Lo que no se ve Capítulo VI
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Capítulo VI

VI

El lunes amanezco, como siempre, con un mensaje de Yago, preludio de nuestra cita.

Ganas de verte, princesa

Cuatro palabras que recorren mi cuerpo como un chispazo.

Respondo aún entre las sábanas.

Yo también. Dudo que hoy pueda concentrarme en mis cuadros…

Yo solo puedo pensar en ti…

Sonrío y mis nervios se intensifican.

Intento seguir con mis tareas cotidianas, pero el día avanza con una lentitud desesperante. Cada mensaje suyo me devuelve a la certeza de esta noche.

A las siete ya estoy lista. Elegir qué ponerme ha sido más complicado de lo esperado. ¿Cómo se viste una para una cita en una furgoneta? Al final opto por algo sencillo: tejanos claros, camiseta blanca con escote y unos pendientes con color. Solo queda esperar a que Yago me envíe su ubicación.

Cuando llego al paseo marítimo de Sitges, lo encuentro apoyado en la furgoneta, guardándome un hueco para aparcar. Con lo difícil que es encontrar sitio aquí, el detalle no es menor.

Yago lleva una camisa de cuadros roja y negra y una gorra a juego. Su estilo excéntrico, lejos de restarle, acentúa su atractivo, igual que su cicatriz. Se acerca a la ventanilla con una sonrisa que me derrite y me da un beso suave, de los que dejan temblando.

Al bajar del coche, la brisa marina me roza la piel. El cielo se tiñe de naranja sobre el mar. Yago se acerca con esa mezcla suya de seguridad y misterio y, antes de que pueda decir nada, toma mi rostro entre sus manos.

—Llevo todo el día esperando este momento. No he podido sacarte de mi cabeza —me susurra al oído.

Su voz grave me atraviesa. Me besa con más intensidad y algo se enciende entre nosotros.

Sin soltar mi mano, señala la furgoneta.

—Esta es mi casa. Ven, te la enseño.

La curiosidad me empuja a seguirlo. Abre la puerta lateral corredera y entro en su pequeño universo sobre ruedas.

El suelo de madera clara contrasta con los armarios oscuros que cubren las paredes laterales; a la izquierda, una cocina mínima con dos fuegos y un fregadero diminuto; al fondo, una cama amplia con una colcha verde que rompe la sobriedad del conjunto.

De los ganchos sobre la cama cuelgan arneses, cascos y gorras.

Todo está medido al milímetro. Todo habla de él.

—Vaya… —murmuro recorriéndolo todo con la mirada.

Yago sonríe con orgullo.

—Aquí lo tengo todo —dice apoyándose en la mesa plegable—. Libertad absoluta.

Mientras lo escucho, algo dentro de mí se estremece. Como si, sin darme cuenta, hubiera cruzado un umbral del que ya no hay vuelta atrás.

Yago está orgulloso de su furgoneta, aunque es vieja y se nota que la ha camperizado él mismo. Tiene encanto, pero no sé si yo podría vivir así.

—Todavía nos da tiempo de ver la puesta de sol desde la playa. ¿Te apetece? —me pregunta cogiéndome la mano.

Antes de que responda, tira suavemente de mí. La idea me encanta.

Después de caminar unos metros por el paseo, Yago extiende un pareo sobre la arena. Saca dos cervezas frías, algo de picar y un pequeño altavoz en el que empieza a sonar una lista a la que ha llamado Sunset. Nos sentamos el uno junto al otro y observamos cómo el sol se funde con el mar.

La arena tibia bajo mis pies, su piel rozando la mía, el olor a sal, los tonos rojizos tiñendo el horizonte, «Let The River In» sonando de fondo…

Todo encaja sin esfuerzo. Se acerca un perro, probablemente atraído por el olor de la comida, y él alarga la mano para acariciarlo.

Me cuenta que le encantan los perros y que colabora como voluntario en una asociación de rescate animal.

Es una muestra más de la sensibilidad que intuyo bajo su apariencia despreocupada, y no puedo evitar conmoverme.

Nos quedamos en silencio, dejándonos envolver por la música y el instante.

Al cabo de un rato le miro de reojo. Tiene los ojos cerrados y la cabeza levemente caída hacia un lado. Se ha dormido. A pesar del rumor de las olas y la música de fondo, se ha dormido como si nada de eso existiera.

Sigue así quizá un minuto. Luego parpadea, se reincorpora y da un trago a la cerveza como si no hubiera pasado nada.

—¿Te has quedado dormido? —le pregunto.

—No —responde, muy digno, con una enorme sonrisa.

El sol se despide de este lunes que, sin que yo lo sepa, cambiará mi vida para siempre.