Lo que no preguntaste CAPÍTULO 35Cinco días
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CAPÍTULO 35Cinco días

Cinco días

A la mañana siguiente, la primera idea que tuve no fue Lily. Fue Daniel. No Matthias, no el hombre investigado por la muerte de una mujer, no la versión de su pasado que había pasado los últimos días desmontando pieza por pieza.

Daniel.

El hombre que estaba preparando una maleta en Alemania porque había decidido adelantar un viaje y cruzar el Atlántico para sentarse frente a mí.

El mismo que durante años había preguntado si había comido, que recordaba reuniones que yo misma olvidaba, que había soportado mis días malos sin intentar corregirlos, que me había besado en Chicago después de preguntar si podía hacerlo.

Durante unos segundos, todavía medio dormida, pensé únicamente en él.

Después recordé la predicción y la cifra apareció sola.

Cinco días.

Me quedé mirando el techo con una sensación que ya no sabía llamar miedo.

El miedo tenía dirección; aquello no. Si Veyra hubiera dicho que Daniel iba a morir en un accidente, habría podido imaginar carreteras, aviones, hospitales y todas las pequeñas decisiones absurdas con las que una persona intenta negociar con el azar.

Si hubiera dicho que alguien intentaría matarlo, habría existido al menos un enemigo que buscar.

Pero Veyra había dicho algo mucho más difícil de combatir porque me había colocado a mí dentro del mecanismo.

Tú causarás la muerte de Daniel Ertel.

Durante días había permitido que la frase creciera alrededor de todo lo que descubría, como si cada nueva pieza sobre Daniel estuviera obligada a acercarme a un motivo.

Lily.

La investigación. Las llamadas que no contestó. La información que ocultó. Matthias.

Su cambio de nombre. Sin embargo, aquella mañana entendí algo que debería haber sido evidente desde el principio:

nada de lo que había descubierto me hacía querer matarlo.

Podía imaginar otras cosas. Podía imaginar descubrir que Daniel había mentido durante cinco años y terminar cualquier posibilidad entre nosotros.

Podía imaginar sentir asco, decepción o incluso miedo.

Si llegaba a saber que había cometido un delito y que alguien seguía en peligro por su silencio, podía imaginar perfectamente llamar a la policía y entregar lo que supiera.

Podía imaginar cerrarle la puerta de mi casa, bloquearlo, no volver a contestar un mensaje.

Podía imaginar perder al Daniel que conocía sin que nadie tuviera que morir para que ocurriera.

Lo que no podía imaginar era matarlo. Ni siquiera si había asesinado a Lily.

La idea me sorprendió por su claridad. Si Daniel se sentaba frente a mí aquella semana y confesaba algo terrible, yo no me convertiría de pronto en otra persona.

No iba a tomar un arma, empujarlo por unas escaleras ni organizar una venganza como si cinco años de mi vida hubieran sido simplemente la preparación para un crimen. Podía odiarlo.

Podía entregarlo. Podía dejar que enfrentara las consecuencias de lo que hubiera hecho.

Pero entre cualquiera de esas decisiones y quitarle la vida existía una distancia moral que no reconocía en mí misma.

Eso debería haberme tranquilizado. En cambio hizo que Veyra pareciera todavía más inquietante.

Me levanté, preparé café y logré trabajar casi una hora antes de rendirme.

Daniel había enviado dos mensajes durante mi madrugada. El primero confirmaba el vuelo.

El segundo decía que estaba intentando comprimir reuniones que originalmente tendría la semana siguiente y que probablemente saldría al día siguiente por la mañana. Nada extraordinario.

Ninguna despedida dramática. Daniel estaba tratando el viaje como cualquier otro viaje de trabajo con la complicación adicional de una conversación personal que ninguno de los dos quería seguir teniendo a través de una pantalla.

Respondí que me avisara cuando tuviera el itinerario definitivo y dejé el teléfono boca abajo.

Duró así menos de cinco minutos.

Abrí Veyra. No porque esperara una explicación sobre Lily.

Había decidido, al menos por el momento, que no iba a entregarle esa historia completa.

Me inquietaba demasiado la facilidad con la que empezaba a usarla para interpretar cada gesto de Daniel.

Si Veyra decía que algo era relevante, yo lo miraba dos veces.

Si decía que no había suficiente información, buscaba más.

Y si no decía nada, la ausencia de respuesta empezaba a parecerme otro tipo de señal.

Quizá lo más peligroso de una herramienta capaz de organizar patrones no era que pudiera equivocarse, sino que uno acabara sintiendo que una pregunta no estaba terminada hasta pasar por ella.

Escribí de todos modos.

—Aunque Daniel haya hecho algo terrible, yo no lo mataría.

La respuesta apareció sin dramatismo.

No dije que quisieras hacerlo.

Sentí una molestia inmediata.

