo de nuevo con cuidado y lo guardo en el bolso, con las cosas importantes.

Después de escuchar a los mellizos contarme cómo han hecho este dibujo entre los dos, me retiro a ducharme. A los pocos segundos oigo a mi padre gritar mi nombre desde el jardín. Su voz se acerca hasta que aparece en la puerta de mi habitación.

—Catalina, ¿con quién has estado hoy?

Resoplo sin ganas.

—Papá, no me gusta que me controles, ya lo sabes. Te recuerdo que tengo cuarenta años.

—Eres mi hija, claro que te controlo, me es igual la edad que tengas.

—Estoy cansada de tener siempre la misma discusión.

—Es que me preocupo por ti, ¿tan difícil es de entender?

—Necesito que confíes en mí. No puedo estar aquí sintiéndome vigilada todo el tiempo —protesto.

—¿Has pasado el día con un hombre? Solo quiero saber esto.

—Papá, dejémoslo aquí. No quiero mentirte y tampoco quiero que sigas preguntando.

—Catalina, te ha visto un vecino —continúa, aún más enfadado.

—Bueno, pues ahora ya lo sabes.

—¿Quién es? Quiero saberlo.

Salgo de la habitación en busca de aire. Sé que no lo hace con mala intención, pero duele. Para él, preocuparse implica controlar.

—Me lo puedo imaginar… No sé qué pensar, Catalina —dice siguiéndome por el salón—. ¿Has pensado en cómo puede afectar a los niños?

—¿Qué tienen que ver ellos en todo esto?

—Antes que nada, eres madre. Quizá deberías tomarte las cosas con más calma.

Sus palabras me hieren. No pienso tolerar que me cuestione como madre.

—No sigas por ahí, papá, porque me voy.

—Vete donde quieras, pero dame las llaves del coche, es mío.

Le sostengo la mirada sin poder creer lo que me está diciendo. Sin mediar palabra, aprieto las llaves en mi mano y salgo con la dignidad hecha pedazos. Doy un portazo y, al otro lado, aún puedo escuchar su voz ordenándome que vuelva.

Arranco y conduzco hasta el acantilado donde estuve con Yago hace apenas una hora.

El sol se hunde en el mar. Pongo música y las lágrimas brotan con rabia.

Quiero mucho a mi padre, pero me asfixia cómo me trata.

No llevo bien enfadarme con él. Sé que no lo hace con mala intención y que es lo que ha vivido toda la vida, pero cuando se pone así me hace pequeña, y eso me afecta, no puedo evitarlo.

Aparco en el arcén de tierra y bajo del coche sin apagar la música.

El camino al banco de piedra son apenas veinte metros, pero los hago despacio, como si las piernas me pesaran.

El acantilado cae en vertical. Abajo, el Mediterráneo oscuro se rompe contra las rocas con una violencia tranquila y repetida.

Queda poca gente, una pareja en el extremo opuesto y un hombre con un perro que ya se va.

El cielo pasa del naranja al malva en un instante.

Me siento. La piedra está todavía caliente por el sol del día. Cierro los ojos un momento y solo existe eso, el viento, el ruido del agua, el nudo en el pecho que no sé si es por mi padre o por todo lo demás.

Cuando empiezo a calmarme, llamo a Yago. No le doy muchos detalles, pero lo entiende todo. Un rato después lo veo aparecer por el sendero de tierra. Me siento en el banco frente al acantilado; queda poca gente. Yago se sienta a mi lado. No dice nada, solo abre los brazos y me dejo caer en ellos.

En cuanto me toca, algo dentro de mí se deshace. El llanto vuelve sin pedir permiso. Odio sentirme así frente a él.

Yago se comporta con más ternura que nunca. Dice poco, pero cada gesto pesa más que cualquier palabra. Me acaricia el brazo, me escucha sin interrumpir, sin intentar arreglar nada. Simplemente, está. Algo tan sencillo y, a la vez, tan nuevo para mí.

Al cabo de un rato me propone quedarme esa noche. Me tienta, pero prefiero volver con los niños. Lo entiende sin que tenga que explicárselo. Me besa con dulzura y sugiere dar un paseo hasta el puerto.

—Siento lo de tu padre, cariño. A mí también me afecta —dice, con un hilo de tristeza—. No me conoce y ya me rechaza, como hace el mío.

No lo había pensado así, pero tiene razón.

—Lo sé, amor, y lo siento de verdad. Ya te dije cómo es…

—No es tu culpa, Cata. Tú lo sufres más que yo.

Al llegar al final del muelle, Yago toma mi rostro entre sus manos.

—Hace tiempo que lo siento, pero estaba buscando el momento adecuado. —Hace una pausa—. Te quiero. Estoy enamorado de ti.

El aire entre nosotros se espesa. Me besa apenas rozándome los labios y se queda ahí, esperando.

—Yo también te quiero, Yago —respondo al fin.

Sonríe como si no existiera nada más.

—Nunca había sentido algo así —admite—. Y me da miedo.

—A mí también, pero quiero vivirlo.

Nos abrazamos y durante unos minutos no existe nada más. Solo nosotros.

Esa noche, en la furgoneta, nos desnudamos más allá del cuerpo. Hubo silencio, piel, miradas. Algo cambió entre nosotros, fue un antes y un después.

Con Yago.

Y con mi padre también.