Lo que no se ve Capítulo VII
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Capítulo VII

VII

De regreso a la furgoneta, me acomodo en el asiento del copiloto mientras Yago conduce por la sinuosa carretera que sube al Garraf.

Las vistas, incluso de noche, son impresionantes: el Mediterráneo se extiende abajo, quieto y oscuro.

Tras un rato de ascenso, nos detenemos en una pequeña explanada solitaria rodeada de pinos.

El cielo, despejado y lleno de estrellas, nos envuelve en un silencio absoluto. No hay nadie más.

Yago apaga el motor y el silencio se hace de golpe, casi físico.

Salgo de la furgoneta y los pinos me reciben con un olor denso a resina y tierra seca.

El suelo es irregular, piedra y polvo, y mis sandalias no son las ideales, pero camino hacia el borde de la explanada, donde el terreno cae en pendiente hacia la oscuridad.

Abajo, muy abajo, se adivinan las luces de la costa, una hilera fina y parpadeante que bordea el mar negro.

El viento no sopla, apenas es una caricia. Me abrazo a mí misma sin darme cuenta.

Recuerdo la petición de Ángela y Julieta. Saco el móvil y les envío mi ubicación con un escueto «Todo OK».

Yago abre la nevera con gesto de disculpa; la tarde ha sido caótica y no ha podido preparar nada con antelación.

—Lo compensaré con un buen vino y mejor compañía —di­ce guiñándome un ojo mientras sirve dos copas de tinto.

Se pone a cocinar unos lomos de salmón mientras yo preparo la ensalada. Dejamos la puerta lateral entreabierta; la brisa entra suave y el cielo estrellado se cuela dentro. Desde lo alto, las luces de la ciudad parpadean a lo lejos. El silencio nos envuelve.

Durante la cena, Yago me confiesa lo difícil que le resulta trabajar con su padre, un hombre dominante, desconfiado y ajeno a sus ideas. Su relación es tensa desde hace años.

Con el vino haciendo efecto, me pregunta por mi separación.

Le explico que no hubo un motivo único. El matrimonio dejó de funcionar cuando, fruto del agotamiento, empecé a conectar con que tenía necesidades.

Ser madre de mellizos me obligó a mirarme y a reconocer cuánto me había pasado de frenada.

Al final, el matrimonio no pudo sostenerse.

Yago escucha sin interrumpir. Cuando termino, me abraza y susurra:

—Me alegro de que decidieras separarte. No me habría gustado perderme este momento por nada del mundo.

—A mí tampoco —le susurro, acercándome a sus labios.

Le pregunto por su última relación. Me habla de Beatriz, actriz y amante de la escalada.

—La conocí en un trekking . Ella también vivía en una furgoneta y conectamos enseguida. Pasábamos los fines de semana escapándonos a la montaña.

—Parecéis tal para cual. ¿Qué pasó?

—Muchos decían que éramos la pareja ideal, pero estuvimos juntos pocos meses.

No funcionó. Decidí terminar hace un año, y desde entonces no he estado con nadie.

Necesitaba cerrar esa historia antes de volver a estar disponible para abrirme de nuevo.

—Hace una pausa y luego sigue—. He conocido a otras chicas, pero nada serio.

Contigo es distinto. Siento que eres especial.

Sonrío. A mí me pasa lo mismo.

—¿Y antes de Beatriz?

—Carla. Casi cuatro años de idas y venidas, muy intermitente, acabó siendo tóxica.

Tenía una relación muy mala con su padre y lo proyectaba en mí.

Acabamos fatal. Y, antes de ella, Greta: seis años.

Ella trabajaba en Sri Lanka y yo me fui a vivir allí casi sin pensarlo.

Estaba tan enamorado que no dudé en dejarlo todo por ella.

Además, el surf es increíble. Fue allí donde me hice esta cicatriz —dice señalando su ceja—.

Intentado ayudar a una familia durante una inundación.

Allí ves cosas tan heavies que cada día recuerdas lo que de verdad es importante.

Vivimos juntos más de tres años, pero, con el tiempo, la magia se fue desvaneciendo.

Hace una pausa y yo aprovecho para recuperar el aliento después de todo lo que me está contando.

—Greta quería seguir conmigo, pero yo no quería hacerle daño.

Cuando decidí que lo mejor era terminar, se lo tomó fatal.

Lo pasé mal, y al final decidí volver. Ella es la única con la que mantengo contacto.

Sigue viviendo allí. Con las demás, he preferido cortar y dejar espacio para que, cuando llegue alguien a mi vida, se encuentre con la alfombra roja.

