CAPÍTULO 34Seis días #2
Dijo que entró en pánico. Acababa de verla muerta y ya se sentía responsable de no haber ido. Sabía cómo sonarían las llamadas después de una discusión y, durante unas horas, hizo exactamente lo peor que podía hacer una persona inocente que teme parecer culpable:
escondió algo. La policía lo descubrió de todos modos. Los registros aparecieron. Las llamadas también.
Y entonces la historia dejó de ser únicamente una tragedia de pareja y se convirtió en una investigación sobre Daniel.
Escucharlo me produjo una mezcla incómoda de sospecha y comprensión.
Ocultar información después de una muerte era grave; también podía imaginar el impulso irracional de alguien convencido de que una decisión moralmente horrible iba a ser interpretada como una acción criminal.
Le pregunté si esa era la razón por la que todos habían pensado que había asesinado a Lily.
Daniel dijo que contribuyó, pero no fue la única.
Habían discutido, él estaba presente al principio de la noche, fue una de las últimas personas conocidas que la había visto con vida y después ocultó las llamadas.
Visto desde afuera, reconoció, parecía terrible.
—¿Y la policía terminó demostrando que fue un accidente?
Daniel se tomó unos segundos antes de responder que esa había sido la conclusión oficial.
La formulación volvió a molestarme.
Se lo dije. Daniel pareció cansarse, no de mí exactamente, sino de una pregunta que llevaba años intentando formularse él mismo.
Me recordó que la investigación había terminado, que no hubo cargos y que la muerte fue clasificada como accidental.
Yo le recordé algo mucho más reciente: esa misma tarde había admitido que la policía nunca conoció toda la historia.
Daniel guardó silencio. Las tres llamadas no podían ser aquello a lo que se refería porque la policía las había descubierto. El mensaje tampoco.
Todo eso estaba dentro del expediente, incluso si Daniel había intentado ocultarlo inicialmente.
Por tanto, seguía existiendo otra cosa. Le pregunté qué era.
No respondió.
Ya no hacía falta que intentara leer su expresión.
Su silencio era suficiente.
—Eso es lo que no quieres contarme —dije.
Daniel asintió muy despacio.
Lo primero que sentí fue enojo.
No porque esperara que una conversación pudiera borrar cinco años de omisiones en una noche, sino porque empezaba a reconocer la estructura.
Habíamos llegado a la puerta verdadera y él acababa de detenerse delante de ella.
Le dije que ya no podía volver a hacerlo.
No después de contarme que había sido investigado por la muerte de una mujer, no después de admitir que había ocultado información y mucho menos después de aceptar que todavía existía una parte que la policía nunca había conocido. Daniel no discutió conmigo.
Dijo que lo sabía.
Después añadió algo que cambió la conversación.
—Por eso voy a ir.
Tardé unos segundos en entenderlo.
Daniel tenía previsto viajar a Estados Unidos la semana siguiente por trabajo.
Chicago ya estaba dentro de sus planes, aunque todavía no habíamos hablado demasiado del viaje porque faltaban días y nuestras conversaciones habían estado ocupadas por otras cosas.
Ahora podía adelantarlo. Había revisado vuelos después de nuestra llamada de la tarde y creía que podía reorganizar reuniones y salir en un par de días.
Le pregunté si pretendía cruzar el Atlántico solamente para contarme algo que podía decir por video.
Daniel negó.
No era solamente por la conversación.
El viaje de trabajo existía y simplemente lo movería.
Pero sí, estaba adelantándolo por mí.
—No tienes que hacerlo —dije.
Daniel me miró con una calma que me resultó más difícil de soportar que cualquier dramatismo.
—Esta vez creo que sí.
No supe qué contestar.
Durante cinco años había deseado varias veces poder atravesar la distancia física que convertía cualquier problema entre nosotros en algo que podía cerrarse con una pantalla.
Ahora Daniel estaba ofreciéndose a hacerlo y mi primera reacción no fue alivio.
