Capítulo VIII
VIII
—Buenos días, preciosa. ¿Cómo has dormido? —pregunta Yago al despertarse, acariciándome el hombro.
—Bueno…, digamos que tendré que ir acostumbrándome —respondo.
—Pues yo contigo he dormido mejor que nunca.
Me besa con suavidad y se levanta a preparar el desayuno. Insiste en que me quede descansando mientras me hace un café bien cargado. Desde la cama lo observo preparar tortitas de plátano y tostadas. Me gusta cómo se mueve, cómo se concentra y cómo, de vez en cuando, me lanza una mirada cómplice.
Pasamos la mañana en la playa, entre risas, sol y la deliciosa sensación de no hacer nada en un día laborable.
Yago dice en voz alta lo que yo solo me atrevo a pensar: lo bien que está conmigo, lo intensa que fue la noche, las ganas de repetir.
Yo callo. Necesito asimilar este exceso de química antes de avanzar.
Después de comer, la contención estalla de nuevo. A plena luz del día, de otro modo: más consciente, más lento, más íntimo. El magnetismo crece y el tiempo vuelve a diluirse. No quiero irme…, pero la tarde cae y los mellizos me esperan.
Yago me acompaña hasta el coche y me rodea con los brazos, como si no quisiera soltarme. Nos quedamos así un momento, quietos, alargando la despedida. En un susurro, me dice que necesita volver a verme pronto.
Lo miro y, sin dudarlo, le propongo lo que yo también deseo:
—El fin de semana que viene, si quieres, es todo tuyo.
Me besa despacio, con esa mezcla de ternura y certeza que tanto me gusta.
—Lo bloqueo ahora mismo.
Conduzco de vuelta a Barcelona con Charlie Cunningham de fondo, todavía embriagada por lo vivido. Yago me encaja demasiado.
Al llegar, abrazo a los niños con ganas. Mientras pinto con Lucas y Chloe y me hacen un peinado de princesa, mi cuerpo está en casa, pero la cabeza sigue girando a su alrededor.