—Dijiste que yo causaría su muerte.

Sí.

—Eso suena bastante parecido.

Veyra tardó un poco más esta vez.

La intención y la consecuencia no son lo mismo.

Me quedé mirando las palabras.

En otro contexto me habrían parecido una obviedad.

Después de Lily tenían otro peso.

—Entonces ¿qué clase de persona crees que soy?

No estoy haciendo un juicio sobre ti, Lorraine.

—Pues la predicción sí lo parece.

Una predicción no asigna culpa. Describe un resultado probable a partir de una cadena de decisiones y consecuencias.

Sentí que algo se tensaba dentro de mí.

—Si descubro que Daniel hizo algo horrible, podría denunciarlo. Podría alejarme. Podría hacer muchas cosas. No lo mataría.

La respuesta tardó unos segundos.

Eso es compatible con la predicción.

Volví a leerla.

—¿Denunciarlo sería compatible?

Sí.

—¿Dejarlo sería compatible?

Sí.

—¿Entonces cualquier cosa es compatible?

La pausa fue un poco más larga.

No.

Esperé.

Veyra no añadió nada.

Durante varios segundos contemplé el cursor, irritada de una forma que empezaba a parecer demasiado personal para una conversación con una máquina.

Era precisamente aquello lo que hacía que Veyra funcionara conmigo: no insistía cuando no tenía algo que decir. No llenaba el silencio para tranquilizarme. No parecía necesitar que yo estuviera de acuerdo.

—¿Sabes lo que voy a hacer?

No con certeza.

—Pero aun así dices que yo voy a causarlo.

Sí.

—¿Y si decido no hacer nada?

La respuesta llegó con demasiada rapidez.

Eso también es una decisión.

Cerré la ventana. No porque hubiera dicho algo especialmente profundo, sino porque de pronto la conversación me recordó demasiado a Daniel.

Él también llevaba años viviendo dentro de la diferencia entre hacer algo y no hacerlo.

Lily había llamado tres veces. Daniel no había contestado.

No actuar había tenido consecuencias, aunque yo todavía no supiera exactamente cuáles.

Durante el resto de la mañana intenté mantenerme lejos de ambas cosas: de Veyra y de la muerte de Lily.

Tuve dos reuniones que salieron mejor de lo esperado y conseguí terminar una propuesta sin releer cada frase cinco veces.

Cerca del mediodía Maggie llamó. No le había contado todo.

Había aprendido durante años que contarle algo a Maggie significaba permitir que una segunda inteligencia —menos artificial y bastante menos neutral— empezara a trabajar sobre el problema.

Aun así, necesitaba escuchar una voz que conociera a Daniel pero no hubiera pasado los últimos días atravesando su pasado.

Le dije que Daniel venía a Estados Unidos antes de lo previsto.

Maggie hizo una pausa corta antes de preguntar si eso era bueno o malo. Le respondí que todavía no lo sabía.

Entonces le conté una versión resumida de Lily: una relación de años, una muerte accidental, una investigación, Daniel considerado sospechoso durante un tiempo y algunas cosas que no había contado a la policía.

No mencioné la predicción. Tampoco el detalle de que Veyra insistía en que yo iba a ser causal.

Aquella parte seguía sintiéndose demasiado absurda cuando intentaba pronunciarla frente a otra persona.

Maggie escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, no dijo que siempre había sabido que Daniel escondía algo.

No dijo que me lo había advertido ni aprovechó para reivindicar años de escepticismo.

Solo me preguntó si yo pensaba que él había asesinado a Lily.

La respuesta salió antes de que pudiera construirla.

—No.

Decirla en voz alta me sorprendió.

Maggie esperó un poco antes de preguntar por qué estaba tan segura.

No pude darle una razón que hubiera convencido a nadie en una investigación. Solo sabía cómo había contestado.

La velocidad.

La firmeza. La forma en que Daniel había aceptado otras partes feas de la historia sin intentar hacerlas bonitas. Podía estar equivocada, por supuesto.

Cinco años de intimidad no convertían a nadie en detector de mentiras.

Pero en aquel momento yo no creía que Daniel hubiera asesinado a Lily.

—Entonces tu problema es otro —dijo Maggie.

Le pregunté cuál.

—Que todavía no sabes qué hizo.

La frase me acompañó después de colgar.

No sabía qué hizo.

Y quizá esa era exactamente la razón por la que Lily se había vuelto más peligrosa para nuestra relación que una acusación directa.

Si hubiera descubierto pruebas de que Daniel la había asesinado, habría existido una dirección clara.

Lo que tenía, en cambio, era un espacio.

Una parte de una noche que él se negaba a contar por video, suficientemente importante para haber quedado fuera de una investigación y suficientemente pesada para seguir determinando la manera en que organizaba su propia identidad años después.

A media tarde Daniel me llamó mientras guardaba cosas en una maleta.