Fue miedo. No miedo de que me hiciera daño. Todavía no. Era algo más difícil de nombrar: la sensación de que, una vez que estuviera frente a mí, ya no habría manera de mantener todas las posibilidades abiertas. Una pantalla permitía suspender preguntas.
Una persona sentada al otro lado de una mesa obligaba a mirar lo que quedaba después de cada respuesta.
Daniel me explicó que necesitaba al menos un día para reorganizar trabajo y encontrar un vuelo razonable.
Después vendría el viaje en sí: Múnich, probablemente una conexión, Chicago, inmigración, horarios alterados y prácticamente un día completo perdido entre aeropuertos.
Si conseguía mover todo, saldría pasado mañana y llegaría a Estados Unidos aproximadamente dos días después de aquella conversación. Hice la cuenta sin querer.
Cuatro días. Cuando Daniel llegara a Chicago, si los vuelos no cambiaban y Veyra seguía siendo correcta, le quedarían alrededor de cuatro días de vida. La coincidencia me produjo un escalofrío tan visible que Daniel preguntó qué ocurría.
Le dije que nada, que solamente estaba cansada.
No me gustó mentirle, aunque técnicamente tampoco era mentira.
Llevaba días cansada. Lo que no dije fue que una inteligencia artificial había convertido su viaje en una trayectoria hacia una fecha que él desconocía.
Antes de terminar la llamada volví a preguntarle si aquello que todavía se negaba a contar podía cambiar la manera en que yo entendía su responsabilidad en la muerte de Lily. Daniel pensó antes de responder.
Dijo que sí, pero inmediatamente añadió que no significaba que la hubiera matado.
Esa precisión volvió a inquietarme porque parecía dividir la culpa en categorías que solo él conocía.
—Entonces, ¿de qué eres culpable?
Daniel tardó demasiado.
—Eso es lo que quiero explicarte cuando esté ahí.
Esta vez no insistí.
No porque la respuesta me pareciera suficiente, sino porque por primera vez existía algo concreto después del después.
No un “algún día”, no una promesa indefinida, no otra explicación pendiente durante meses.
Un vuelo.
Una llegada.
Una conversación frente a frente. Cuando colgamos era casi medianoche. Permanecí un rato largo en el sofá, mirando mi propio reflejo oscuro en la pantalla del teléfono.
Daniel no estaba huyendo.
No había desaparecido como otras veces ni había reaccionado con enojo ante mis preguntas.
Estaba haciendo exactamente lo contrario: reorganizando un viaje internacional para venir hacia mí y terminar una historia que había pasado cinco años evitando.
Todo eso debería haberme tranquilizado. Y, durante algunos minutos, lo hizo.
Después pensé en Lily. Pensé en una discusión, tres llamadas ignoradas y un mensaje que pedía ayuda.
Pensé en una investigación que había encontrado una mentira por omisión y aun así no había encontrado todas.
Pensé en Matthias desapareciendo unos meses después y en Daniel regresando a un mundo donde nadie nuevo tenía por qué conocer aquella historia. A la mañana siguiente encontré un mensaje enviado mientras dormía.
Conseguí el vuelo. Múnich a Chicago. Una conexión. Día largo.
Debajo había otro.
Te mando los detalles más tarde.
Leí ambos varias veces.
No abrí Veyra. No necesitaba hacerlo para saber cuánto tiempo quedaba.
Daniel acababa de comprar un boleto para viajar desde Alemania hacia Estados Unidos.
Todavía tenía que organizar trabajo, cruzar un océano, perder prácticamente un día entero entre aeropuertos y llegar a una ciudad donde ya habíamos demostrado una vez que podía existir fuera de una pantalla.
Después vendría a verme.
Y cuando lo hiciera, quedarían cuatro días. Por primera vez desde que Veyra había hecho la predicción, el futuro dejó de parecer una fecha inmóvil esperando al final de una cuenta regresiva. Ahora tenía un itinerario.