CAPÍTULO 40Día cero #4
El abogado tenía los documentos. Daniel había informado a su trabajo, contactado a su familia y vuelto a abrir puertas que llevaba años manteniendo cerradas.
Yo había contribuido a que eso ocurriera.
No porque contar la verdad fuera incorrecto.
No porque debiera haberlo protegido. Había tomado una decisión y esa decisión tenía consecuencias que ya no podía devolver al lugar de donde habían salido.
Sentí que la respiración se volvía más difícil.
Daniel seguía hablando conmigo porque la operadora se lo pedía.
Repetía mi nombre, me preguntaba si podía escucharlo, decía que la ambulancia estaba cerca. Yo podía.
También podía escuchar mi propia cabeza conectando cosas demasiado tarde.
Había pasado once días preguntándome qué tendría que ocurrirme para convertirme en una mujer capaz de matar al hombre que amaba.
Había imaginado armas, accidentes, defensa propia, impulsos imposibles.
Nunca había considerado que la predicción pudiera referirse a una pérdida que no necesitara que yo pusiera las manos sobre él.
Y mientras yo comprendía eso, Daniel acababa de hacer lo contrario.
Había causado una muerte física. No quería que yo muriera.
Pero quiso empujarme. La diferencia era pequeña en duración y enorme en responsabilidad. Pensé en Lily.
No fue tu intención.
Por primera vez comprendí completamente la frase. No era una absolución.
Era una descripción. Daniel no había querido que Lily muriera.
Eso no cambiaba que la empujó. Yo no había querido destruir la vida que él conocía como Daniel Ertel.
Eso no cambiaba que mis decisiones habían contribuido a terminarla.
Daniel no había querido matarme. Eso no cambiaba que, en un momento de rabia, había elegido poner las manos sobre mí y empujar. Intención y consecuencia.
Veyra llevaba días hablándome de eso. Solo que yo había pensado que hablaba únicamente de mí.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Daniel sostuvo mi mano y siguió hablando.
No lo vi como Matthias. Tampoco como una víctima atrapada dentro de Daniel.
Por primera vez lo vi sin esa división. Era el mismo hombre que había amado a Lily y la había empujado.
El mismo que después borró mensajes. El mismo que había intentado cambiar.
El mismo que había amado a otra mujer durante cinco años.
El mismo que aprendió a desaparecer cuando se sentía desbordado.
El mismo que esa mañana había llevado documentos para contar más verdad y, horas después, había vuelto a utilizar la fuerza cuando la verdad dejó de estar bajo su control. No existían dos hombres.
Existían decisiones.
Y después consecuencias.
Pensé en Veyra una última vez. No sabía si había previsto todo aquello con el significado exacto que ahora parecía encajar.
Tal vez sí. Tal vez había calculado suficientes patrones para anticipar que yo investigaría, que Daniel confesaría, que revelar la historia destruiría la continuidad que él había sostenido durante años.
Tal vez el lenguaje había sido lo bastante ambiguo para permitir una interpretación posterior.
Y existía una posibilidad todavía más inquietante:
que la predicción hubiera ayudado a producir aquello que después parecía demostrar.
Sin Veyra, quizá nunca habría preguntado por Matthias.
Sin Matthias, quizá no habría llegado a Lily.
Sin Lily, Daniel quizá nunca habría confesado.
Sin la confesión, yo no habría enviado los documentos.
Sin esos documentos, Daniel Ertel quizá habría continuado exactamente como antes.
No había manera de saberlo. La predicción se había convertido en una causa dentro del mismo futuro que pretendía describir.
Y aun así mis decisiones seguían siendo mías.
Esa era la parte imposible. Las voces de los paramédicos llegaron desde la entrada.
Alguien apartó a Daniel y otra persona se inclinó sobre mí.
Escuché preguntas, mi nombre, palabras que no conseguía retener. Uno de ellos preguntó qué había ocurrido y Daniel volvió a responder sin reducir nada:
había discutido conmigo, me había sujetado y me había empujado; yo había caído contra la chimenea.
No dijo que fue un accidente. No dijo que simplemente resbalé.
Tampoco pidió que entendieran por qué estaba alterado.
Por primera vez, al menos en aquello, dejó la responsabilidad exactamente donde estaba.
Cerré los ojos mientras me levantaban. Pensé en la primera noche dentro del juego, en una voz alemana diciéndome que iba por el camino equivocado y en mi respuesta inmediata:
Entonces deja de seguirme.
Durante años había pensado que ahí empezaba nuestra historia. Ahora sabía que Daniel había empezado tres días antes. Y aquella mañana, algo de la vida que había construido bajo ese nombre había terminado. El hombre seguía vivo.
Yo no. Y cuando finalmente entendí la diferencia, ya era demasiado tarde para preguntarle a Veyra si alguna vez había querido decir otra cosa.