CAPÍTULO 34Seis días
Seis días
La llamada de Daniel llegó esa misma noche, tal como había prometido, pero para entonces yo había descubierto que esperar una explicación podía ser casi tan agotador como vivir sin ella.
Durante horas hice todo lo que una persona hace cuando quiere convencerse de que todavía tiene una vida normal: terminé una presentación que no debía haberme tomado más de cuarenta minutos, preparé algo de cenar aunque apenas lo probé, recogí una taza que llevaba desde la mañana junto al sofá y dejé encendida la televisión únicamente para llenar la casa de voces que no tuvieran nada que ver conmigo. Nada funcionó.
Cada actividad terminaba devolviéndome al mismo punto, como si la tarde entera hubiera sido construida alrededor de una mujer que hasta esa mañana no sabía que existía.
Lily.
Cuatro años con Daniel. Una muerte ocurrida delante de él.
Una investigación. Información que la policía nunca recibió completa. Después, la desaparición de Matthias.
Después, Daniel.
Después, yo. Y por debajo de todo aquello continuaba latiendo la cifra que ya no necesitaba consultar en ningún sitio:
seis días.
Daniel llamó poco después de las nueve. Esta vez estaba en su departamento y no en aquella sala de juntas que había convertido nuestra conversación anterior en algo todavía más extraño.
Reconocí fragmentos del espacio aunque nunca hubiera visto el departamento entero: la pared clara detrás del sofá, una lámpara baja, parte de la cocina y una ventana donde la noche alemana devolvía poco más que un reflejo oscuro.
Llevaba una camiseta gris y tenía el cabello húmedo, como si se hubiera duchado antes de sentarse a hablar conmigo.
Parecía cansado, pero no en la forma teatral de alguien que quisiera demostrar sufrimiento.
Era un cansancio viejo, contenido, que yo quizá habría interpretado de otra manera si no acabara de enterarme de que existía una época completa de su vida a la que nunca me había permitido entrar.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Habíamos hablado miles de horas a lo largo de cinco años y, sin embargo, aquella noche parecía que necesitábamos aprender de nuevo cómo empezar. Daniel fue quien lo hizo.
Me dijo que yo había tenido razón esa tarde: cinco años eran demasiado tiempo para no haberme contado lo de Lily.
No intentó justificarlo inmediatamente y quizá por eso me costó más mantener el enojo que había preparado.
Explicó que durante mucho tiempo se había convencido de que aquello pertenecía a una vida anterior, no porque Lily hubiera dejado de importarle, sino precisamente porque seguía importándole demasiado.
Yo pregunté si se refería a Matthias y Daniel asintió sin vacilar.
Aquello me produjo una sensación incómoda.
Apenas unos días antes Matthias había sido, según él, un segundo nombre, una preferencia de su madre, una forma antigua de distinguirlo de otro Daniel dentro de ciertos proyectos.
Ahora hablaba de Matthias como si estuviera hablando de alguien que había vivido en una casa de la que él ya se había mudado.
Le pregunté si después de la muerte de Lily había decidido convertirse en Daniel.
Él negó despacio.
No había sido algo tan limpio ni tan consciente, dijo.
Ambos nombres siempre habían sido suyos y nunca había tenido que inventar ninguno, pero después de lo ocurrido no soportaba entrar a una habitación y ver en la cara de las personas el mismo relato antes de que alguien pronunciara una palabra.
Para aquella gente, Matthias era el hombre cuya novia había muerto.
Para algunos era además el hombre que quizá la había matado.
Daniel podía afirmar que el cambio de nombre no había sido una huida y, al mismo tiempo, admitir que necesitaba una manera de entrar a lugares nuevos sin que aquella noche llegara antes que él.
Lo escuché sin interrumpir. Había algo profundamente humano en esa explicación y eso la hacía más peligrosa.
Si Daniel hubiera comenzado a decir cosas absurdas, si hubiera intentado culpar a Lily o presentarse como víctima perfecta de una injusticia, habría resultado más fácil desconfiar.
En cambio hablaba como el hombre que yo conocía: medido, consciente de sus propias contradicciones, capaz de admitir una decisión mala sin convertirla inmediatamente en una confesión monstruosa.
Cuando finalmente le pregunté qué había ocurrido aquella noche, respiró lentamente y empezó bastante antes de la muerte.
La relación con Lily llevaba meses deteriorándose.
No de una forma espectacular, sino mediante esa clase de desgaste que desde afuera resulta invisible porque todavía hay cenas, fotografías y amigos en común.
Habían vivido juntos durante un tiempo, aunque cuando Lily murió ya no compartían departamento.
Ella se había ido algunos meses antes, inicialmente como algo temporal, y ambos habían evitado llamar separación a lo que cada vez se parecía más a una. Seguían viéndose.
