Lo que no se ve Capítulo XI
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Capítulo XI

XI

Aparcamos en mi calle. Yago me acaricia el cuello mientras busco las llaves en el bolso, torpe por los nervios que intento disimular. Cuando por fin abro, entra tras de mí y cierra la puerta con el pie. No me da tiempo a nada más, me arrincona contra la pared con una fuerza contenida.

La prisa nos envuelve, el vestido facilita las cosas y su magnetismo vuelve a arrastrarme. El deseo estalla, rápido y arrollador. La escalera es testigo de ese momento feroz en el que el cuerpo toma el mando y todo lo demás desaparece.

Minutos después seguimos en la entrada, aún electrizados. Y entonces lo sé: esto es una droga de la que no voy a poder prescindir.

Yago se incorpora suavemente y deja que su mirada recorra el espacio.

Mi casa es antigua, en el barrio de Sarrià; me ha llevado varios meses reformarla.

Son unos ciento veinte metros de vivienda pensada para vivirse: la planta baja es diáfana, la cocina y el salón se abren a una pequeña terraza.

Las vigas de madera, los tonos blancos y las plantas repartidas por todas partes la llenan de luz.

Arriba están mi habitación, la de los mellizos y un pequeño estudio de pintura donde me pierdo cuando llega la inspiración.

Me recoloco el vestido y le tomo de la mano para enseñarle la casa. Lo llevo primero a mi rincón favorito: una gran librería en la esquina del salón y una butaca antigua tapizada en tonos beige, donde paso horas leyendo con el café.

En las paredes cuelgan algunos de mis cuadros, pero hay uno que parece atraparlo. Me quedo observándolo mientras lo contempla.

—Simboliza a la Gran Madre —le digo—. Lo pinté después del nacimiento de los mellizos.

El lienzo es abstracto, tonos tierra atravesados por trazos blancos, como si algo intentara abrirse paso.

En él volqué todo lo que sentí en esa experiencia brutal que es convertirse en madre.

Dar a luz ha sido lo más salvaje y empoderador que he vivido.

En el cuadro conviven la luz y la sombra, porque en todo parto hay un nacimiento, pero también una muerte.

Después de algo así, nunca vuelves a ser la misma.

Evocar el momento del parto siempre me recuerda que el instante más oscuro de la noche es justo antes del amanecer.

Lo que entonces aún no sabía era cuánto significado oculto guardaría para mí esa metáfora en el futuro.

La experiencia fue tan catártica que sentí la necesidad de expresar el poder tan grande que es crear vida. De ahí salió mi primera colección.

—Me encanta, Cata. ¿Qué simboliza? Me transmite algo entre el éxtasis y el dolor, todo a la vez.

—Se llama Cruzar el umbral .

No hace falta decir más. Lo ha entendido sin explicaciones. Es el único cuadro de la colección que nunca quise vender, y que se haya detenido justo en él no puede ser casualidad.

Después de enseñarle la planta de arriba, el hambre se impone.

No soy buena cocinera, así que pedimos unas pizzas y descorcho una botella de vino.

Brindamos y, casi sin transición, Yago propone escaparnos al día siguiente a la Costa Brava en la furgo.

Una aventura improvisada, solos él y yo. No se me ocurre un plan mejor.

Cuando apago la luz, nos encontramos de nuevo bajo las sábanas. Me encanta el tacto de su piel, cálida y firme. Yago me envuelve entre sus brazos y, con una ternura que me desmonta, susurra que aún no se cree haberme encontrado.

Nos besamos, dejándonos llevar, y es entonces cuando vuelvo a oír ese zumbido leve, sostenido, que ya percibí la primera noche que estuvimos juntos.

Esta vez dura un poco más. Levanto la vista hacia la mesita, hacia la ropa en el suelo, sin encontrar nada.

Yago no parece haberlo notado. O quizá sí, y simplemente no dice nada.

Aparto el pensamiento. La noche nos envuelve y me quedo dormida enseguida.

Más tarde descubriré que Yago padece insomnio y se despierta varias veces cada noche.