Capítulo IV
IV
La semana ha pasado volando entre clases, cuadros y niños.
Yago me escribe a diario y eso me encanta.
El domingo, después de dejar a los mellizos con su padre, me preparo con esmero para nuestra primera cita.
Elijo algo sencillo, unos pantalones claros, camiseta de Frida Kahlo y mi cazadora tejana.
Me dejo el pelo suelto, me maquillo los ojos y sonrío al espejo. Ni demasiado pija ni demasiado hippy.
Llego puntual y le espero a la salida de la estación de França. Yago se retrasa diez minutos, suficientes para que mis nervios empiecen a jugar conmigo. ¿Seguirá habiendo química? ¿Y si hay silencios incómodos? ¿Y si no es lo que espero?
Cuando lo veo aparecer entre el flujo de gente que sale del andén, está incluso más guapo de lo que recordaba: coleta informal, pantalón oscuro y ese aire rebelde que parece llevar de serie. Camina tranquilo, como si supiera exactamente el efecto que causa.
Me da dos besos y, justo en ese momento, un vendedor ambulante nos ofrece una pulsera.
—Toma, una para ti y otra para tu marido —dice, sin darme tiempo a corregirlo.
Los dos nos reímos. Yago coge las pulseras con naturalidad y le da las gracias. No puedo creer que nuestra primera cita empiece así, pero me gusta.
Nos sentamos en una terraza bulliciosa y la conversación fluye sin esfuerzo. Hablamos de viajes, de proyectos, de espiritualidad y también de cosas pequeñas —series, comidas, manías— que dicen más de lo que parece.
A pesar de que nuestras vidas sean tan distintas, hay algo en su forma de mirar el mundo que encaja con la mía.
En un momento dado saca tabaco de liar y, con un gesto pausado, me pregunta si me molesta que fume.
Niego con la cabeza y, mientras prepara el cigarro, noto cómo sus ojos se detienen en los míos.
Después de una segunda copa, otro vendedor ambulante se acerca a la mesa. Yago acepta dos pulseras más con esa mezcla suya de ironía y encanto. Luego, con media sonrisa, extiende el brazo hacia mí.
—¿Me la pones?
Al atarle la pulsera, su piel roza la mía. El gesto es simple y, sin embargo, íntimo. Luego hace lo mismo conmigo. Me fijo en que sus muñecas ya están llenas de pulseras de macramé, de cuero, de hilo… Junto con los tatuajes, da la impresión de querer esconderse detrás de varias capas.
Su estilo uraniano, como más tarde lo bauticé, era su sello personal. Un rasgo inconfundible que, sin saberlo aún, terminaría por cautivarme.
Al ajustar el último nudo, Yago me toma la mano, aparta un mechón de mi rostro con la yema de los dedos y me levanta la barbilla. Luego, en voz baja, dice:
—Catalina, me gustas.
Una revolución de emociones me sacude por dentro. Lo deseo, pero los nervios me sabotean.
Yago se acerca lentamente y me besa suave, sin prisa. Durante unos segundos, el mundo desaparece. Al separarse, me sostiene la mirada. El beso ha sido mágico, pero demasiado breve. Me inclino hacia él y esta vez soy yo quien lo besa, perdiendo la noción del tiempo.
—¿Tú también lo sientes? —le pregunto mirándole fijamente a los ojos.
—¿Por qué crees que estoy temblando, Catalina? —responde. Luego toma mi mano y la apoya sobre su pierna.
Antes de terminar la cita, me lanza una propuesta.
—Me encantaría invitarte a una escapada a la montaña en mi furgo. Conozco un rincón donde no hay nadie. Podemos ir al atardecer y luego te preparo una cena bajo las estrellas. ¿Qué te parece?
El plan me tienta, pero me asaltan las dudas. Suelo necesitar más tiempo antes de pasar la noche con alguien. Yago me atrae, sí, pero no soy ingenua: tiene toda la pinta de ser su fórmula habitual.
—Ya verás, me lo pienso currar —sigue al notar mi indecisión—. Y al día siguiente podemos pasar la mañana en la playa, haciendo el náufrago. —Me besa suavemente, como si quisiera disipar mis dudas.
—Deja que me lo piense —respondo.
Yago asiente con una sonrisa cómplice.
Cuando el camarero deja la cuenta sobre la mesa, Yago la mira un segundo y se recuesta en la silla.
—¿Vamos a medias?
Me sorprende su comentario, aunque no sé muy bien por qué. Él vive de otra manera, me digo. Es coherente con su estilo.
—Claro —respondo, y saco la tarjeta.
De camino al coche, en mitad de la plaza del Born, me toma de la mano y con un leve tirón me acerca hacia él. Esta vez el beso es más intenso. He pasado tantos años sintiéndome invisible, atrapada en el modo madre, que había olvidado que podía volver a sentirme así de viva.
—Catalina, me encanta tu olor —susurra mientras desliza la nariz por mi cuello—. No quiero esperar demasiado para volver a verte. ¿Podemos quedar cuando no tengas a los niños?
—El miércoles estoy libre —digo, disimulando las ganas de verle.
—El miércoles suena perfecto. Mientras tanto, pensaré en ti —dice antes de regalarme un último beso.
Cuando subo al coche, sigo flotando. Suena Charlie Cunningham y no puedo dejar de pensar en Yago.
A la izquierda queda el puerto de Barcelona extendiéndose en la oscuridad; la carretera está vacía y la música y la emoción me envuelven en un trance del que no quiero salir.
Apenas le conozco y, aun así, su magnetismo es imposible de esquivar.
En su momento, esta química arrolladora me pareció una señal inequívoca. ¿Qué otra cosa podría ser, si no? Para mí era evidente que algo tan intenso solo podía significar una cosa: que era real.