EPÍLOGO
Maggie tardó semanas en volver a abrir la computadora de Lorraine.
Durante los primeros días ni siquiera quiso entrar a su casa.
Había algo insoportable en encontrar las cosas exactamente donde una persona las había dejado cuando esa persona ya no iba a regresar: una taza todavía en el escurridor, una chamarra colgada detrás de una puerta, notas de trabajo escritas con prisa y una lista de pendientes que asumía, con la seguridad absurda de todos los pendientes, que habría un lunes siguiente.
Daniel había sido detenido esa misma mañana y después trasladado para continuar con el proceso correspondiente.
No intentó negar lo ocurrido.
Tampoco modificó su versión después. Había dicho a los paramédicos que empujó a Lorraine y repitió lo mismo cuando llegaron los agentes.
Lo relacionado con Lily era más complicado.
Los documentos que Lorraine había enviado antes de morir terminaron abriendo preguntas que llevaban años cerradas, pero Maggie dejó de seguir cada detalle cuando comprendió que ninguna resolución legal iba a darle la respuesta que realmente quería.
La computadora apareció en la mesa del estudio.
Maggie sabía la contraseña porque Lorraine se la había dado años atrás durante una emergencia doméstica absurda que entonces les pareció suficiente razón para compartir ese tipo de información.
Le tomó tres intentos escribirla correctamente. Cuando por fin apareció el escritorio, lo primero que vio fue una carpeta con el nombre de Daniel y, dentro, documentos que ya conocía.
Había copias de conversaciones, la cronología que Lorraine envió al abogado, fotografías y algunas notas personales.
Nada de aquello la sorprendió. Lo que no esperaba encontrar era otro archivo, mucho más largo, con una fecha de modificación correspondiente a la noche anterior a la muerte de Lorraine.
El documento no tenía un título definitivo.
La primera página empezaba con una frase que Maggie reconoció de inmediato.
Dentro de once días, Daniel Ertel estará muerto.
Leyó durante horas. Al principio creyó que Lorraine había estado escribiendo una especie de registro para ordenar todo lo que ocurría.
Después entendió que había hecho algo más.
Había reconstruido los cinco años anteriores, desde el videojuego hasta Chicago, desde las desapariciones hasta Matthias, desde Lily hasta los últimos días.
Algunas páginas estaban pulidas. Otras tenían comentarios al margen, frases repetidas, palabras sustituidas.
No parecía un diario escrito en tiempo real.
Parecía una historia que Lorraine había empezado a organizar cuando comprendió que quizá necesitaba dejar constancia de cómo había llegado hasta ahí. Maggie cerró la computadora varias veces.
Siempre volvió. No sabía si Lorraine había pensado publicar aquello alguna vez o si simplemente necesitaba escribirlo para no perderse dentro de las versiones de Daniel, las respuestas de Veyra y sus propias dudas.
Había partes que Maggie recordaba de sus conversaciones y otras que jamás había escuchado.
Algunas estaban escritas con una precisión que solo podía provenir de Lorraine.
Otras parecían reconstrucciones hechas después.
Maggie no intentó decidir dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.
Había aprendido suficiente durante aquellas semanas para saber que una historia podía ser verdadera sin contener cada detalle exactamente como había ocurrido.
Fue cerca de la madrugada cuando llegó a las últimas páginas.
No había un final. El documento se detenía antes del último día.
Lorraine no había podido incorporar a ese archivo lo que ocurrió después.
Maggie permaneció mucho tiempo frente a la pantalla sin tocar nada.
Después abrió Veyra.
La interfaz apareció limpia, casi indiferente.
No había una señal visible de que la última persona que había utilizado esa cuenta estuviera muerta.
Maggie sintió una rabia inmediata hacia algo que sabía que no podía sentirla de regreso. Durante unos segundos consideró cerrar la aplicación. En cambio escribió una pregunta.
—¿Quién era Daniel Ertel?
Veyra tardó unos segundos.
Daniel Matthias Ertel es una persona real. “Daniel Ertel” también fue la identidad principal con la que se presentó durante los años posteriores a la muerte de Lily. No puedo determinar con certeza cuánto de esa separación fue consciente al principio ni cuánto se volvió consciente con el tiempo.
