CAPÍTULO 33Siete días #2
Empieza a usar Daniel. Tres días más tarde me conoce. No abrí un navegador. No busqué a Lily. No intenté encontrar noticias alemanas ni obituarios ni fotografías adicionales. Hubo un momento en que casi escribí su nombre completo y me detuve antes de preguntarle a Gina el apellido.
No quería construir una versión de la muerte de alguien a partir de pedazos encontrados en internet antes de darle a Daniel la oportunidad de contarme qué había ocurrido.
A las doce y cuarenta y siete llegó su mensaje.
¿Comemos?
Me quedé mirándolo. Daniel llevaba años preguntándome si había comido como si mi incapacidad para respetar horarios fuera una enfermedad crónica que él hubiera aceptado vigilar a distancia.
Era una de esas cosas pequeñas que no significaban mucho hasta que imaginaba dejar de recibirlas.
Durante un segundo sentí una culpa absurda por estar a punto de introducir a una mujer muerta dentro de una conversación que había comenzado con almuerzo.
Escribí:
¿Quién era Lily?
No hubo respuesta inmediata. Cinco minutos. Después ocho.
Finalmente apareció:
¿Dónde escuchaste ese nombre?
No preguntó quién. No preguntó qué Lily. Sabía exactamente de quién estaba hablando.
—Gina encontró unas fotos viejas —escribí.
Los puntos aparecieron casi de inmediato.
Entiendo.
Esperé.
Nada más.
—Nunca me hablaste de ella.
La respuesta tardó.
No.
Sentí algo parecido a enojo, pero todavía no suficiente para saber contra qué iba dirigido.
—¿Por qué?
Esta vez no respondió por escrito.
El teléfono empezó a sonar antes de que pudiera escribir nada más.
Era Daniel. Contemplé su nombre durante varios segundos y por un momento pensé en dejar que la llamada terminara sola, no porque no quisiera hablar con él, sino porque entendí que en cuanto contestara Lily dejaría de ser una fotografía y se convertiría en una parte real de nuestra historia.
Finalmente acepté. Daniel apareció sentado en una sala pequeña de su oficina que reconocí vagamente de otras videollamadas.
La luz blanca le endurecía un poco las facciones y, detrás de la pared de cristal, podían verse siluetas cruzando de un extremo al otro del pasillo.
Había cerrado la puerta. Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Él no parecía sorprendido y tampoco exactamente asustado.
Había algo más difícil de leer en su cara, una especie de cansancio anticipado, como si hubiera sabido durante años que alguna conversación parecida terminaría llegando y lo único incierto hubiera sido cuándo.
Lo primero que dijo fue que Gina no debería haberme enviado aquellas fotografías.
Reaccioné inmediatamente, recordándole que Gina solo había mandado imágenes viejas y que ni siquiera sabía que una de ellas iba a significar algo para mí.
Daniel bajó la mirada y corrigió la frase casi enseguida. Tenía razón.
No era culpa de Gina. Ese pequeño gesto me perturbó más de lo que habría hecho una reacción defensiva porque seguía reconociendo al hombre al que conocía: alguien capaz de detenerse en mitad de su propio enojo y admitir que estaba siendo injusto.
Le pregunté entonces quién había sido Lily y se tomó varios segundos antes de decir que había sido su novia.
Cuando añadí que Gina había dicho que estuvieron juntos durante años, Daniel confirmó que habían sido casi cuatro.
Cuatro años. La cifra le dio a Lily una dimensión distinta.
Ya no era una exnovia perdida en una juventud sobre la que nunca habíamos hablado demasiado, sino una persona que había ocupado una parte sustancial de su vida, una mujer que había conocido a Matthias mucho antes de que yo conociera a Daniel.
Le pregunté si Lily había muerto justo antes de que él desapareciera del trabajo y respondió que sí.
Quise saber si esa era la razón por la que se había ido y contestó que solo en parte.
La palabra me irritó de inmediato.
Parte.
Últimamente todo parecía vivir dentro de esa medida.
Una parte de Matthias. Una parte de la ausencia.
Una parte de las razones. Daniel nunca parecía ofrecer algo completamente falso, pero empezaba a preguntarme cuántas veces había aceptado una fracción porque sonaba suficientemente parecida a una respuesta.
Cuando le pedí que me explicara qué más estaba ocurriendo, miró hacia la pared de cristal y dijo que no quería hablar de aquello sentado en medio de la oficina.
Le respondí que podía salir, y él pronunció mi nombre con ese tono que usaba cuando intentaba pedirme paciencia sin pedírmela directamente.
No se la di. Después de cinco años, me parecía absurdo que una mujer que había compartido cuatro con él pudiera aparecer de pronto entre nosotros y aun así tuviera que esperar a que existiera el momento perfecto para preguntar por ella. Le pregunté cómo había muerto.
Daniel permaneció quieto durante un instante antes de responder que había sido un accidente.
