Capítulo IX
IX
Durante los días siguientes sigo flotando. Los recuerdos de la noche del lunes regresan una y otra vez. Nunca me había pasado algo así con alguien a quien acabo de conocer.
La conexión con Yago es intensa, casi adictiva. Sus mensajes constantes avivan aún más el deseo. Siento que estamos extrañamente sincronizados.
El jueves quedo a comer con Julieta y Ángela en nuestro restaurante favorito de la Diagonal. También se une Mariona, pintora y amiga, en pleno divorcio. Las tres escuchan sin pestañear cada detalle de mi cita con Yago.
Julieta, fiel a su vena de astróloga, me pregunta por su fecha y hora de nacimiento.
—Es una persona muy espiritual, aunque con un lado oculto —dice—. Lo vuestro es claramente alquímico, Cata.
Hasta ahí, todo lo que oigo me encanta.
—Pero también hay desafíos —añade, con un matiz de advertencia—. Tiene mucha luz, pero también mucha sombra. Su nivel de conciencia será clave en el rumbo de la relación.
La escucho, aunque por dentro solo quiero dejarme llevar. Miro a Ángela. Está en silencio, con la mirada fija en el techo. Siempre ha tenido una intuición casi sobrenatural; cuando se queda así, sé que algo importante le ronda la cabeza.
—Cata, Yago y tú ya os conocéis —dice con seguridad—. No es la primera vez que vuestras almas se encuentran. Es lo único que puedo ver ahora, pero lo siento con fuerza.
Mariona nos observa en silencio, entre la incredulidad y una curiosidad contenida.
Viene de un mundo más racional y pragmático.
Su sensibilidad existe, pero pasa primero por la lógica.
Ha vivido alguna que otra casualidad difícil de ignorar, pero mantiene el escepticismo frente a todo lo que suene a energía o conexión invisible.
Yo, en cambio, confío plenamente en Julieta y Ángela. Su intuición rara vez falla, lo he visto demasiadas veces como para dudarlo.
Tomé sus palabras como la confirmación de que Yago era especial. Yo lo percibía así y los astros parecían respaldarlo. Era una de esas conexiones que, creía, solo se viven una vez en la vida.