Capítulo XII
XII
A las once y media llegamos a Begur, tras más de dos horas de furgoneta y un calor asfixiante. Él conduce con la ventanilla bajada, tarareando canciones que no conozco y que acabo cantando igual.
Pasamos el día entre besos en el agua, caricias al sol y charlas que empiezan con una anécdota absurda y terminan en confesión. Nos reímos hasta que nos duele el estómago. Me mira como si supiera lo que voy a decir antes de que hable.
Cuando me cubre los hombros con su camiseta mojada para que no me queme, me invade una ternura desbordante. Es tan perfecto que no parece real.
Después de comer, seguimos hablando sentados en la arena, con los pies enterrados y la piel aún salada. Yago me pregunta por mis hijos: cómo son, qué les gusta, si creo que lo aceptarán. Su interés me enternece.
Le hablo de Lucas, sensible y cariñoso, inteligente, con una vena artística y pasión por el tenis. Y de Chloe, pura energía, intuitiva, divertida y vital, siempre haciendo acrobacias. Cuidarlos ha sido mi prioridad, sobre todo desde la separación.
Yago baja la mirada y empieza a dibujar círculos en la toalla con los dedos.
—Ojalá hubiera tenido una madre como tú —dice, casi en un susurro—. La mía siempre estaba demasiado ocupada justificando a mi padre.
La frase flota entre nosotros. Su media sonrisa se deshace y me lo imagino de niño, esperando una caricia que no llegó.
A la mañana siguiente nos despierta el murmullo de la gente camino de la playa.
Yago se levanta antes que yo para preparar café y tortitas.
Lo observo desde la cama mientras cocina.
Él me sostiene la mirada. La cicatriz en forma de rayo que le surca la ceja acentúa el magnetismo de sus facciones.
Una descarga inesperada me atraviesa el cuerpo.
Mis ojos recorren sus tatuajes con detenimiento: las formas geométricas que cubren el brazo derecho en un caos organizado de líneas y curvas; las calaveras entrelazadas con un pirata, un ancla y un reloj de arena en el pecho; la espiral gigante en la espalda; y, sobre los trapecios, Ride the Waves en letras enormes. Apenas le queda piel libre de tinta.
—¿Qué significan? —le pregunto.
Yago se gira al notar mi mirada. Sonríe con ese aire divertido que tanto me gusta y, mientras la cafetera empieza a hervir, me dice:
—Nada. Me los hice porque me gustaron.
—Algo deben significar…
—Bueno, algunos sí. Kanaloa es un dios hawaiano. Ride the Waves es la forma en la que quiero vivir: libertad y desafío.
Imagino que le ha costado liberarse del mundo del que viene, igual que a mí. Yo lo hago con mis cuadros; él, con su piel.
—¿Y tu familia qué dice?
Yago suspira.
—Mi padre no lo entiende y apenas me habla.
Mi madre me apoya, pero siempre le justifica, lo que hace que nuestra relación también sea tensa.
No aprueba la vida que llevo; creo que se siente decepcionado.
No soy el hijo que esperaba y siempre me lo ha hecho saber.
—Hace una pausa—. Le gusta tenerlo todo bajo control y usa el dinero para conseguirlo: con mi madre, conmigo, con mis hermanos.
Hace años me pidió que entrara en la empresa y ahora, como mi jefe, el desprecio es más evidente.
Si no haces lo que quiere, te castiga con su silencio durante días, a veces semanas.
Sus palabras pesan en el aire.
—Siempre he tenido la sensación de no estar a la altura —confiesa—. Por eso me quiero ir. Me ha costado verlo, pero mi padre es un narcisista de manual.
Entiendo bien a qué se refiere.
—Mi madre es la viva imagen del buenismo —continúa—. Siempre se pone del lado de mi padre. Toda la familia ha aprendido a callar para evitar el conflicto.
—Tu infancia suena como una casa sin ventanas —susurro—. ¿Y tus hermanos?
—Mi hermano se fue lejos, puso tierra de por medio. Mi hermana está completamente sometida a él… y se ha vuelto como él. Fue a la que más maltrató y a la que más intenté proteger. Antes éramos inseparables, pero, cuando el dinero entró en juego, todo se estropeó.
Nada de lo que dice me resulta ajeno. Yo también crecí en una familia donde el dinero era fuente constante de conflictos y comparaciones. Siento que hemos respirado el mismo aire.
—Te entiendo. Sé bien lo que es ser la oveja negra.
—Por suerte, ahora te tengo a ti —dice, y su tono cambia de golpe, como si acabara de recordar dónde está—. No suelo hablar de esto con nadie, pero contigo puedo.
Que se muestre así de vulnerable solo hace que confíe más en él.
Le hablo de mi padre, de mi hermano, de cómo ninguno aceptó mi separación. Me muerdo el labio antes de decir lo que más me cuesta admitir:
—Creo que nunca me han visto tan feliz, pero no parece que se den cuenta.
—¿Y tu madre? —me pregunta.
—Me apoya, pero no puede hacer mucho más. Al final, ha hecho lo mismo que todas: encajar en el molde de mujer y madre intentando no salir demasiado perjudicada. Toda su vida ha querido desarrollar su faceta artística, pero siempre supeditada a los viajes de mi padre, la casa y los niños.
—La mía igual. Mi padre le exige rendir cuentas de todo lo que gasta. El control económico es absoluto.
—Qué pena, después de dedicarle la vida a alguien…
—Pues sí. Aunque creo que, a su manera, también se quieren.
Hemos hablado tanto que se nos ha hecho tarde.
El cielo está nublado, pero Yago insiste en llevarme a una cala escondida que conoce.
Cogemos un libro cada uno y caminamos hasta allí: piedras blancas y redondas, agua transparente, sin gente.
Nos tumbamos a leer mientras el poco sol que queda nos lo permite.
Yago lee tumbado con la toalla en la cabeza.
Le he dicho dos veces que es lo más ridículo que he visto en mi vida y las dos veces ha respondido que es para protegerse del sol.
Le replico que no hace casi sol. Creo que está haciendo el tonto para reírnos un rato tras tanta íntima confesión sobre nuestras familias.
En un momento dado, sin levantar la vista del libro, dice:
—Chiste buenísimo: ¿sabes qué hacen las abejas en el gimnasio?
—No.
—Zum-ba.
Me mira esperando mi reacción y yo le sostengo la mirada en silencio.
—Es muy malo —le digo.
—Ya lo sé. Me encanta —admite, y se ríe solo.
Me contagia. Nos reímos de nada durante un rato en esa cala que es solo nuestra.
Nos hacemos algunas fotos y luego él vuelve al libro mientras yo cierro los ojos. No pienso en nada. Empieza a llover.
Aún no lo sé, pero ese terminará siendo uno de los momentos que más recordaré en el futuro.