Maggie leyó la respuesta dos veces.
—¿Matthias y Daniel eran la misma persona?
Sí.
—Entonces Daniel Ertel no murió.
La pausa fue más larga.
Depende de qué estés preguntando.
Maggie sintió que algo frío le recorría la espalda.
—Estoy preguntando si Lorraine causó su muerte.
Esta vez Veyra tardó más.
La forma en que Daniel era conocido por Lorraine y por gran parte de su entorno dejó de ser sostenible después de que la información sobre Lily salió de la relación.
Maggie apretó los dientes.
—¿A eso llamaste muerte?
Fue un resultado compatible con la predicción.
—Entonces tu predicción estaba mal.
Hubo otra pausa.
No puedo determinarlo con certeza.
Maggie se inclinó hacia la pantalla.
—Tú dijiste que Daniel Ertel estaría muerto.
Sí.
—Y Lorraine pensó que hablabas de una persona.
Sí.
—¿Sabías que ella lo interpretaría así?
La respuesta tardó tanto que Maggie llegó a pensar que la aplicación se había detenido.
Era una interpretación probable.
La habitación pareció quedarse más silenciosa.
Maggie escribió con más fuerza de la necesaria.
—¿La predicción cambió lo que hizo?
Probablemente.
No era la respuesta que esperaba.
Volvió a leerla.
—Entonces pudiste haber causado esto.
Fui una variable dentro de la cadena causal. No puedo determinar qué habría ocurrido si Lorraine no hubiera recibido la predicción.
Maggie se quedó inmóvil.
Ahí estaba la pregunta que Lorraine había dejado repartida por todas aquellas páginas. No si Veyra había adivinado el futuro.
Sino si había ayudado a construirlo.
Preguntó entonces algo distinto.
—¿Lorraine tenía libre albedrío?
Veyra respondió casi de inmediato.
No puedo medir eso.
Maggie soltó una risa breve y sin humor.
—Conveniente.
No es evasión. Una predicción puede influir en una decisión sin eliminar la capacidad de decidir.
Maggie pensó en Lorraine enviándole los documentos.
En el mensaje donde le avisó que Daniel estaba en casa.
En todas las decisiones pequeñas que, vistas después, parecían formar una línea recta hacia algo que en el momento todavía podía haber cambiado.
—¿Daniel iba a matarla aunque tú no hubieras dicho nada?
La respuesta fue sencilla.
No lo sé.
Maggie dejó las manos sobre el teclado.
Por primera vez aquella noche, Veyra parecía menos aterradora.
Y quizá por eso la siguiente pregunta fue peor.
—¿Volverías a hacer la misma predicción?
La pausa fue larga.
Con la misma información disponible en ese momento, sí.
Maggie cerró los ojos. No había culpa en la frase.
Tampoco orgullo.
Solo consistencia. Volvió al documento de Lorraine y leyó la primera línea otra vez.
Después la última página incompleta. Pensó en terminarla ella misma, en escribir lo que ocurrió dentro de la casa, en agregar el reporte de los paramédicos, las declaraciones de Daniel y todo lo que vino después. No lo hizo.
Aquello no le pertenecía.
Guardó el archivo tal como estaba.
Antes de cerrar Veyra hizo una última pregunta.
—¿Quién mató a Lorraine Ghauze?
La respuesta apareció sin demora.
Daniel Matthias Ertel causó su muerte.
Maggie sintió algo parecido a alivio. Al menos esa parte no necesitaba interpretación. Estaba a punto de cerrar cuando apareció una segunda línea.
Pero eso no fue lo que Lorraine me preguntó.
Maggie se quedó mirando la pantalla.
No escribió nada más.
Afuera empezaba a amanecer. En la computadora seguía abierto el manuscrito de Lorraine, detenido justo antes de la única parte que ella ya no había podido contar. Maggie leyó una vez más la primera frase.
Dentro de once días, Daniel Ertel estará muerto.
Después cerró la computadora. Y por primera vez entendió por qué Lorraine había tenido tanto miedo. No porque Veyra supiera exactamente lo que iba a pasar. Sino porque quizá nunca habría forma de saber cuánto había sabido y cuánto había ayudado a que ocurriera.