CAPÍTULO 36Cuatro días
Cuatro días
Para cuando Daniel despegó de Múnich, la cuenta regresiva ya había dejado de sentirse como una abstracción.
Cuatro días no eran una amenaza remota ni una cifra absurda pronunciada por una inteligencia artificial en la tranquilidad de mi casa.
Eran jueves, viernes, sábado y domingo. Podía nombrarlos, imaginar qué ropa usaría, qué reuniones tenía pendientes, cuándo tendría que comprar leche.
Lo más inquietante era precisamente eso: el futuro inmediato seguía lleno de cosas pequeñas mientras Veyra insistía en que, al final de ellas, Daniel Ertel estaría muerto y yo habría contribuido a que ocurriera.
Durante las últimas horas intenté encontrar una forma de hacer convivir esas dos versiones de la semana y no pude.
Daniel estaba sentado en algún aeropuerto europeo, probablemente tomando un café mediocre y revisando correos de trabajo, mientras yo trataba de imaginar qué decisión podía tomar en los siguientes cuatro días capaz de convertirlo en un hombre muerto. No encontraba ninguna.
Ni siquiera después de Lily. El itinerario había llegado la noche anterior.
Múnich, una conexión, Chicago. Un día entero devorado por aeropuertos, controles, espera y diferencia horaria.
Daniel me había enviado un mensaje al llegar a la terminal y otro poco antes de abordar el primer vuelo.
No había nada extraño en ellos. Se quejaba de haber dormido poco, decía que la fila para seguridad parecía diseñada por alguien que odiaba a la humanidad y me preguntaba, como si las últimas cuarenta y ocho horas no hubieran ocurrido, si yo había desayunado.
Respondí que sí aunque apenas había tomado café.
No quería convertir cada intercambio en una interrogación sobre Lily.
Daniel había prometido que hablaríamos cuando estuviera conmigo y yo había aceptado esperar, aunque todavía no sabía si aquello era una decisión sensata o simplemente otra forma de hacer lo que llevaba cinco años haciendo: permitir que él determinara cuándo llegaba la siguiente parte de una historia.
Después del despegue hubo varias horas en las que Daniel dejó de existir de la forma en que normalmente existía para mí.
No había mensajes ni posibilidad razonable de llamarlo, solo un avión moviéndose sobre Europa y después sobre el Atlántico.
Esa ausencia obligada debería haberme dado descanso.
En cambio, me dio tiempo, y el tiempo era exactamente lo que menos necesitaba.
Intenté trabajar hasta que comprendí que llevaba casi diez minutos observando el mismo gráfico sin haber procesado un solo número.
Cerré la presentación, fui por otro café y, mientras esperaba que terminara de prepararse, pensé por primera vez no en Lily, sino en todas las veces que Daniel había desaparecido. No sé por qué aparecieron entonces.
Quizá porque él estaba temporalmente inaccesible y mi cuerpo reconocía la sensación antes que mi mente: escribir algo y saber que no habría respuesta inmediata, mirar una pantalla vacía, acostumbrarse durante unas horas a que él existiera en algún lugar fuera de mi alcance.
Durante cinco años, cada desaparición había tenido su propia explicación y yo siempre las había tratado como historias separadas.
El accidente del pie había sido real. Había cirugía, Gina, recuperación, llamadas. El coma había sido real.
La neumonía también. China existía, al igual que las plantas, los compañeros, las horas imposibles y las conexiones deficientes.
Había evidencia suficiente para que reducir todo aquello a una colección de mentiras fuera más absurdo que creerlo.
Pero no todas las ausencias habían sido iguales.
La diferencia, ahora que la veía, era incómodamente sencilla.
Había ocasiones en las que Daniel desaparecía porque algo le ocurría y otras en las que desaparecía porque algo parecía ocurrir dentro de él. Nunca lo había formulado de esa manera.
Durante los viajes podía volverse seco durante horas o días y después reaparecer exactamente como antes.
Después de algunas conversaciones difíciles necesitaba espacio y yo había aprendido a no perseguirlo.
La desaparición de casi un año había sido la versión extrema: no un accidente que Gina pudiera explicar, no un hospital, no una fotografía de una lesión ni una planta en China.
Daniel simplemente había dejado de estar disponible.
Cuando regresó habló de enfermedad, recuperación, trabajo y asuntos personales; cosas suficientemente reales como para que yo no pudiera señalar una sola frase y llamarla mentira.
Pero también había admitido algo que entonces me pareció únicamente doloroso y que ahora adquiría otra forma: había elegido no contactarme porque no sabía cómo explicar dónde estaba ni qué estaba ocurriendo.
Tal vez el patrón nunca había sido desaparecer.
Tal vez había sido retirarse cuando explicar algo significaba exponerse demasiado.
