CAPÍTULO 33Siete días
Siete días
Siete días. La cifra estaba ahí antes de que terminara de abrir los ojos, como si hubiera pasado la noche esperándome detrás de los párpados.
No necesité buscar el calendario ni repetir la fecha que Veyra había marcado.
Una semana. Por primera vez desde la predicción, el tiempo dejó de sentirse abstracto.
Una semana era algo que podía imaginar completo: siete mañanas, siete noches, reuniones que ya estaban agendadas, mensajes que Daniel todavía no había enviado, llamadas que aún no existían.
Había cosas en mi calendario que ocurrirían después de su muerte y eso me produjo una incomodidad difícil de explicar, como si el simple hecho de haber aceptado una videollamada para el jueves siguiente fuera una forma ridícula de desafiar a Veyra.
Daniel, en cambio, seguía atravesando esos días con absoluta normalidad.
La noche anterior me había deseado buenas noches como siempre.
Esa mañana todavía no había escrito. Yo miré el teléfono varias veces, esperando el habitual Buenos días, Cenicienta, mientras intentaba convencerme de que contar los días no significaba creer en ellos.
Lo que sí creía era lo que había descubierto la víspera.
Gina había conocido a Daniel como Matthias.
No de manera ocasional ni porque su madre usara su segundo nombre cuando estaba molesta, ni porque en un proyecto hubiera otro Daniel y alguien hubiera decidido simplificar las cosas.
Durante años, para muchas personas, él había sido Matthias.
Después había desaparecido del trabajo durante unos meses, había regresado y, casi de inmediato, había comenzado a presentarse como Daniel.
Tres días después de aquella fotografía de bienvenida, yo había escuchado su voz por primera vez dentro del juego.
La secuencia seguía molestándome porque parecía demasiado exacta para ser irrelevante y demasiado incompleta para significar algo por sí sola.
No abrí Veyra. En los últimos días había desarrollado un impulso que empezaba a reconocer incluso antes de obedecerlo: ocurría algo, yo lo sentía todavía crudo, sin forma, y quería entregárselo inmediatamente a Veyra para que lo organizara.
Ella no siempre me daba respuestas; a veces solo devolvía una pregunta mejor.
Pero precisamente por eso se había vuelto peligrosa de una manera que no tenía nada que ver con malicia.
Era demasiado fácil pensar después de haber hablado con ella.
Demasiado fácil confundir claridad con verdad.
Esa mañana decidí que, al menos durante unas horas, iba a dejar que las cosas permanecieran desordenadas.
Trabajé hasta media mañana. Dos campañas, una llamada con Chicago y una presentación que requería más concentración de la que estaba dispuesta a darle. Cerca de las once, Gina me escribió.
Habíamos hablado la noche anterior de fotografías antiguas y yo ya casi había olvidado que había prometido buscar algunas.
Su primer mensaje decía que había encontrado “evidencia suficiente para destruir la reputación estética de Matthias para siempre”, seguido de tres imágenes.
La primera mostraba un grupo de empleados frente a un edificio.
Daniel tendría poco más de treinta años y llevaba una chamarra que consiguió hacerme sonreír a pesar de todo.
En la segunda había una cena de trabajo.
Reconocí a dos personas que había visto años después en Chicago, más jóvenes y con peor pelo.
La tercera era diferente, aunque al principio no supe explicar por qué.
Daniel estaba sentado en el borde de una mesa, ligeramente inclinado hacia una mujer de cabello claro que tenía una mano apoyada sobre su hombro.
Había más gente alrededor. No era una fotografía íntima.
No se besaban, no estaban abrazados, no había nada que obligara a interpretar aquella cercanía como romántica.
Sin embargo, existía una familiaridad entre ambos que se reconocía antes de entenderse: la comodidad de dos personas que ya sabían cómo ocupar el espacio del otro.
Le respondí a Gina que Daniel tenía exactamente la misma expresión cuando alguien lo obligaba a posar para una foto y ella contestó que algunas cosas sobrevivían incluso al cambio de nombre.
Estuve a punto de dejarlo ahí.
La fotografía no era asunto mío.
Daniel había tenido una vida completa antes de mí y yo no necesitaba convertir cada rostro de ese pasado en una pregunta.
Aun así, volví a ampliar la imagen.
—¿Quién es ella? —escribí.
Gina tardó más de lo habitual.
—Lily.
Esperé algún comentario adicional.
No llegó.
Pregunté si trabajaba con ellos y Gina respondió que no exactamente, aunque iba bastante a la oficina porque conocía a varias personas.
La explicación seguía siendo perfectamente normal.
Aun así, no cerré la conversación.
—¿Era amiga de Daniel?
Los puntos aparecieron y desaparecieron.
—Era su novia.
No sé por qué esa respuesta produjo un pequeño golpe dentro de mí.
Celos no eran.
La idea habría sido absurda. Daniel tenía treinta y tantos años cuando lo conocí; naturalmente había amado a otras personas. Yo también tenía una vida anterior a él. Durante cinco años habíamos hablado del pasado cuando aparecía, pero ninguno había exigido un inventario sentimental completo.
