Lo que no se ve Capítulo XV
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Capítulo XV

XV

Durante las semanas siguientes, la vida parece haber encontrado un nuevo equilibrio.

Cuando estoy con los niños, me entrego por completo a ellos; cuando no, casi todo mi tiempo libre lo comparto con Yago.

Escapadas en la furgo, paseos en bici junto al mar, nachos y vino los viernes por la noche.

Una combinación deliciosa de rutina y aventura.

Solo hay algo que me falta: ponerle nombre a lo nuestro. En dos semanas me voy a Ibiza con los niños y siento que necesito aclararlo antes. La próxima escapada que hemos planeado se presenta como el momento ideal.

Casi nunca salimos a cenar fuera. Al principio lo achaqué a su estilo de vida, la furgo, la sencillez, pero poco a poco entiendo que Yago prefiere que sea yo quien compre o cocine. «El dinero es energía, no hay que derrocharla», dice a veces mientras saca de mi nevera la última cerveza.

Pienso en todo esto mientras me lavo los dientes, y, justo en ese momento, Yago me escribe para darme los buenos días. Es temprano y siento que pasa algo, así que lo llamo.

—Cariño, quería comentarte algo —me dice—. A ver, este fin de semana me temo que no podremos ir a la Costa Brava. Me sabe mal…

El enfado sube rápido por mi estómago, sin pedir permiso. Es la segunda vez que cancela a última hora.

—Me apetecía mucho, ¿qué ha pasado? —pregunto mientras intento mantener la decepción bajo control.

—Es que hay olas —responde, como si eso bastara.

—¿Cómo que hay olas? ¿Olas?

—Sí, amor, lo siento. Pero podemos vernos el viernes por la noche…

Ahora sí, la furia sale sin control. O sea que no solo cancela la escapada, sino que ni siquiera nos veremos el fin de semana.

—Mira, Yago, prefiero colgar. Estoy enfadada y necesito pensar. Además, en nada me voy a Ibiza con los niños y no nos veremos durante unas semanas. Este era nuestro último finde juntos.

—Cata, lo siento de verdad. Te lo voy a compensar, te lo prometo.

Corto la llamada. Algo no me cuadra. ¿Está reculando?

Como era de esperar, pasa el día bombardeándome con mensajes y disculpas que no consiguen nada. Le digo que el viernes tampoco iré a verle. No me apetece.

Me cuesta admitirlo, pero lo sé: si estuviéramos en el mismo punto, no habría cancelado.

El sábado me refugio en el estudio y pinto durante horas. Por la noche, quedo a cenar con Ángela, Julieta y Mariona cerca de Enrique Granados. El local está a rebosar, y encontrar mesa parece misión imposible, hasta que se libera una en la terraza y la atrapamos al vuelo.

Apenas nos sentamos, Julieta pide un Aperol; Mariona y yo, vino blanco; Ángela, un zumo. Siempre me ha parecido curioso cómo nuestras bebidas nos retratan tanto.

Con las copas en la mano, les cuento lo de Yago.

El veredicto es unánime: no mola nada su excusa de las dichosas olas.

Sin embargo, todas coinciden en que los surferos tienen sus propios códigos.

Mariona, que tuvo un novio surfista en la universidad, lo confirma: viven mirando la previsión. Cuando hay olas, no existe nada más.

—Yago tiene una energía muy poderosa —insiste Ángela—, haces bien en poner límites.

Mariona escucha lo que dice Ángela sobre la energía de Yago y levanta una ceja.

—¿Ya estáis otra vez con lo de la energía? —dice—. A ver, simplemente es un tío obsesionado con el surf. Punto. No a todo hay que buscarle el lado místico —añade con algo de fastidio.

—Esto también, Mariona, pero hay personas que tienen el poder de drenarte, o al revés, de cargarte. Me refiero a eso —aclara Ángela.

—Sí, eso ya lo he notado, aunque yo no le pondría ese nombre.

Ángela sonríe sin decir nada. Julieta y yo nos miramos.

Hablar con ellas desinfla parte del enfado.

Lo que hizo sigue sin gustarme, pero sé que el surf es importante para él.