—Me siento más tranquila después de conocer parte de tu pasado —le confieso—. Siempre pensé que alguien con tu estilo de vida tenía todas las papeletas para huir del compromiso.

Mis palabras le arrancan una sonrisa enigmática.

—No soy de esos, Catalina. Cuando estoy con alguien, estoy de verdad —dice, y entrelaza sus dedos con los míos.

Sus palabras me tranquilizan, pero no puedo evitar pensar en sus exnovias. Son tan distintas a mí…, y eso me inquieta.

—No sé qué imagen tienes de mí, pero no tengo un tipo de mujer —añade, como si pudiera leer mi mente—. Soy bastante camaleónico. Me adapto a quien tengo delante. Me enamoro de la persona. Y de ti me gustan muchas cosas.

—¿Como qué? —pregunto, sonriendo.

—Lo que más me gusta es esa mezcla de fuerza y vulnerabilidad. Pareces fuerte, pero en tus cuadros se nota una sensibilidad enorme. Eso me vuelve loco.

—¿Todo eso has visto ya? —pregunto, entre incómoda y sorprendida.

—Y más. Soy muy observador.

—Tomo nota —bromeo.

Le pregunto si alguna vez ha querido tener hijos. Se ríe y niega con la cabeza.

—Nunca. Me da pavor. Lo tenía tan claro que hace años me hice la vasectomía.

Dicho esto, se levanta, abre un cajón bajo la cama y rebusca entre unos papeles hasta dar con uno. Me lo tiende.

—Mira. Todo en orden —dice señalando el espermograma.

Su transparencia me encanta. Y, al mismo tiempo, me descoloca.

—Otra cosa que me gustó de ti fue que no me dieras tu número enseguida —dice—. Me habló de coherencia, de prudencia. De inteligencia.

—Has visto muchas cosas en muy poco tiempo —respondo, algo abrumada.

Me mira con su media sonrisa.

—Te leo, Catalina. No lo olvides.

—Supongo que tu diagnóstico es correcto, aunque te has olvidado de algo importante: tengo alergia a las luchas de poder.

Yago asiente y bebe un sorbo de vino.

—¡Por supuesto! En una pareja debe haber siempre horizontalidad y cuidado mutuo, eso para mí es un básico.

—Qué bien que lo veas como yo —digo sin creerme la suerte que he tenido.

—No sabría verlo de otra manera. No entiendo a quienes engañan o humillan a sus parejas; eso es fragilidad disfrazada de poder —añade—. Me interesa la masculinidad consciente y, sobre todo, la vulnerabilidad. No tengo muchos amigos con quienes hablar de esto.

Sus palabras hacen que confíe un poco más en él.

—Te hacía el típico hombre que huye del vínculo por miedo a perder su libertad.

Sonríe como si lo hubiera oído otras veces.

—He cambiado mucho. De joven no lo hacía bien, antes hacía sufrir a las mujeres, pero desde que empecé con el crecimiento personal me cuesta encontrar a alguien dispuesto a comprometerse al nivel que yo estoy.

Se acerca un poco más a mí.

—Contigo es distinto, Catalina. Hacía tiempo que no sentía algo así. Lejos de evitarte, quiero fusionarme contigo. Ahora.

Nuestros labios se encuentran en un beso lento que poco a poco se vuelve más intenso. Yago es un imán imposible de resistir.

Nos tumbamos en la cama, envueltos en una urgencia silenciosa. Su aliento me roza el oído.

—¿Estás bien? —pregunta.

Esa ternura inesperada me fascina. Asiento y lo busco de nuevo con las manos. La intensidad crece. La ropa desaparece entre caricias y suspiros. Sus dedos recorren mi cuerpo con una suavidad que me desarma; cada beso despierta algo que creía dormido.

En algún momento, entre la oscuridad y el calor de su cuerpo sobre el mío, percibo algo. Un zumbido leve, casi imperceptible, que intuyo debe venir del altavoz. Tal vez de algún cargador enchufado en la pequeña regleta junto a la cama. No le doy más vueltas y me dejo llevar.

El tiempo se diluye. En la oscuridad, quietos y agotados, respiramos al unísono. Intento mirar la hora, pero él me coge la muñeca.

—No importa —susurra.

Nos dormimos abrazados. Al amanecer, el ruido lejano de los coches y la luz que entra por la claraboya me despiertan a medias. Dormir en una furgoneta no es precisamente cómodo, pero estoy feliz.