Lo que no se ve
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Capítulo I
I
Salgo del MNAC a toda prisa, otra vez se me ha hecho tarde. La exposición de jóvenes artistas me ha entusiasmado tanto que he perdido la noción del tiempo. Ojalá, algún día, alguien se detenga así frente a una de mis obras.
Hasta ahora tan solo he conseguido exponer en pequeñas galerías del Born y fundar una escuela de pintura que me permite subsistir mes a mes, pero mi sueño va mucho más allá.
Paro un taxi al llegar a plaza de España.
—A paseo de Gracia, por favor.
Saco el móvil del bolso para revisar los mensajes. Julieta avisa de que llega tarde y Ángela se ha puesto enferma. Suspiro con resignación y guardo el teléfono.
Pido al taxista que me deje en la Casa del Libro.
Es otro de mis lugares favoritos de Barcelona y me apetece perderme por sus estanterías mientras espero a Julieta.
Echo un vistazo a las novedades de la entrada y luego me dirijo hacia la sección de espiritualidad.
Desde que Julieta se adentró en la astrología, esta se ha convertido en una de nuestras pasiones compartidas.
Estoy hojeando un libro cuando noto que hay alguien a mi lado. Levanto la vista. Un hombre sostiene un ejemplar titulado Kabbalah y sexo . Sonrío sin querer al leer el título.
Lleva una camisa de palmeras que, contra todo pronóstico, le queda bien. La melena castaña, salpicada de mechas rubias, le roza los hombros, y una gorra de visera le oculta parte del rostro. Es alto, de complexión atlética y barba de un par de días. Un hippy-pijo con estilo, pienso.
Cojo otro libro al azar.
—Interesante elección —dice, señalando la portada, con aire encantador.
Bajo la vista. Vivir en quinta dimensión . Ni siquiera me había fijado en el título.
—¿Lo conoces? —pregunto.
—Es una guía para conectar con tu propósito de vida.
—Lo dice con convicción, como si lo hubiera comprobado—.
La idea es que existe un nivel de consciencia más allá del que usamos a diario, un estado en el que dejas de reaccionar desde el miedo y empiezas a vivir desde el amor, desde la intuición.
La quinta dimensión no es un lugar —añade—, es una forma de percibir la realidad.
Su entusiasmo me resulta atractivo. Sin darme cuenta, me fijo en su sonrisa y en la línea firme de su mentón.
Observo una marcada cicatriz en la ceja derecha que le aporta un aire misterioso.
Sus palabras me hacen pensar en mi bloqueo creativo.
Últimamente me siento atascada, sin chispa.
Quién sabe, tal vez la 5D tenga algo que decirme.
—Muchas gracias, te haré caso —digo, y me llevo el libro hacia la caja.
Él me sigue despacio, sin adelantarse.
—Me encantaría saber qué te ha parecido…
—Catalina —respondo entendiéndole.
—Catalina. —Lo repite despacio, como si lo sopesara—. Me gusta. ¿Sabes lo que significa?
—Viene de Hécate, la diosa de la luna, la magia y la muerte. Aunque dicen que significa «mujer pura» —añado con una sonrisa irónica.
—Hécate. —Asiente lentamente—. Yo soy Yago. Mucho más corriente, me temo.
Y sonríe, tranquilo.
Dudo. No esperaba acabar coqueteando con un desconocido en una librería un sábado por la tarde.
—Si no te apetece, no pasa nada —dice notando mi indecisión—. Yo vengo a menudo por aquí.
Justo entonces me acuerdo de Julieta. Saco el móvil y veo que tengo dos llamadas perdidas y un mensaje suyo diciendo que me espera en la mesa.
—Apunta mi Insta —digo mientras me acerco a la caja—. @catalinanadal_pintora.
—¿Pintora? —pregunta, arqueando una ceja.
—¿Te sorprende?
—No tienes pinta —responde, con un punto irreverente.
—No eres el primero que me lo dice —contesto, resignada.
Recojo el cambio.
—Encantada, Yago, pero me tengo que ir.
Al salir, siento su mirada en la espalda. No me ha dejado indiferente. Hay algo en él, un carisma natural que atrapa y que, a la vez, me inquieta.
Julieta me saluda desde la mesa con una copa de vino tinto en la mano. El local está lleno. Es uno de esos sitios de moda con un diseño impecable y una clientela sacada de una editorial de revista. En la entrada hay cola para cenar.
Me disculpo por el retraso y, entre risas, le cuento fugazmente mi encuentro con Yago. Pedimos una botella de vino y brindamos: las obras de mi nueva casa han terminado por fin, después de cuatro meses que pensé que no acabarían nunca.
La separación con Nacho fue inevitable. Tras años intentando salvar lo insalvable, pusimos fin al matrimonio sin guerras innecesarias.
Con dos niños pequeños no fue una decisión fácil de tomar, pero sí de ejecutar.
Chloe y Lucas, nuestros mellizos de seis años, se están adaptando bien, y yo me siento liberada.
Lo peor fue lidiar con la mudanza y las obras, pero ya está, y esta noche toca celebrarlo.
En la vida, todo final implica un comienzo. Yo ignoraba que esa noche de celebración iba a ser también la noche en la que todo empezaría. Estaba a punto de cruzar un umbral que lo cambiaría todo.