Empiezo a preguntarme si tal vez me pasé.

Incluso aparece una idea incómoda: ¿y si la egoísta he sido yo por no ser más comprensiva con lo que es importante para él?

La culpa empieza a filtrarse despacio, sin pedir permiso.

A la mañana siguiente hay un mensaje de Yago enviado de madrugada:

Cariño, paso de las olas. Quiero pasar el día contigo. Entiendo tu cabreo y te echo de menos

Si me quedaba algo de enojo, desaparece al instante.

Yo también tengo ganas de verte. ¿Dónde estás? En un rato voy

No tardes, necesito abrazarte

Salto de la cama y me doy una ducha rápida.

Me pongo un bikini de crepé rojo, un short vaquero y una camiseta blanca de tirantes.

Preparo la bolsa, bajo al aparcamiento y pongo la playlist .

De camino suena «There’s a Place», de Roo Panes.

Treinta minutos después llego a la playa; la furgoneta está rodeada de surfistas que avanzan hacia el mar.

La puerta lateral está abierta y veo a Yago de espaldas, ordenando cosas en la parte delantera. Doy un golpe en la chapa. Al verme, se acerca enseguida y me ayuda a subir. Me rodea la cintura y me besa con una urgencia que me desarma, como si llevara semanas esperándolo.

—Lo siento, Cata. He sido un idiota —susurra en mi oído.

—Me he disgustado mucho, pero entiendo que el surf es importante para ti. Solo te pido que, en el futuro, no canceles a última hora.

—Tienes toda la razón. No volverá a suceder —dice abrazándome.

Ya no estoy enfadada. Ahora solo quiero disfrutar del día.

Nos tumbamos un rato en la playa, pero el calor es asfixiante y acabamos en nuestro bar de siempre para tomar algo. Cuando el camarero se acerca, Yago pide sin consultar y, al llegar las consumiciones, se da unos golpecitos en el bolsillo trasero.

—Uy, me he dejado la cartera en la furgo. ¿Te importa?

Claro, pago yo. Es la tercera vez este mes, pero no me importa.

Al atardecer, regresamos a la furgo en bici por el paseo marítimo. La brisa es perfecta, el cielo cálido, todo en calma.

Al llegar al puerto de Aiguadolç, Yago frena en seco y saluda efusivamente a un hombre de unos cincuenta años que se encuentra en la puerta del Club Náutico.

—Catalina, te presento a Tomás —dice rodeándome con el hombro cuando los alcanzo.

Su mejor amigo. Me ha hablado de él muchas veces.

—Encantada —saludo, contenta de conocerle por fin.

Los dos se enredan en una charla sobre olas mientras yo reviso el móvil.

—¿Qué te parece mi novia, bro ? ¿A que es guapa? —suelta Yago de sopetón, haciéndome un guiño.

Me sonrojo, pero Tomás apenas me mira. Su actitud me extraña, aunque no le doy mayor importancia.

Cuando retomamos la marcha, Yago me dice que no se lo tenga en cuenta, Tomás es tímido y no esperaba encontrarme. Lo que me sorprende es que Yago lo haya notado sin que yo le dijera nada.

De vuelta a la furgo, Yago cocina unos fideos con verduras mientras yo lavo los platos de la comida. Aquí todo está contado: platos, vasos, cubiertos, y hay que lavarlo todo a mano. Una de las pequeñas incomodidades de la vida sobre ruedas, aunque cada vez me resulta más natural.

Después de cenar, compartimos un Magnum almendrado mientras paseamos por la orilla.

Caminamos descalzos hasta la caseta del socorrista.

Yago me coge de la mano y me guía por la rampa de madera hasta arriba.

Luego se sienta en el suelo y me hace un gesto para que me acomode a su lado, frente al mar oscuro.

La luna dibuja sombras suaves sobre su rostro.

El silencio es casi absoluto, apenas roto por las olas. De repente, Yago suelta mi mano y su expresión cambia.

—Cata, hay algo que quiero preguntarte —susurra.

Su tono me estremece.

—¿Qué pasa?

Respira hondo.