Seguían apareciendo juntos en reuniones. Seguían discutiendo sobre si todavía existía algo que arreglar. Daniel dijo que el problema no era solamente la relación.
Por aquellos meses él también quería salir de un círculo de amistades, hábitos y trabajo que se había vuelto demasiado mezclado.
Todo el mundo sabía demasiado de todos. Parejas, amigos, compañeros y conocidos llevaban años entrando y saliendo de las mismas habitaciones, compartiendo secretos, discusiones y lealtades.
Daniel quería cortar con una parte de aquello.
—¿Con Lily también? —pregunté.
Dijo que sí, aunque tardó antes de admitirlo.
Había decidido que no podía seguir de la misma manera y Lily sabía que algo estaba cambiando, pero no hasta qué punto.
La noche de su muerte llegó al departamento de Daniel sin avisar porque quería una respuesta que él llevaba semanas posponiendo.
Hablaron.
Después discutieron. Daniel fue cuidadoso al decir que nunca hubo violencia física, que no la tocó y que jamás la amenazó.
No tuve que preguntarle por qué aclaraba aquello.
Él mismo explicó que esos detalles se habían vuelto importantes después, cuando otros empezaron a reconstruir la noche.
La discusión fue peor de lo que esperaba.
Lily quería saber si todavía estaban intentando salvar la relación y Daniel, por primera vez, dejó de responder con ambigüedades. Le dijo que no podía seguir.
Ella interpretó aquello no solo como el final de ellos, sino como el abandono de una vida completa que habían construido alrededor de las mismas personas.
Daniel admitió que probablemente lo era.
Había tomado una decisión antes de que Lily llegara; ella simplemente consiguió que finalmente la pronunciara.
Cuando Lily salió del departamento, Daniel no la siguió.
Aquella parte no necesitó dramatización.
Bastó con escucharlo decirla. Me explicó que estaba enojado, agotado y convencido de que cualquier intento de seguir hablando terminaría exactamente en el mismo sitio.
Habían tenido discusiones parecidas antes.
Alguno se alejaba, después aparecía una llamada y uno de los dos cedía. Esa noche Daniel decidió que no lo haría. Lily lo llamó.
Tres veces. Mientras lo decía, Daniel dejó de mirar directamente a la cámara. No dramatizó el número y quizá por eso tres me pareció mucho más grande que si hubiera intentado convertirlo en una confesión. Le pregunté si había contestado y negó.
Después de las llamadas llegó un mensaje.
Lily le pidió que fuera por ella.
—¿Dónde estaba? —pregunté.
Daniel dijo que no muy lejos.
No quiso precisar todavía el lugar y yo estaba a punto de exigirlo cuando entendí que había otra pregunta más importante.
Quise saber si él sabía que estaba en peligro. Levantó la mirada de inmediato y respondió que no.
En ese momento creyó que Lily estaba haciendo lo que ya había hecho antes: obligarlo a elegir entre sostener la decisión que acababa de tomar o ir tras ella y volver al mismo círculo.
Daniel sabía que la palabra manipulación podía sonar cruel después de una muerte, pero admitió que entonces eso fue exactamente lo que pensó.
No fue. Horas después supo que Lily había estado en peligro.
La frase me produjo un silencio distinto.
Hasta entonces había escuchado la historia buscando aquello que Daniel podía estar escondiendo; por unos instantes dejé de hacerlo y pensé simplemente en una persona recibiendo tres llamadas que decide no contestar porque cree que mañana habrá otra oportunidad.
No hacía falta que él hubiera cometido un crimen para entender por qué podía llevar años viviendo dentro de esa decisión.
Una llamada que no respondes porque estás enojado puede convertirse después en algo que tu memoria reproduce con una claridad mucho más cruel de la que tuvo cuando ocurrió. Le pregunté qué sucedió después.
Daniel dijo que encontró a Lily, pero no quiso contar todavía cómo.
Lo único que afirmó fue que cuando llegó ya era demasiado tarde.
Había otras personas, emergencias, policía.
El resto se había movido con una rapidez que él todavía recordaba como fragmentos inconexos.
En algún momento comenzaron las preguntas.
Qué había pasado entre ellos. Por qué Lily había ido a verlo.
Cuándo se había marchado. Qué había hecho Daniel después.
Fue ahí donde cometió el primer error que convertiría la muerte en algo más complicado.
No contó las llamadas. Lo miré durante varios segundos antes de preguntarle si había entendido bien.
Daniel confirmó que, cuando habló inicialmente con la policía, omitió que Lily había intentado contactarlo tres veces y también el mensaje en el que le pedía que fuera por ella.
No pretendió convertir aquello en una decisión razonable.