Lo que no se ve Capítulo XX
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Capítulo XX

XX

El ferry de Yago llegará a las seis. Estoy impaciente, nerviosa y con unas ganas locas de abrazarle. Antes tengo que dejar a los mellizos duchados, comidos y listos para dormir.

Luego me espera el interrogatorio de rigor de mi padre.

¿Adónde vas? ¿Con quién? ¿A qué hora piensas volver?

¿Cómo vas a ir? ¿Has reservado? Me observa con ese tono inquisitivo que no deja espacio para las evasivas.

Me siento como si tuviera dieciséis años otra vez.

Naturalmente, ni se me pasa por la cabeza contarle la verdad sobre Yago.

Cuando por fin cruzo la puerta, respiro hondo. Voy con diez minutos de retraso.

Yago me espera sentado de espaldas en la moto que ha alquilado. Lleva una camiseta amarilla y vaqueros claros. Está muy moreno y se ha dejado el pelo suelto sobre los hombros. Aún no ha reparado en mí cuando lo abrazo por detrás y respiro su olor. Dios, cómo me gusta y cuánto lo he echado de menos.

—¡Qué guapo estás, cariño! —susurro en su oído. La piel curtida por el sol resalta la cicatriz que atraviesa su ceja, esa que tanto me gusta. Yago da un respingo y se gira.

—Amor, ¡qué susto! —exclama envolviéndome en un abrazo—. Estás preciosa —susurra con una sonrisa.

Nos ponemos los cascos y vamos hacia el centro. Paseamos por las calles empedradas cogidos de la mano. Le enseño mis rincones favoritos, los que con los años se han vuelto parte de mi pequeño universo en la isla.

Al doblar una esquina llegamos a una calle estrecha y solitaria donde la piedra blanca brilla bajo los faroles. Yago me sujeta por la cintura y nos besamos como si quisiéramos recuperar el tiempo perdido.

—Uf, cuántas ganas tenía de hacer esto —murmura contra mis labios.

—Pues yo tengo ganas de mucho más…

—Cariño, no me digas esas cosas —advierte con una media sonrisa—. Luego, en la furgo, te vas a enterar.

Al llegar al puerto encontramos sitio en uno de mis bares favoritos. Pedimos tapas y vino. No dejamos de mirarnos mientras, bajo la mesa, nuestras manos se buscan sin parar.

Durante la cena le cuento lo incómodo que ha sido el interrogatorio de mi padre.

Asiente con una sonrisa cómplice y confiesa que el suyo también lo trata como a un niño.

Le digo que me siento asfixiada por el control de mi padre y la falta de intimidad.

Sé que es su casa y son sus normas, pero no me acostumbro. Es como vivir en un cuartel.

Después de cenar paseamos por el puerto envueltos en la brisa marina. La noche es estrellada y apacible. Todo está siendo perfecto, aunque nada lo es. Ahora solo me apetece volver con él a la furgo.