Capítulo XVI
XVI
A la mañana siguiente, me despierta el roce suave de los dedos de Yago sobre mi hombro desnudo. Aún siento la resaca emocional de la noche anterior y solo deseo que el tiempo se detenga.
Como casi siempre, se levanta antes que yo. Desde la cama lo observo en silencio mientras enciende la cafetera y se mueve por la furgoneta. Hay algo hipnótico en ese ritual matutino.
Salgo de la cama y me siento sobre la nevera portátil, a modo de taburete improvisado. Yago ocupa la silla de pícnic, al otro lado de la pequeña mesa. El aroma del café flota en el aire y nos envuelve en una calma tibia.
—Cata, hace tanto tiempo que no estoy tan bien con nadie… No hay nada de ti que no me guste. ¿Es posible que seas perfecta?
—Pensaba que nunca te ibas a dar cuenta.
Yago suelta una risa suave.
—Bueno, ya sé que no lo eres, pero, ahora mismo, para mí lo eres. Y me encanta esta sensación.
—A mí me pasa lo mismo —confieso.
Se inclina un poco hacia delante.
—Me tienes hechizado, Cata. Sé que nada es para siempre, pero el tiempo que esté contigo pienso aprovecharlo al máximo.
Frunzo el ceño con fingido reproche.
—Joder, Yago, qué bajón. ¡Si ya empiezas pensando en el final…!
Él sonríe, pero no responde. En su mirada percibo algo que sugiere que quizá desea que esto dure más de lo que se atreve a admitir.
—No te lo tomes mal —dice al fin—. Esa ha sido mi experiencia hasta ahora, aunque tal vez contigo…
—Yo tengo una sugerencia para que sea así.
—¿En qué piensas?
—Casi nadie dedica tiempo a definir los acuerdos de una relación. Se dan por hechos. ¿Qué te parece crear juntos los nuestros?
—Me encanta la idea. ¿Cómo se te ocurren estas cosas?
—Mucho libro de crecimiento personal —respondo restándole importancia—. Empecemos por lo básico: ¿qué necesitas tú y qué necesito yo para sentirnos seguros?
Yago deja el pan con mantequilla de cacahuete, se levanta y abre la puerta lateral. Entra la luz del sol y, con ella, la vista de la playa desierta.
—Para mí, la honestidad y la lealtad son fundamentales. No soporto las mentiras ni las traiciones —responde con convicción.
—Lo compro. Y, para mí, la lealtad incluye la fidelidad —aclaro.
—¿Alguna vez has sido infiel, Cata?
—No, nunca. No entiendo cómo puedes querer a alguien y al mismo tiempo hacerle daño. ¿Y tú?
—Solo cuando era joven. Era un poco cabrón, lo admito. Pero he cambiado mucho, a mis últimas parejas siempre les fui fiel.
—O sea que antes utilizabas a las mujeres.
—Un poco —confiesa avergonzado—. Pero a mi favor diré que es lo que siempre he mamado. Mis amigos, sin ir más lejos, engañan a sus parejas y luego los ves con ellas como si nada, enamoradísimos. Ahora me doy cuenta de que no quiero ser como ellos.
Su sinceridad me desconcierta. ¿Qué hace rodeándose de gente así?
—Cariño, yo no soy como ellos —añade, como si me hubiera leído la mente—. Si les dijera lo que pienso de verdad, no lo entenderían.
Asiento, aunque no me tranquiliza demasiado.
—Volvamos a nuestra alianza —dice para reconducir el tema de conversación—. Para mí es clave ser prioridad el uno para el otro y apoyarnos en todo. Es decir, ponernos la alfombra roja.
—Para mí ya lo eres, cariño. Y quiero añadir algo esencial: la horizontalidad.
—Cero jerarquía, por supuesto. ¡Ah! Y coherencia y compromiso —dice por último.
—Vale, ya lo tenemos. Ahora falta lo más importante: cómo resolvemos los conflictos. Ayer, por ejemplo, compartiste conmigo tu inseguridad respecto a nuestra relación y, gracias a eso, nos acercamos.
—¿Tú crees? Dudé mucho antes de preguntarte sobre cómo nos veías como pareja. A veces siento que mostrar vulnerabilidad puede hacerme parecer débil.
—Para mí fue lo mejor de la conversación. Quiero conocerte de verdad.
—Es que cuando expones tus puntos débiles es cuando te pueden hacer daño.
—Si alguien hace eso, está diciendo claramente quién es y que no te quiere, claro. Yo deseo que en los conflictos podamos abrirnos, ser honestos y no hacernos daño, aunque estemos enfadados.
Yago se queda pensativo.
—¡Vale! Y añado una última cosa: romanticismo. Bueno, y sexo, pero en eso no tenemos problemas —dice guiñándome un ojo.
He ido anotando todo en el móvil y repaso la lista en voz alta.
—Romanticismo, horizontalidad y honestidad, compromiso, conflictos sin violencia, apoyo y lealtad… Casi forma la palabra ROCA.
—¡Me flipa la metáfora! ¿Quieres ser ROCA conmigo, Catalina Nadal?
—Por supuesto, Yago Martín —contesto sentándome en su regazo para besarlo.
Como casi siempre, se nos ha hecho tarde. Yago se va a la oficina y yo tengo que preparar la clase de las once. Conduzco todavía envuelta en la intensidad de las últimas horas.
Nunca imaginé una relación con tanta confianza desde el principio, ni acabar haciendo el amor en la caseta de un socorrista o construir algo así en cuestión de horas. Todo ha sucedido demasiado rápido y, aun así, me parece natural.