Que existiera una exnovia llamada Lily no significaba absolutamente nada.
Miré otra vez la fotografía y, en ese momento, habría cerrado el teléfono si Gina no hubiera enviado un segundo mensaje.
—Estuvieron juntos bastante tiempo.
—¿Cuánto?
—Años.
Años.
La palabra cambió ligeramente la imagen.
No porque volviera sospechoso algo que no lo era, sino porque convertía a Lily en alguien demasiado importante para no haber aparecido nunca.
Cinco años hablando con Daniel y yo no recordaba una sola mención.
Ni una anécdota vaga. Ni una referencia accidental.
Ni una historia que después hubiera entendido que hablaba de ella.
Escribí que no sabía que Daniel hubiera tenido una relación tan larga antes de conocerme.
La respuesta de Gina tardó.
—Pensé que sí.
Leí la frase dos veces.
—Nunca me habló de ella.
Otra pausa.
—Entonces quizá no debería ser yo quien lo haga.
Sentí esa pequeña tensión que aparece cuando alguien que normalmente habla con naturalidad empieza a elegir demasiado bien cada palabra.
Gina nunca había sido especialmente misteriosa.
Durante el coma de Daniel había dicho “no sé” cuando no sabía. Durante la neumonía había contado lo que podía confirmar y había evitado inventar lo demás. Cuando le pregunté por Matthias, había distinguido claramente entre recuerdos y suposiciones.
Que ahora se retirara no significaba necesariamente que hubiera algo oscuro.
Pero sí significaba que había algo importante.
—¿Terminaron antes de que él se ausentara del trabajo? —pregunté.
La respuesta no llegó inmediatamente. Un minuto. Después otro.
Finalmente:
—No sé cómo contestar eso sin meterme donde no me toca.
Se me enfrió el estómago.
—Solo pregunto si seguían juntos.
Gina tardó otra vez.
—Lorraine, Lily murió.
La palabra entró antes que el significado.
Durante unos segundos seguí mirando la fotografía como si hubiera entendido mal.
Lily continuaba ahí, con la mano sobre el hombro de Daniel, riéndose de algo que había ocurrido fuera del cuadro.
Había una copa sobre la mesa, alguien detrás levantaba dos dedos sobre la cabeza de otra persona y Daniel parecía estar a punto de protestar por la fotografía.
Era una imagen llena de esa banalidad específica que solo existe cuando nadie dentro de ella sabe lo que ocurrirá después.
—¿Cuándo?
Gina respondió con un mes.
El mismo periodo.
No exactamente el día en que Daniel dejó de aparecer en la oficina, pero poco antes. Sentí la necesidad inmediata de ordenar los hechos y la combatí. Lily había muerto.
Daniel había dejado de trabajar. Eso podía significar únicamente que un hombre había perdido a su pareja y se había derrumbado.
No había nada extraño en ello.
Nada que justificara el ritmo repentino de mi corazón.
—¿Fue por eso que se fue?
—En parte, supongo.
—¿Supongo?
—Yo no estaba tan cerca de él entonces como después.
Me obligué a respirar más despacio.
—¿Qué le pasó a Lily?
Esta vez Gina tardó tanto que pensé que no respondería.
—Fue un accidente.
Nada más.
Esperé.
—¿Qué tipo de accidente?
—Eso deberías preguntárselo a Daniel.
Miré la fotografía una vez más y algo en aquella respuesta me hizo sentir frío.
—¿Tú no sabes?
—Sé lo que nos dijeron.
—¿Y qué les dijeron?
—Que había sido un accidente.
La repetición fue peor que la primera respuesta.
—Gina.
—No estaba ahí, Lorraine.
—No estoy diciendo que estuvieras.
—Lo sé. Pero no quiero contarte cosas que escuché hace años como si fueran hechos.
Era razonable.
Precisamente por eso resultaba inquietante.
Gina no estaba dramatizando ni tratando de insinuar algo.
Estaba colocando un límite porque sabía que existían partes que no podía asegurar.
—¿Daniel estaba ahí?
Los puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.
—Sí.
Dejé el teléfono sobre el escritorio.
La casa estaba en silencio.
Afuera, detrás de la ventana, el día era gris y perfectamente común.
Un auto pasó por la calle. Algún vecino cerró una puerta.
Durante un momento tuve la absurda sensación de que todo aquello estaba ocurriendo demasiado despacio para la cantidad de ruido que había aparecido dentro de mi cabeza.
Daniel había estado ahí cuando Lily murió.
Eso tampoco significaba nada por sí mismo.
Podía haber presenciado un accidente. Podía haber estado con ella minutos antes.
Podía haber llamado a emergencias. Podía haber sido la persona que recibió la llamada.
Existían cien versiones inocentes y mi mente fue capaz de producirlas todas con una rapidez casi ofensiva. Lo que no podía dejar de ver era la cronología. Lily muere.
Matthias desaparece.
Meses después regresa.