Lo que no se ve Capítulo II
2%

Capítulo II

II

Los martes por la mañana, ir a clase de yoga se ha convertido en algo sagrado. Salgo con la mente despejada y el cuerpo despierto, y casi siempre voy directa al estudio para aprovechar la inspiración. Allí, entre pinceles y lienzos, todo se vuelve fácil.

El estudio huele a trementina y a café frío.

Es un cuarto pequeño en la planta de arriba, con la pared del norte enteramente acristalada para dejar pasar esa luz fría y estable que los pintores persiguen toda la vida.

El suelo está cubierto de salpicaduras de acrílico que ninguna fregona ha conseguido borrar del todo, como un mapa de lo que he creado aquí.

Hay tres caballetes, aunque solo uno está activo.

Los otros dos sostienen lienzos a medio terminar que me observan desde las esquinas como preguntas sin respuesta.

Sobre la mesa de trabajo, los botes de pintura sin tapón, los pinceles en remojo, un cuaderno lleno de bocetos y una taza de café que olvidé hace horas.

Estoy preparando la pintura cuando el sonido del móvil me saca de mi burbuja. Miro la pantalla sin interés y se me seca la boca: un mensaje en Instagram de @vansurfyago. No esperaba volver a saber de él. Me quedo unos segundos con el pincel en la mano, sin moverme.

Me has dejado impresionado con tus cuadros, Catalina. Tienes mucha sensibilidad. Buenos días :-)

Sonrío sin querer. Su mensaje despierta algo en mí que no sé muy bien cómo clasificar; curiosidad, tal vez.

O las ganas de saber más. Dejo el pincel en el caballete y entro en su perfil.

Las fotos hablan por sí solas: Yago sobre una tabla de surf, momentos con amigos, él encima de una furgoneta en una playa solitaria, algún que otro selfi.

Un escenario distinto en cada imagen, pero siempre la misma sensación de libertad.

Me detengo en una foto en bañador. Su cuerpo esculpido y su piel dorada hacen que se dibuje una sonrisa en mi cara.

De nuevo, me llama la atención la cicatriz en forma de zigzag que le cruza la ceja.

Me recuerda a un rayo y le confiere un aire enigmático difícil de ignorar.

Pero hay algo que me choca todavía más: sus tatuajes.

Formas oscuras que se entrelazan por toda la piel, borrando los límites entre un diseño y otro, como si cada trazo formara parte de una historia que no alcanzo a leer.

Hay algo hipnótico en ese mapa de símbolos.

Nunca me gustaron los tatuajes y, sin embargo, no puedo dejar de mirarlos.

Yago parece la clase de persona que no responde ante nadie y que sigue su propio camino sin ataduras. Su vida parece tan lejana a la mía…

Decido responder:

La sensibilidad es la nueva fuerza. Y esa, por suerte, no me falta. :-)

Contesta casi al instante:

Completamente de acuerdo. Cada vez cuesta más encontrar profundidad entre tanto ruido, ¿no te parece?

Totalmente. Y lo más inquietante es que nadie parece cuestionarse nada…

Ya…, tú también vas a contracorriente, ¿eh? Qué bueno encontrar a alguien que no forma parte del rebaño

Es que hay demasiada violencia ahí fuera…, pero de la que no se ve

Me gusta tu enfoque. Cuéntame más

Hay algo en su manera de ver el mundo que me resulta extrañamente familiar. Le respondo:

La colección en la que estoy trabajando ahora se llama Violencia Invisible

Guau…, qué potente. ¿Te refieres a esa que se camufla en lo cotidiano y en las estructuras de poder?

Exacto

Me parece fascinante que lo plasmes en arte

Es raro encontrar a alguien que lo capte tan rápido… Punto a tu favor

La conexión es tan intensa que me siento muy cercana a ese desconocido.

Un mensaje de Nacho diciendo que en un rato me trae a los niños me devuelve al estudio. Miro la hora.

Me encanta charlar contigo, pero tengo que trabajar. ¿Hablamos en otro momento?

¿Qué te parece esta noche? ¿Te puedo llamar?

Mejor te llamo yo

Contesto consciente de que los mellizos duermen conmigo.

Intercambiamos los números y cierro el móvil con una sonrisa.

Me quedo un rato quieta, pensando en lo rápido que ha entendido lo que hago.

«Violencia Invisible» no es solo una colección, es el corazón de mi proceso creativo, el hilo que une mi necesidad de crear con mi impulso de revelar lo que otros prefieren no mirar.

Cuando algo me atraviesa de verdad, necesito ir hasta el fondo.

Ya me pasó con la maternidad. Mi primera colección, expuesta hace dos años en Ibiza, fue sobre este tema.

No quería dar esa imagen edulcorada que tantos idealizan, sino mostrarla desde un lugar más poderoso, su parte cruda, luminosa, salvaje y feroz.

Dar vida es una experiencia tan animal como mística.

Un acto de poder absoluto y profundamente sagrado.

No fue fácil. Sin contactos, abrirse paso en el mundo del arte es como golpear una puerta cerrada una y otra vez, pero logré convencer a un galerista para empezar con tres cuadros, suficientes para plantar una semilla.

Luego, gracias a la acogida del público, expuse la colección completa y vendí parte de la obra.

Ver cómo algo tan íntimo conectaba con otros fue como tocar un sueño con las manos.