Lo que no se ve Capítulo XIX
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Capítulo XIX

XIX

Los días en Ibiza pasan más rápido de lo que imaginaba.

La llegada de mi hermano Eduardo con sus hijos ha multiplicado el alboroto, pero el buen tiempo lo compensa.

Pasamos horas navegando, disfrutando de la brisa y del sol.

A veces, mi madre se lleva a todos los niños a la playa y entonces puedo escaparme a nadar o perderme en un libro.

Yago me manda mensajes y fotos sin parar. Mi madre sospecha algo; no me lo ha dicho, pero me conoce demasiado bien. Queda una semana para que venga y necesito hablar con ella.

La ocasión llega pronto. Una mañana, al volver de la farmacia —otra vez las molestias—, la encuentro sola en la hamaca del jardín hojeando una revista.

Me siento a su lado y le suelto sin rodeos que he conocido a alguien y que en unos días vendrá a Ibiza.

Le confieso que no lo esperaba tan pronto después del divorcio, pero la vida tiene sus propios planes.

—Ya me imaginaba algo, Catalina. Te veía rara —confiesa cerrando la revista—. ¿Cuántos años tiene? ¿A qué se dedica? ¿Tiene hijos?

—Cuarenta y dos. Soltero, sin hijos. Trabaja en la empresa de su familia.

—¿Y estás contenta?

—Mucho. Yago me encanta, aunque es muy diferente a lo que he conocido hasta ahora.

—Ay, Dios… ¿A qué te refieres?

—Digamos que tiene un estilo peculiar: tatuajes, algún piercing y el pelo largo.

Su expresión se congela un par de segundos. Es una mujer que juega al bridge en hoteles de lujo y que se sabe al dedillo todos los manuales de protocolo. Esto, para ella, es un golpe bajo.

—A ver, Cata…, ¿cuántos tatuajes?

—Muchos —respondo, disfrutando de la escena.

—Muchos, ¿cuántos? ¿En los brazos? ¿En la espalda?

—Sí. En los brazos, en la espalda, en las piernas… Ah, y en los pies.

Suspira profundamente, pero se recompone con rapidez.

—Mientras tú no te hagas uno, todo bien —se rinde por fin, resignada.

Sé que preferiría que no me metiera en otra relación tan pronto, pero al menos no se opone. Me ve feliz y me apoya. Le pido discreción. Ambas sabemos que ni mi padre ni mi hermano lo aprobarían, y yo solo quiero un verano tranquilo.

Por la noche, como siempre, llamo a Yago y le cuento la conversación que he tenido con mi madre. Quiere conocer cada detalle. Se le nota entusiasmado.

A la mañana siguiente, antes de salir en el barco, paso por el supermercado. Estoy en el pasillo de la fruta cuando suena el móvil. Es Yago. Me extraña que llame a estas horas.

—Hola, cariño. Estoy con mi madre, acabo de hablarle de ti… Toma, te la paso.

Antes de que pueda reaccionar, escucho una voz de mujer al otro lado.

—Hola, Catalina.

—Hola, Carmen… Encantada —consigo responder, todavía descolocada.

—Yago ha estado contándome muchas cosas sobre ti. Se le ve muy contento.

Dejo el carrito abandonado y busco un rincón más tranquilo.

—Gracias, Carmen. Yo también estoy muy feliz. Espero conocerte pronto.

Cuando vuelve la voz de Yago, me despido y regreso a por el carro un poco desconcertada. Cojo el melón que mejor pinta tiene, paso por caja y llego al coche. El teléfono suena de nuevo.

—Cariño, ¿qué te ha parecido mi madre?

—Amor, esto se avisa. Me has pillado entre las coles y los tomates —le digo, fingiendo indignación.

Él suelta una carcajada.

—Estas cosas hay que hacerlas así.

—¿Y bien?

—Le has caído genial, Cata. Eres la mejor novia que he tenido. Cada vez más ROCA —añade, ilusionado.