—Es sobre mí… y sobre nosotros. No quiero presionarte, pero me gustaría saber qué piensas. Y si te ves conmigo en un futuro —pregunta con cautela.

Su pregunta me pilla desprevenida.

—Sé que parecemos muy diferentes —continúa—, pero en el fondo no lo somos. Los tatuajes, los collares, los pendientes… son solo adornos. Vengo del mismo mundo que tú y quiero estar contigo. Solo necesito saber si tú te ves conmigo.

Lo miro en la penumbra e intento asimilar sus palabras. No esperaba que estuviera en este punto, y menos después del fin de semana cancelado, pero no puedo negar lo mucho que me halaga escucharle decir esto.

—Me gustas mucho —continúa, con la voz más grave—, pero noto que me pones una barrera. Necesito saber si estás lista para una relación.

Me lo suelta todo de golpe, como si lo hubiera estado conteniendo durante demasiado tiempo. Todavía no me creo lo que estoy escuchando.

—A mí también me gustas mucho, Yago —respondo después de conseguir relajar mi sistema nervioso—.

Si te refieres a si te veo como pareja, la respuesta es sí.

Sin embargo, a veces me desconciertas: parece que estamos muy bien y luego cancelas los planes.

Parece que te gusto, pero luego haces cosas que me hacen pensar lo contrario.

Esa barrera que tú dices ver en mí, yo también la veo en ti.

Yago me observa mientras parece buscar las palabras adecuadas.

—Cata, es que tengo miedo. Me gustas tanto que me asusta, y no quiero seguir avanzando sin saber qué sientes tú.

Su honestidad me impacta. Que confiese su miedo me de­sarma. Es la prueba definitiva de que esto va en serio.

—¿Miedo de qué? ¿De que te haga daño?

Yago niega con la cabeza y suelta una leve risa.

—No, a estas alturas de la vida, creo que nadie puede hacerme daño. Tengo miedo a enamorarme de ti y de que para ti solo sea algo pasajero.

—Yago, me gustas mucho —repito—. No imaginaba encontrar a alguien tan pronto, pero contigo siento cosas que creía olvidadas.

Me coge suavemente de la mano en un gesto cálido.

—Y a ti, ¿qué te da miedo?

—A mí sí me da miedo que me hagas daño. Salgo de una separación que, aunque amistosa, no ha sido fácil. Ahora mismo me siento bien y no quiero meterme en algo para acabar sufriendo.

Yago asiente y, sin apartar la mirada, me rodea con un brazo.

—Me gusta que te abras conmigo, Cata. Y te voy a decir algo que no digo nunca: puedes confiar en mí. Lo que siento por ti es real.

Nuestras miradas se encuentran en la oscuridad y nos besamos. Un beso profundo, como si al fin hubiéramos saltado al vacío juntos. Yago separa lentamente sus labios de los míos y me observa en la penumbra.

—Entonces ¿yo también te gusto mucho? —pregunta con una sonrisa traviesa.

—Mucho.

—Del uno al diez, ¿cuánto?

Finjo pensarlo.

—¡Un nueve coma cinco!

—¡Quiero ese medio punto! ¿Qué tengo que hacer para ganármelo? —pregunta divertido.

Le sostengo la mirada con picardía.

—Es para que no te confíes. Pero, si quieres, vamos a la furgo y te digo cómo puedes empezar.

Yago no se lo piensa dos veces. Su mano se desliza bajo mi camiseta y su aliento roza mi oído.

—Lo estoy deseando. ¿Sabes lo que quiero hacer contigo esta noche?

—Dímelo.

—Suave y lento, pero también intenso. Como somos nosotros.

—Mmm…, me encanta. Pero, entonces, ¿eres mi novio? —le pregunto con una pizca de descaro.

No llegamos a la furgo. La oscuridad de la noche es nuestra aliada y la arena bajo nuestros cuerpos, el único testigo.

Es mágico, brutal, inevitable. La intensidad crece y el riesgo de ser descubiertos solo aviva el fuego.

Nos rendimos al magnetismo que nos une y dejamos que todo explote en un momento que quedará grabado en nuestra historia.