La idea me acompañó hasta que regresé al escritorio.
Esta vez no abrí Veyra. Había algo casi competitivo en mi decisión de pensar sin ella, como si necesitara demostrarme que todavía podía llegar a una conclusión antes de que un sistema me sugiriera una.
Cogí una libreta y escribí únicamente dos frases:
cuando algo le pasa
y
cuando algo lo sobrepasa. No hice una cronología, no abrí registros, no intenté reconstruir cinco años como si estuviera preparando un expediente.
Solo recordé. El accidente del pie pertenecía claramente a la primera categoría.
La neumonía también. China era más complicada, porque la distancia era externa pero a veces parecía darle una excusa perfecta para retirarse.
La desaparición larga pertenecía casi por completo a la segunda.
Lo que me inquietó fue darme cuenta de que conocía el comportamiento aunque nunca hubiera entendido su origen.
Daniel podía soportar dolor físico mejor que ciertas emociones.
Podía hablar desde un hospital, bromear después de una cirugía, mostrar una mano vendada, convertir una rehabilitación humillante en una historia divertida.
En cambio, cuando algo amenazaba la versión de sí mismo que quería sostener, se cerraba.
No necesariamente de forma cruel. A veces solo reducía información, respondía menos, posponía, desaparecía detrás del trabajo o del cansancio.
Durante años yo había interpretado aquello como una peculiaridad de su carácter.
Ahora sabía que, antes de conocerme, había ocurrido algo mucho más extremo: Lily murió, Matthias desapareció durante meses y, cuando regresó, comenzó a utilizar otra parte de su propio nombre.
No necesitaba diagnosticarlo para reconocer el patrón.
La idea de hacerlo me molestaba, de hecho.
Resultaba demasiado fácil buscar una palabra clínica y dejar que explicara lo que seguían siendo decisiones.
Impulsividad.
Depresión.
Trauma.
Algún trastorno del estado de ánimo. Podía colocar media docena de etiquetas sobre las conductas de Daniel y ninguna respondería la pregunta que importaba: qué había hecho la noche en que murió Lily y por qué había decidido ocultar sus últimas palabras.
Una enfermedad podía explicar sufrimiento.
No podía absolver una acción que todavía no conocía.
Maggie llamó cerca del mediodía, cuando yo llevaba demasiado tiempo mirando aquella libreta. Contesté casi de inmediato.
No sé si necesitaba realmente hablar con ella o simplemente escuchar una voz que no fuera la mía, pero la normalidad de oírla preguntar si Daniel ya estaba viajando me alivió durante unos segundos.
Le dije que sí, que probablemente estaría en tránsito durante buena parte del día y que, si todo salía conforme al itinerario, llegaría a Chicago esa misma tarde.
Maggie guardó silencio antes de preguntarme si de verdad quería verlo.
La pregunta me molestó al principio porque sonaba demasiado cerca de una advertencia, y yo seguía resistiéndome a convertir a Daniel en un peligro solo porque acababa de descubrir una parte terrible de su pasado.
Le recordé que no era un desconocido, que ya había estado conmigo, que ella misma lo había conocido, que había trabajado frente a sus compañeros y que, incluso después de Lily, yo seguía sin creer que fuera alguien capaz de planear hacerme daño.
Maggie aclaró que no estaba hablando de seguridad física.
Quería saber si estaba preparada para escuchar algo que pudiera cambiar de forma irreversible la manera en que lo veía.
No tuve una respuesta inmediata porque, en realidad, esa era la parte que llevaba evitando desde que apareció el nombre de Lily.
Descubrir que Daniel había mentido era una cosa; descubrir que lo que yo había llamado Daniel durante cinco años estaba construido sobre una historia que él había elegido cuidadosamente no contar era otra.
Terminé explicándole lo que había pensado aquella mañana sobre las desapariciones.
Algunas habían tenido causas evidentes y comprobables: el accidente del pie, la cirugía, el coma, la neumonía, China.
Pero otras se sentían distintas cuando las miraba juntas.
Había momentos en que Daniel no desaparecía porque algo le ocurriera, sino porque algo emocionalmente difícil parecía volverlo inaccesible.
Maggie escuchó sin interrumpirme y después recordó una frase que había repetido durante años y que entonces me irritaba:
siempre había algo.
Le dije que muchas de esas cosas habían sido reales.
Ella respondió que nunca había dudado de eso; lo que siempre le había resultado extraño era que cada crisis pareciera producir exactamente el mismo efecto sobre nuestra relación: distancia, espera, una explicación posterior y mi decisión de aceptar que el episodio pertenecía a una categoría separada de todos los demás.
Fue entonces cuando le pregunté, casi con vergüenza por lo simplista que sonaba, si creía que Daniel estaba loco.