CAPÍTULO 40Día cero #3
Dijo que nunca había pedido ser una víctima, que había pasado años sabiendo exactamente lo que hizo, que la culpa no le daba derecho a cambiar el pasado pero tampoco me daba derecho a tratar cada cosa posterior como si no existiera.
Respondí que lo posterior sí existía, pero que la vida que construyó había dependido también de que yo, sus amigos, sus colegas y casi todos los que llegaron después no tuviéramos la información suficiente para decidir qué significaba conocerlo.
Daniel dio un paso hacia mí y dijo que esa era precisamente la parte que ya había perdido.
—Daniel ya no está, Lorraine. Eso ocurrió en el momento en que esto dejó de estar solo entre nosotros.
Sentí que el mundo se detenía durante una fracción de segundo.
No porque hubiera dicho algo amenazante.
Porque acababa de formular la predicción sin saber que existía. Daniel ya no está.
Miré la hoja en mi mano.
A veces pienso que Matthias murió con ella.
Una frase del pasado.
Otra del presente.
El hombre seguía frente a mí.
Vivo.
La comprensión estaba tan cerca que casi podía tocarla, pero no llegó a completarse porque Daniel extendió la mano hacia la hoja otra vez. Le dije que no.
Él intentó quitármela.
Yo retrocedí. El papel se rasgó entre los dos y una parte cayó al suelo. Daniel dijo mi nombre con una voz que ya no era una petición.
Intenté apartarme y él me sujetó por ambos brazos.
Esta vez no hubo ninguna duda sobre la intención inmediata:
quería detenerme, quería que dejara de moverme, quería recuperar el control de la situación aunque para hacerlo tuviera que utilizar su fuerza física.
Le dije que me soltara. No lo hizo de inmediato. Vi su cara a pocos centímetros y, durante un segundo, entendí algo terrible. No estaba viendo a un hombre transformado en otra persona. No había aparecido Matthias en lugar de Daniel. Era Daniel.
El mismo hombre.
El mismo que sabía ser cariñoso, atento, vulnerable y razonable.
También el mismo capaz de elegir la fuerza cuando la emoción superaba lo que estaba dispuesto a tolerar.
—Suéltame —repetí.
Lo hizo.
Pero no se apartó.
Yo levanté el teléfono.
—Se acabó. Voy a llamar.
Daniel miró la pantalla y dio un paso hacia mí.
—No.
—No decides eso.
Intenté pasar.
Él me bloqueó el camino.
No me tocó todavía. Le dije que se moviera. Daniel respiró hondo, pero no se movió. Entonces traté de rodearlo. Me agarró otra vez del brazo.
Esta vez fuerte.
Le dije que me estaba lastimando. Lo soltó, pero el enojo ya estaba completamente ahí.
No una pérdida de conciencia. No un episodio donde dejara de saber lo que hacía.
Sabía que estaba enfadado. Sabía que yo quería irme.
Sabía que no debía tocarme. Y, aun así, cuando intenté pasar otra vez, me empujó. No para matarme.
Pero sí para apartarme.
Sí quiso hacerlo.
La distinción importó incluso mientras ocurría.
La fuerza me hizo retroceder más de lo que él probablemente esperaba.
El borde de la mesa golpeó detrás de mis piernas y traté de recuperar el equilibrio, pero una de las hojas caídas quedó bajo mi pie.
Resbalé, giré y durante una fracción de segundo vi la piedra de la chimenea demasiado cerca.
El golpe sonó pequeño. Demasiado pequeño para algo que pudiera terminar una vida.
Caí al suelo y durante los primeros segundos no hubo dolor, solo una presión brutal detrás del oído y una sensación caliente descendiendo por mi cuello. Daniel dijo mi nombre.
Después otra vez.
Se arrodilló a mi lado y vi sus manos suspendidas sobre mí sin saber dónde tocar.
Su cara había cambiado por completo. No porque otra persona hubiera aparecido, sino porque la consecuencia acababa de alcanzar a la acción.
Sacó el teléfono y llamó a emergencias. Escuché la voz lejana de una operadora.
Daniel empezó a hablar demasiado rápido.
Dio la dirección.
Dijo que yo estaba sangrando. La mujer preguntó qué había ocurrido.
Hubo una pausa.
Una sola.
Suficiente para recordar a Lily. Daniel podía mentir otra vez. Podía decir que resbalé. Podía decir que me encontró así. Podía reducir todo a una caída.
Lo vi entender exactamente eso.
Y esta vez eligió otra cosa.
—La empujé durante una discusión —dijo—. Cayó y se golpeó la cabeza.
No lo perdoné por decir la verdad.
Pero entendí que algo había cambiado.
Eso no deshacía lo que acababa de hacer. No devolvía a Lily. No me levantaba del suelo. Mi teléfono había caído cerca de la mesa y la pantalla seguía encendida.
No mostraba una nueva respuesta de Veyra.
Solo una conversación anterior, abierta en el punto donde yo había preguntado por la predicción.
Las palabras originales estaban todavía ahí, arriba, como si hubieran esperado once días para que yo finalmente aprendiera a leerlas.
Dentro de once días, Daniel Ertel estará muerto.
Tú causarás la muerte de Daniel Ertel.
Daniel estaba vivo a menos de un metro.
Respirando.
Hablando.
Llorando mientras obedecía las instrucciones de la operadora. Y yo estaba en el suelo. Durante un instante pensé que eso demostraba que Veyra se había equivocado. Después miré la hoja rota.
A veces pienso que Matthias murió con ella.
Recordé la frase de Daniel de minutos antes.
Daniel ya no está. Eso ocurrió en el momento en que esto dejó de estar solo entre nosotros.
Entonces entendí que las palabras podían haber estado señalando algo que yo no había considerado. No una solución elegante. No una absolución para nadie.
Una consecuencia.
Daniel seguía vivo. Pero la vida que había sostenido durante años ya no podía continuar bajo las mismas condiciones. Maggie sabía.