Lo que no se ve Capítulo XVIII
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Capítulo XVIII

XVIII

Pasamos nuestras últimas horas juntos en Sitges antes de mi viaje a Ibiza con la familia. Estoy triste y a la vez enfadada conmigo misma por estarlo. Me repito que tengo cuarenta años y que debería manejarlo con más calma, pero no puedo.

A las siete nos sentamos en una terraza y pedimos una cerveza bien fría. Yago me coge la mano en silencio. No hace falta hablar para entender lo que estamos pensando.

—Te voy a echar de menos —le digo al fin.

Él sonríe con esa expresión tierna que tanto me gusta.

—Yo también, cariño. Pero he estado pensando en algo estos días y te lo quiero comentar, a ver qué te parece…

—empieza con cautela—. Me quedan días de vacaciones y, si te parece bien, podría ir a verte a Ibiza con la furgo.

Solo unos días. —Hace una pausa—. Cata, de verdad, no quiero invadir tu espacio.

Estarás con tu familia y no quiero que sientas que tienes que estar pendiente de mí. ¿Qué te parece?

—¿Qué me va a parecer? ¡Es genial, cariño!

—¿En serio no te importa?

—Al revés, me hace mucha ilusión. Seguro que encuentro momentos para escaparnos. Y, cuando los niños se vayan con su padre, podríamos quedarnos una semana más los dos solos.

—Sería estupendo. Es que se me va a hacer larguísimo estar tres semanas sin verte.

—Y a mí, amor. Ni te lo imaginas.

—¿De verdad que no te importa? —insiste antes de darme un beso.

—Que no, pesado…

Desliza la mano por mi pierna y me mira con esa expresión que pone cuando quiere algo.

—Nos quedan dos horas antes de que tengas que irte. ¿Volvemos a la furgo?