Capítulo XVII
XVII
Cuando llego al estudio tengo que darme prisa: en media hora llegarán los alumnos y aún no he preparado nada.
La escuela es un local pequeño y diáfano, unos sesenta metros cuadrados llenos de luz.
Lo inauguré hace siete años, justo antes de quedarme embarazada de los mellizos.
Fue una locura embarcarme en ambas cosas a la vez, pero hoy me permite ganarme la vida dignamente.
Mis clases van más allá de la técnica. La pintura es emoción, introspección e inspiración. Cada cuadro refleja el alma de quien lo pinta. Aquí no se aprende a pintar, se aprende a expresarse.
Mientras el desfile de alumnos cruza la puerta, un cartel en la entrada recuerda que la escuela cerrará todo el mes de agosto. Algunos asienten al pasar; otros se detienen con gesto alarmado y un reproche fingido.
Antes de entrar veo que Yago me ha enviado un mensaje por Instagram, un dibujo de un hombre y una mujer cogidos de la mano, mirándose a los ojos.
Detrás, tentaciones como el dinero, el sexo y la diversión intentan llamar su atención, pero ellos ni se inmutan.
En el pie de foto, una sola frase: «Lealtad: el significado que pocos conocen».
Luego añade: «Amor, código de honor y roca.
¿No te parece fuerte que me haya salido este post justo hoy?
Siempre he querido esto. Esta vez sí. Contigo».
Su romanticismo roza la cursilería, pero no puedo negar que me gusta. Apago el móvil y entro en clase con una sonrisa que no se me borra en toda la mañana.
Por la noche, Lucas y Chloe están más revolucionados de lo normal. El viaje a Ibiza se acerca y están ansiosos. Podrán campar a sus anchas por la urbanización, jugar con otros niños, ir en barco, comer helados…
Mi padre adora a sus nietos, aunque hay que reconocer que nunca ha sido muy niñero.
Su disciplina militar se ve amenazada con tanto alboroto y no lo lleva bien.
Es de los que piensan que la obediencia es un valor supremo, aunque, sorprendentemente, con sus nietos tiene bastante manga ancha.
Sigue con sus brotes de mal humor, pero se va ablandando con los años.
Cuando está de buenas, es el mejor abuelo del mundo, generoso, cariñoso, carismático y tierno, aunque a menudo tiende a querer disimular esto último.
Su sentido del humor y su inteligencia es lo que más me gusta de él.
Incluso enfadada, consigue hacerme reír, cosa que odio admitir.
Mi madre es una superabuela, siempre planeando actividades increíbles como yincanas con mapas del tesoro, pícnics bajo la luna llena, baños nocturnos y excursiones en barco. Su alegría nos lo hace todo más fácil.
Aun así, sé que este verano ni todas las yincanas del mundo lograrán hacerme sentir mejor por estar tanto tiempo lejos de Yago.