Era exactamente la frase que Gina había utilizado, y quizá por eso sonó menos como una explicación que como una fórmula aprendida. Le pregunté qué tipo de accidente había sido.
No respondió.
Quise saber si él estaba con ella y dijo que sí.
Entonces afiné la pregunta, porque de pronto necesitaba entender la distancia exacta entre ambos acontecimientos: si había estado con Lily cuando murió. Otra pausa.
Sí.
La respuesta me dejó inmóvil.
Pregunté si la había visto morir y Daniel cerró los ojos apenas un segundo antes de contestar otra vez que sí.
Hasta ese momento yo había imaginado muchas versiones sin querer admitirlo.
Daniel llegando después.
Daniel recibiendo una llamada. Daniel enterándose en un hospital.
Daniel perdiendo a una mujer y desapareciendo después porque no sabía qué hacer con el dolor.
La posibilidad de que hubiera presenciado su muerte cambiaba el peso de todo.
Le pregunté qué había ocurrido y Daniel respondió que no iba a explicarlo ahí.
Le recordé que no estaba pidiendo detalles morbosos, sino intentando entender por qué una mujer con la que había vivido una relación de cuatro años había muerto frente a él y jamás había sido mencionada durante cinco años de nuestra vida.
Daniel sostuvo mi mirada y dijo que me lo contaría, pero que quería hacerlo bien.
Aquello me dolió de una forma que no esperaba porque implicaba que, en algún punto, él había considerado la posibilidad de contármelo.
Simplemente nunca había llegado ese momento.
—Nunca intentaste hacerlo —le dije.
Daniel no respondió inmediatamente.
No podía discutirlo.
Durante cinco años habíamos tenido cientos de oportunidades.
Había noches en las que hablamos hasta quedarnos sin temas importantes y terminar discutiendo tonterías sobre fútbol americano, películas o la gente insoportable con la que alguno había trabajado.
Había estado conmigo durante mis peores semanas y yo durante algunas de las suyas.
Había desaparecido, regresado, pedido otra oportunidad y aun entonces Lily no había existido.
Lo observé a través de la pantalla y pensé que quizá lo que realmente me dolía no era que hubiera ocultado una relación anterior, sino descubrir que la frontera entre Matthias y Daniel había sido mucho más deliberada de lo que yo había querido creer.
Volví a preguntarle qué ocurrió aquella noche.
Daniel guardó silencio.
Dije su nombre y esperé.
La expresión de su rostro cambió apenas, como si finalmente hubiera comprendido que ya no podía responder alrededor de la pregunta.
Entonces dijo algo que durante un momento no conseguí procesar.
—Todos pensaron que yo la había matado.
No entendí inmediatamente, aunque cada palabra era sencilla.
Mi mente intentó transformarla en otra cosa antes de permitirme escucharla correctamente.
Le pedí que repitiera y Daniel lo hizo sin apartar la mirada.
Después de la muerte de Lily, dijo, mucha gente pensó que él la había asesinado.
La pregunta salió sola.
—¿La asesinaste?
—No.
No hubo pausa.
No hubo búsqueda de palabras, respiración profunda ni esa mirada lateral que había aparecido en otras partes de la conversación.
Daniel dijo que no con una firmeza tan inmediata que durante un segundo sentí alivio antes incluso de decidir si tenía derecho a sentirlo.
Lo volvió a repetir y añadió que jamás había querido hacer algo para lastimarla físicamente.
Lo miré intentando encontrar alguna fisura y odié darme cuenta de que seguía reconociéndolo.
Aquella negativa sonaba como él. Quizá eso no significaba nada.
Quizá después de cinco años yo era precisamente la última persona capaz de distinguir una verdad suya de una mentira.
Aun así, le creí. Y creerle hizo que la siguiente pregunta fuera peor.
Si Daniel no había asesinado a Lily, ¿por qué alguien había pensado que sí?
Me explicó que él estaba allí y que ellos habían discutido poco antes de que ocurriera el accidente.
Cuando pregunté por qué habían discutido, dijo que eso no cambiaba lo que sucedió después.
Le respondí que no podía saberlo hasta conocer ambas cosas y vi cómo su mandíbula se tensaba.
No parecía enfadado conmigo; parecía luchar contra la misma conversación. Le pregunté si la policía lo había investigado.
Daniel tardó más en contestar esa vez.
Sí.
Durante algún tiempo había sido considerado sospechoso. Después no hubo caso contra él. La frase debió tranquilizarme.
No lo hizo.
Pregunté si la policía había comprobado que la muerte no había sido intencional y Daniel respondió que habían concluido que había sido un accidente.
La elección de palabras me hizo detenerme.
—No te pregunté qué concluyeron.
Daniel se quedó quieto.
Le expliqué que quería saber si habían podido establecer lo que realmente pasó, no qué versión había terminado escrita en un informe.
La diferencia era pequeña en apariencia, pero después de los últimos días las pequeñas diferencias habían empezado a parecerme enormes. Daniel dijo otra vez que había sido un accidente.