Capítulo XXI
XXI
Llegamos pasada la medianoche. La furgoneta está aparcada frente a un pequeño acantilado; abajo, el mar rompe suave contra las rocas.
Yago extiende un pareo y me atrae hacia él.
Nos quedamos en silencio, escuchando el agua.
Me acaricia la cara despacio, como si quisiera memorizar mi piel.
Nuestros labios se encuentran en un beso lento y profundo.
—Cariño, tengo que decirte una cosa —dice antes de que el fuego vaya a más—. No estoy al cien por cien. Tengo molestias al orinar.
—¿Has ido al médico? —le pregunto.
—No, pensé que se me pasaría. Me da rabia, porque son demasiados días sin verte —añade dándome un beso suave.
—Si no estás bien, es mejor que descanses y mañana vayas a que te echen un vistazo.
Me recuesto en su pecho. Estar en sus brazos es el mejor lugar del mundo. Así permanecemos un rato que se me hace breve.
A las dos vuelvo a casa. Todos duermen y, por suerte, no hay preguntas hasta el día siguiente. Las esquivo como puedo y me voy a la playa con los niños. Allí recibo un mensaje de Yago: ha ido a urgencias y tiene prostatitis. Quince días de antibiótico.
En los días siguientes recorre la isla siguiendo mis sugerencias. Un día me pide que lo acompañe a ver a una chamana que hace lecturas intuitivas. Con Chloe y Lucas entretenidos con los abuelos, puedo escaparme. Le espero en una terraza con un libro.
Al cabo de una hora y media llega exaltado.
Caminamos de la mano mientras me cuenta la sesión con la chamana: unas presencias, que dicen ser sus guías espirituales, le han hablado y le han aconsejado que debe dejar el trabajo, que su camino es otro y que necesita sanar la relación con su madre.
Pero lo que más me sorprende viene después.
—Mis guías me han dicho que es el momento de hacer «mi viaje».
Me detengo en seco.
—¿Qué viaje? Nunca me habías hablado de ningún viaje.
—Mi sueño es vivir una aventura nómada en la furgo durante unos meses.
—Primera noticia —digo, disimulando el desconcierto. Siento un nudo en el estómago.
—Cata, esto no cambia nada. Quiero estar contigo —añade ante mi evidente cambio de actitud.
—Si te vas, no sé cómo lo vamos a hacer.
—No pienses que es mi apego evitativo queriendo huir, que te conozco —bromea.
—Un poco sí que lo estoy pensando.
—Pues te equivocas. Quiero este viaje, pero también quiero estar contigo. Encontraremos la manera.
—¿Y cuándo piensas irte?
—No lo sé, tal vez en enero.
Asiento despacio. Quiero apoyarle, pero la idea me deja una sensación extraña y prefiero cambiar de tema. Todavía queda tiempo y decido no adelantarme a los acontecimientos.
De camino a casa sigue entusiasmado con la lectura y me propone escuchar juntos la grabación esa misma noche.
A pocos kilómetros de casa, sin preguntar, toma un desvío hacia el acantilado donde suelo ir a ver la puesta de sol.
—¿Por qué paramos? —pregunto.
No responde. Solo me mira con esa mezcla de intensidad y ternura que me derrite y, sin soltarme la mano, me guía hacia la parte trasera de la furgoneta.
—Ya estoy mejor, cariño. Quiero disfrutarte ahora que puedo —susurra.
No hace falta decir nada más.