CAPÍTULO 36Cuatro días #2
Maggie tardó antes de contestar y, cuando lo hizo, su respuesta fue más sensata de lo que yo había sido capaz de formular sola.
No sabía qué significaría “loco” en ese contexto y tampoco creía que una etiqueta resolviera nada.
Daniel podía haber vivido un trauma, podía tener problemas para manejar emociones intensas, podía haber desarrollado mecanismos terribles para manejar la culpa o simplemente podía ser un hombre que llevaba años huyendo de ciertas partes de sí mismo.
Ninguna de esas posibilidades explicaba automáticamente la muerte de Lily ni convertía cada una de sus desapariciones en síntoma de algo.
Seguían siendo decisiones, conductas, ausencias concretas.
Lo importante, dijo Maggie, no era diagnosticarlo desde Wisconsin con cinco años de recuerdos incompletos.
Lo importante era saber qué había hecho.
La frase permaneció conmigo mucho después de colgar. Qué había hecho.
No quién era en términos clínicos. No qué nombre podía ponerle a sus silencios.
Qué había ocurrido aquella noche y qué había decidido hacer después.
Era una distinción mucho más incómoda porque me quitaba la posibilidad de encontrar una explicación que funcionara como absolución.
Si Daniel sufría, eso podía ayudarme a comprenderlo; no podía convertir automáticamente sus decisiones en algo que no le perteneciera.
Horas después recibí un mensaje suyo desde la conexión.
Había llegado bien al primer aeropuerto y tenía poco tiempo antes del vuelo largo hacia Chicago.
Me escribió mientras caminaba hacia la puerta de embarque, quejándose de que había comprado algo que difícilmente podía considerarse comida y de que el siguiente vuelo iba completamente lleno.
La normalidad de esos detalles me desarmó.
Daniel podía estar viajando hacia mí con una historia sobre una mujer muerta todavía sin terminar y, al mismo tiempo, preocuparse por si llevaba suficiente batería en el teléfono.
Antes de abordar añadió algo distinto: sabía que todo aquello era demasiado y lamentaba que yo hubiera tenido que enterarme de esa manera.
Respondí que prefería esperar a que estuviéramos frente a frente.
Él estuvo de acuerdo y, unos segundos después, escribió que había cosas que debió contarme años atrás.
Me quedé mirando la frase porque era la primera vez que Daniel reconocía con tanta claridad que el problema no había comenzado cuando yo hice preguntas nuevas.
Había decisiones anteriores. Había información que él mismo sabía que debería haber compartido y no lo había hecho.
Esa admisión no lo volvía culpable de la muerte de Lily, pero sí destruía una explicación cómoda que yo había utilizado muchas veces: que quizá Daniel simplemente no pensaba en las mismas cosas que yo, que quizá lo que para mí parecía importante para él pertenecía a una época cerrada.
No.
Al menos algunas veces había sabido que algo debía decirse y había elegido no hacerlo.
Durante la tarde intenté ocuparme de asuntos reales.
Salí a comprar comida, revisé pendientes y caminé más de lo necesario por el supermercado porque no quería regresar todavía a la casa silenciosa.
Fue allí, frente a una sección de productos que ni siquiera necesitaba, donde volvió la predicción.
No como miedo por Daniel, sino como una contradicción que cada vez me parecía más absurda.
Seguía esperando encontrar en la historia de Lily un motivo suficientemente terrible para comprender por qué yo podía llegar a matarlo.
Era como si mi cabeza estuviera construyendo la lógica de un crimen que todavía no existía: primero descubriría algo monstruoso, después sentiría odio, después ocurriría una confrontación y de alguna manera terminaría haciendo aquello que Veyra había predicho.
Pero incluso cuando imaginaba la peor versión posible, yo no llegaba ahí.
Si Daniel me confesaba que había empujado a Lily, que la había dejado morir o que había engañado deliberadamente a la policía, mi primera reacción no sería matarlo. Sería alejarme.
Llamar a las autoridades si correspondía.
Hablar con Maggie. Exigir que enfrentara aquello de lo que hubiera escapado.
Podía imaginarme haciendo cosas duras, incluso cosas que destruyeran su vida tal como la conocía.
Lo que no podía imaginar era convertirme en alguien capaz de quitarle la vida con mis propias manos.
La frase de Veyra regresó casi de inmediato:
Eso es compatible con la predicción.
Abrí la aplicación cuando ya estaba de vuelta en casa. No quería hacerlo, pero la contradicción había empezado a pesar demasiado. Le pregunté cómo podía causar la muerte de Daniel si no quería que muriera.
Veyra respondió que una persona podía causar un resultado que no deseaba.
Le dije que eso era una obviedad y que no respondía realmente a lo que estaba preguntando.
La respuesta siguiente tardó apenas unos segundos: quizá mi pregunta no era sobre causalidad, sino sobre control.
