CAPÍTULO 32Ocho días #2
¿Por qué se me habría ocurrido? A mí tampoco me habría gustado que alguien exigiera contexto completo de cada semana anterior a conocerme.
Y, sin embargo, la proximidad temporal producía una sensación difícil de ignorar.
Cuando Daniel llamó esa noche, apareció en su casa, con el cabello húmedo y una camiseta oscura.
Nada en él parecía diferente.
Podía ver al hombre de la fotografía dentro del rostro actual si lo buscaba: la misma estructura, la misma manera de levantar una ceja cuando algo le parecía divertido, la misma inclinación leve de la cabeza cuando esperaba una respuesta.
Durante varios minutos hablamos de cualquier cosa.
Yo dejé que la conversación avanzara con normalidad, esperando que apareciera un momento en el que pudiera introducir la fotografía sin convertirla en interrogatorio. No apareció.
Tuve que crearlo.
Le dije que Gina me había mandado una foto vieja.
Daniel hizo una mueca divertida.
—Eso suena peligroso.
—Había una torta.
Su cara cambió apenas. No fue miedo. No fue sobresalto. Solo una pausa tan pequeña que probablemente no habría notado una semana antes.
—Dios. ¿Esa?
—Supongo.
—Por favor, dime que no llevaba puesta esa camisa horrible.
Sonreí.
—Estabas peor.
Daniel se rió. Yo también. Y durante unos segundos todo volvió a ser fácil.
Entonces dije:
—Decía “Bienvenido de vuelta, Matthias”.
La sonrisa permaneció, aunque un poco menos.
—Te lo dije. La gente lo usaba.
—Sí.
Esperé.
Él no añadió nada.
—¿De dónde estabas regresando?
Daniel tardó apenas un instante.
—¿Qué quieres decir?
La pregunta podía ser completamente inocente.
Tal vez había tenido varios regresos.
Tal vez no recordaba la fotografía. Tal vez solo quería saber qué parte de la historia yo conocía. Aun así, la sensación fue inmediata. No sonó como alguien buscando un recuerdo. Sonó como alguien midiendo una pregunta. Me odié por pensarlo.
Le expliqué que Gina había dicho que había estado fuera un par de meses.
Daniel desvió la mirada un momento y después volvió a mí.
—Sí. Me tomé un tiempo.
—¿Por qué?
—Asuntos familiares. Cosas personales. No estaba bien.
La respuesta llegó limpia, sin resistencia.
Era exactamente la clase de explicación que esperaba.
Y precisamente por eso no sentí alivio.
—Nunca me contaste eso.
Daniel me miró con una expresión casi confundida.
—Fue antes de ti.
Tenía razón.
Eso fue lo peor.
—Ya sé.
—Entonces, ¿por qué lo haría?
La pregunta no era hostil.
Era lógica.
Yo tampoco le había narrado a Daniel cada crisis, relación, decisión o periodo difícil anterior a conocerlo. No existía ninguna obligación de entregar una biografía completa antes de poder querer a alguien. Me quedé en silencio.
Daniel esperó.
Entonces pregunté:
—¿Fue ahí cuando empezaste a usar Daniel?
Esta vez sí hubo una pausa.
Breve.
Pero real.
—Más o menos por entonces.
Sentí que algo se acomodaba demasiado bien.
—Pensé que había sido por aquel proyecto con el otro Daniel.
Daniel bajó la mirada un instante, como si intentara recordar exactamente cómo me lo había explicado.
—Eso formó parte de ello.
Parte.
Otra palabra pequeña.
Otra historia que podía ampliarse sin contradecir completamente la anterior.
No dije nada durante unos segundos.
Daniel fue quien rompió el silencio.
—Lorraine, ¿qué estamos haciendo?
La pregunta me hizo retroceder emocionalmente de golpe.
Desde su perspectiva, todo aquello debía de ser absurdo.
Gina me había enseñado una fotografía antigua y yo estaba interrogándolo sobre el uso de un segundo nombre años antes de conocerme.
Daniel no sabía nada de Veyra. No sabía que yo despertaba contando días.
No sabía que cada explicación nueva estaba cayendo sobre una historia que yo acababa de pasar dos noches tratando de mirar completa. Pensé en decírselo.
Por primera vez, estuve cerca. Podía decir: una IA predijo que vas a morir dentro de ocho días y que yo voy a causarlo. Podía observar su reacción.
Podía terminar con aquella desigualdad insoportable entre lo que yo sabía y lo que él no sabía.
No lo hice.
—Nada —dije—. Solo me dio curiosidad.
Daniel siguió mirándome durante un momento.
Después asintió.
No insistió. Y otra vez, esa manera suya de dejarme espacio estuvo a punto de convertirse automáticamente en una prueba a su favor.
Tuve que detenerme. La conversación siguió durante unos minutos más.
No volvimos a hablar de Matthias. Cuando colgamos, me quedé frente a la pantalla apagada pensando en una sola frase.
Más o menos por entonces.
No había negado el cambio. No había discutido que hubiera ocurrido después de aquella ausencia. Simplemente había ampliado otra vez la explicación. No mentía necesariamente.
Eso seguía siendo importante. Pero empezaba a comprender algo que me producía una inquietud distinta:
una persona podía contar la verdad muchas veces y aun así impedirte ver la historia completa.
Más tarde abrí Veyra. No porque necesitara que encontrara algo.
Porque necesitaba decir en voz alta —o lo más parecido a eso— lo que yo ya había visto sola.
Le expliqué únicamente lo esencial: antes de conocerme, durante una época, casi todo el mundo llamaba Matthias a Daniel.
Después desapareció del trabajo durante unos meses.
Cuando regresó empezó a presentarse como Daniel. Tres días después, nos conocimos.
Veyra tardó antes de responder.
¿Daniel te dio una explicación?
—Sí. Problemas familiares. Necesitaba alejarse. Dice que el proyecto con el otro Daniel también influyó en el nombre.
¿Puede ser verdad?
Miré la pregunta.
—Sí.
Entonces todavía puede serlo. Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Eso era lo que necesitaba que Veyra siguiera haciendo. No empujar. No concluir por mí.
—Pero hay algo que no puedo dejar de pensar.
¿Qué?
Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos.
La respuesta había estado conmigo desde que comparé las fechas.
—Conocí a Daniel tres días después de que la gente que lo conocía como Matthias empezara a conocerlo como Daniel.
Veyra tardó mucho más esta vez.
Cuando respondió, la frase fue breve.
Eso sí cambia la historia.
No dije nada.
Miré otra vez la fotografía. Bienvenido de vuelta, Matthias.
Había pasado años creyendo que la noche del juego marcaba el comienzo de algo entre Daniel y yo.
Una coincidencia, una frase, una conversación que se había extendido mucho más de lo que cualquiera de los dos pudo imaginar.
Ahora había una posibilidad distinta. No que Daniel me hubiera buscado.
No tenía ninguna prueba de eso. No que yo hubiera formado parte de un plan.
Eso sería absurdo. La posibilidad era mucho más sencilla y, por alguna razón, mucho más inquietante.
Tal vez yo no había conocido a Daniel en un momento cualquiera de su vida.
Tal vez lo había conocido justo cuando él estaba decidiendo quién quería ser después de algo que nunca me contó.
Apagué la computadora y permanecí un rato a oscuras.
Ocho días. Por primera vez, la cuenta regresiva no me hizo pensar en una muerte.
Me hizo pensar en un nacimiento. Y en la posibilidad de que Daniel Ertel, tal como yo lo conocía, hubiera comenzado solo tres días antes que nosotros.