Lo que no se ve Capítulo III
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Capítulo III

III

A las nueve de la noche, Lucas y Chloe siguen jugando como si el día no tuviera fin. Me cuesta varios intentos —negociaciones, promesas y alguna amenaza disfrazada— lograr que se metan en la cama.

Por fin dormidos, me dejo caer en el sofá con el móvil en la mano. La idea de llamar a Yago me pone nerviosa. ¿Qué espero de esto? ¿Qué quiero decirle realmente? Hace tiempo que perdí la práctica en esto de ligar.

Mis dedos tiemblan antes de marcar su número.

—Hola, Catalina. Ya pensaba que no me ibas a llamar —dice bromeando.

—Me he entretenido más de lo que esperaba —respondo mientras me acomodo en el sofá.

Le pregunto por su día. Me cuenta que ha tenido una mañana tranquila en la oficina. Trabaja en la empresa de logística de su padre, pero no es lo suyo; si pudiera, lo dejaría todo. Sé perfectamente a qué se refiere.

Yago se interesa por mi obra: la infancia, la violencia, la maternidad, la espiritualidad. Escucha con atención, hace preguntas, comparte sus reflexiones. La mayoría de la gente cambia de tema o se queda en la superficie. Él no. Y eso le hace diferente.

Tras un rato, me pregunta si ya he empezado el libro de la quinta dimensión. Le digo que antes quiero terminar el de astrología.

—¿Te gusta la astrología? —pregunta, sorprendido.

—¡Me apasiona! ¿Sol, luna y ascendente?

—Esa información es muy personal, Catalina —responde, insinuante—. Si quieres saberlo, tendremos que quedar.

—Trato hecho —digo sin dudar.

Hacía tiempo que no me sentía así con alguien.

—¿Dónde vives? —pregunto.

—Suelo estar por Sitges, aunque voy cambiando. En realidad, vivo en una furgoneta —dice, como si fuera lo más normal del mundo.

—¿En serio?

—¿No te lo había dicho?

—No… ¿Y eso?

—Hace unos meses alquilé mi piso y me fui a vivir en mi furgo, una vieja Renault que campericé yo mismo. Soy un poco rebelde, ya me irás conociendo —dice, cómplice—. Me encanta la sensación de libertad.

—Te entiendo. Yo también dejé mi trabajo de economista para vivir del arte.

—Eres muy valiente. La libertad tiene un precio, pero, cuando la saboreas, ya no hay vuelta atrás.

Asiento en silencio, sintiendo que hablamos el mismo idioma.

—¿Y cómo es vivir en una furgo? Yo no sé si podría, con dos hijos…

—¿Tienes hijos? —me interrumpe.

Me doy cuenta de que, inconscientemente, había pasado ese detalle por alto.

—Sí, mellizos de seis años. Me separé hace unos meses, tenemos custodia compartida.

—Es que no me habías dicho nada —dice con un tono que no sé cómo interpretar—. Creo que tenemos vidas muy diferentes, Catalina.

Su reacción me descoloca. Tal vez lo que había sentido como una gran conexión no nos lleve a ningún lado.

—Aunque vivir en una furgo no es como te imaginas —continúa—. Y tampoco soy tan hippy como parece.

—¿Y cómo crees que es mi vida? —pregunto, divertida.

—Eres de clase media-alta. Estudiaste una carrera, emprendiste para ser pintora… Debes de vivir en una buena zona de Barcelona. Me recuerdas a mi hermana —añade entre risas—. Tu familia debe de ser muy parecida a la mía.

—Mi padre es militar de alto rango —le interrumpo.

—¡Joder!

—Mi madre siempre fue activa y creativa, aunque nunca pudo desarrollar del todo su vena artística.

Nos crio a mi hermano y a mí mientras mi padre viajaba.

Mi hermano Eduardo, tres años mayor que yo, siguió sus pasos y ahora es un militar rígido y disciplinado.

Para ellos, los sentimientos son una debilidad.

A veces me cuesta convivir con esa forma de ver el mundo.

Mi madre y yo somos lo contrario: sensibles, emocionales y empáticas.

¿Se parece a tu familia? —pregunto en tono burlón.

—Yo tengo un hermano y una hermana, pero no nos llevamos demasiado bien. Soy el pequeño. Trabajo con mi padre por comodidad, pero hace tiempo que dejó de importarme lo que piensen de mí. Por cierto, ¿cuándo quedamos para que puedas ver la furgo?

Dudo unos instantes.

—¿El domingo? Es el único día que tengo libre.

La noche termina con un mensaje suyo apenas unos minutos después de colgar: «Este es mi favorito», escribe, adjuntando la imagen de uno de mis cuadros. Sonrío al ver que ha elegido mi cala preferida de Ibiza. Sabe exactamente cómo tocarme la fibra.