Quería saber si bastaba con decidir que no quería un resultado para excluirlo de mi futuro.
Me molestó porque reconocí inmediatamente lo que estaba haciendo.
Había usado mi propia moralidad como argumento contra la predicción.
Yo jamás haría eso, por tanto eso no puede ocurrir.
Pero Veyra no había dicho que yo quisiera hacerlo.
Ni siquiera había dicho que lo haría de manera directa.
Había hablado de causalidad desde el principio y yo seguía traduciendo la palabra a asesinato porque no conocía otra forma de imaginar una muerte causada por mí.
Le pregunté si una decisión aparentemente inocente podía producir una consecuencia fatal y Veyra respondió que sí, por supuesto, pero añadió algo que hizo que cerrara la conversación casi de inmediato:
las consecuencias no heredan necesariamente la intención de la decisión que las produce.
Pensé en Daniel no contestando tres llamadas. No había decidido matar a Lily. Había decidido no contestar el teléfono. La diferencia era enorme.
Quizá demasiado. La tarde terminó convirtiéndose lentamente en noche.
No rastreé el avión de Daniel. Podía haberlo hecho; tenía el número de vuelo y sabía aproximadamente cuándo aterrizaría, pero me negué a transformar un mapa del Atlántico en otra representación de la cuenta regresiva.
Preparé algo de cenar y dejé el teléfono sobre la mesa.
Cuando vibró cuarenta minutos después, el mensaje decía simplemente que había aterrizado.
Daniel estaba en Estados Unidos.
La frase me produjo una sensación extraña porque durante años la distancia entre Alemania y Wisconsin había funcionado como una parte invisible de nuestra relación.
Incluso después de haber estado juntos físicamente, su lugar natural seguía estando lejos.
Una llamada terminaba y Daniel volvía a existir dentro de una pantalla, en otra zona horaria, dentro de una vida que yo conocía por ventanas pequeñas.
Aquella noche esa distancia había desaparecido.
Estaba en Chicago, agotado después de casi un día de viaje, pasando inmigración, esperando una maleta, probablemente intentando recordar en qué bolsillo había dejado algún documento.
Le pedí que me avisara cuando llegara al hotel.
No tenía sentido que intentara manejar hasta Wisconsin esa noche.
Habíamos acordado que tendría una reunión temprano a la mañana siguiente y que después conduciría hacia Pine Hollow. Era práctico.
Normal.
Precisamente por eso me resultaba extraño que cada una de esas pequeñas decisiones estuviera acercándolo a una fecha que solo yo conocía. Más tarde, cuando ya estaba en el hotel, Daniel escribió que estaba exhausto y que saldría hacia Wisconsin después de la reunión de la mañana.
Debí haber respondido únicamente que descansara.
En cambio, antes de que pudiera hacerlo, llegó otro mensaje.
Daniel me dijo que necesitaba aclarar algo antes de dormir.
Lo que Lily había dicho mientras moría no era la peor parte de la historia que me había ocultado.
Me quedé inmóvil frente a la pantalla.
Durante todo el día había pensado en las últimas palabras de Lily como si fueran el centro de aquello que Daniel llevaba años escondiendo.
Las había imaginado como una acusación, una absolución o quizá una frase ambigua sobre la que él hubiera construido toda su culpa. Que existiera algo peor desplazaba de pronto el misterio hacia otro lugar. Le pregunté qué podía ser peor que eso.
Daniel tardó en responder.
Cuando finalmente lo hizo, escribió:
Lo que hice después de que murió.
No hubo nada más. Me quedé mirando las palabras durante mucho tiempo y por primera vez comprendí que quizá había estado formulando mal la pregunta desde el comienzo.
Había pasado días intentando reconstruir los minutos anteriores a la muerte de Lily: la discusión, las llamadas, el mensaje, lo que Daniel hizo o dejó de hacer antes de encontrarla.
Había supuesto que ahí tendría que estar la verdad capaz de explicar su culpa. Pero Daniel acababa de señalar otro momento. Después.
Después de que Lily murió. Después de que ya no había nada que pudiera hacerse para salvarla. Después de que Matthias se encontró frente a las consecuencias. Y aquello era lo que él consideraba peor. No respondí.
La casa estaba completamente silenciosa.
En algún lugar de Chicago, Daniel probablemente había dejado el teléfono sobre una mesa y cerrado los ojos después de casi un día entero de viaje.
Mañana conduciría hacia Pine Hollow. Mañana se sentaría frente a mí y, por primera vez en cinco años, no habría una pantalla entre nosotros cuando terminara la historia.
Faltaban cuatro días.
Y todavía no sabía qué había hecho Daniel después de la muerte de Lily. Tampoco sabía por qué yo iba a matarlo. Pero por primera vez empezaba a comprender que quizá ambas preguntas terminarían encontrándose en el mismo lugar.