CAPÍTULO 32Ocho días
Ocho días
La cifra estaba ahí antes que cualquier otra cosa.
Ocho días. No tuve que calcularla ni comprobarla.
Mi cabeza había aprendido la cuenta regresiva con una eficacia que me resultaba inquietante, y eso comenzaba a ser peor que el miedo inicial.
La primera noche la predicción había parecido una intrusión.
Ahora formaba parte del paisaje. Despertaba y sabía cuánto tiempo quedaba antes de saber si Veyra estaba equivocada.
No abrí la aplicación. Me había prometido no hacerlo demasiado pronto.
Necesitaba comprobar que aún podía pensar sin convertir cada duda en una consulta.
Durante meses, Veyra había sido el lugar donde iba cuando quería ordenar algo.
No era una autoridad; era una superficie limpia donde podía extender una idea y verla mejor.
Desde la predicción, sin embargo, aquella comodidad se había contaminado.
Cada pregunta podía modificar la manera en que miraba a Daniel, y empezaba a preocuparme que el verdadero peligro no fuera que Veyra supiera demasiado, sino que yo empezara a actuar como si supiera el futuro.
Trabajé casi dos horas antes de recibir un mensaje de Gina.
Esperaba que fuera algo relacionado con la taza de la conversación anterior.
En cambio, había enviado una fotografía vieja acompañada por una frase ligera.
Encontré esto por tu culpa. Mira qué joven estaba tu hombre.
Abrí la imagen. Era una fotografía de oficina, claramente antigua.
Nueve o diez personas apretadas alrededor de una mesa demasiado pequeña.
Algunos estaban de pie detrás, otros inclinados hacia la cámara con esa expresión cansada y satisfecha de quien acaba de terminar algo que llevaba semanas consumiéndole la vida.
Reconocí a Gina enseguida, más joven y con el cabello corto.
Daniel estaba casi al fondo, más delgado, sin barba, riéndose de algo que ocurría fuera de cuadro.
No fue su cara lo que me hizo ampliar la fotografía. Fue la torta. En el glaseado, con letras irregulares, podía leerse:
BIENVENIDO DE VUELTA, MATTHIAS.
Bienvenido de vuelta, Matthias. Me quedé mirando la imagen durante varios segundos.
No era raro que dijera Matthias. Después de lo que Gina me había contado, tenía sentido.
Durante una época, buena parte de la gente que trabajaba con él lo había conocido así.
Lo que cambió el peso de la fotografía fueron las otras dos palabras.
Bienvenido de vuelta.
Le escribí casi sin pensarlo.
—¿De dónde estaba regresando?
Gina tardó unos minutos.
—De una ausencia larga. No me acuerdo si fueron dos o tres meses.
Sentí cómo algo dentro de mí prestaba atención.
No miedo todavía.
Atención.
—¿Por trabajo?
La respuesta tardó un poco más.
—No. Fue algo personal.
Algo personal.
La expresión cayó en un lugar demasiado conocido.
No porque Daniel hubiera usado exactamente esas palabras conmigo en aquel tiempo, sino porque pertenecían a una categoría que yo llevaba años aceptando: cosas familiares, problemas, épocas complicadas, asuntos que prefería no desarrollar.
Explicaciones suficientemente amplias para ser verdaderas y suficientemente vagas para no tener bordes.
Pregunté cuándo había sido tomada la fotografía.
Gina respondió con el mes y el año.
Tuve que leerlo dos veces.
Era el mismo mes en que había conocido a Daniel. No aproximadamente.
El mismo. Dejé el teléfono sobre el escritorio y me quedé mirando la ventana.
Por un instante, el recuerdo de nuestra primera conversación apareció con una nitidez absurda: mi personaje avanzando por el mapa en la dirección equivocada, otro jugador siguiéndome durante demasiado tiempo y después aquella frase.
Vas por el camino equivocado.
Entonces deja de seguirme.
Durante cinco años había pensado en ese momento como un principio. Nunca como algo que hubiera ocurrido inmediatamente después de otra cosa. Volví al teléfono. Le pregunté a Gina si recordaba aproximadamente qué día había regresado.
Dijo que no estaba segura, pero que la foto debía de ser de sus primeros días de vuelta.
Después escribió algo más, casi como si acabara de recordar una anécdota secundaria.
—Fue cuando empezó lo de Daniel, ahora que lo pienso.
Sentí que el cuerpo se me tensaba antes de que mi cabeza terminara de procesarlo.
—¿Qué significa “lo de Daniel”?
La respuesta llegó pronto.
—Que empezó a presentarse como Daniel otra vez. Antes casi todos usábamos Matthias. Cuando volvió, con la gente nueva empezó a usar Daniel. A los que ya lo conocíamos nos daba igual y algunos seguimos diciéndole Matthias por costumbre.
Me quedé inmóvil.
No había nada ilegal, imposible ni extraordinario en aquello.
Daniel era Daniel. Su nombre estaba en documentos, itinerarios y registros. No había adoptado un alias ajeno. Había elegido uno de sus propios nombres. Pero lo había elegido entonces.
Justo entonces. Durante años, Matthias. Una ausencia. Un regreso.
Daniel.
Y, pocos días después, yo. La secuencia era demasiado limpia para no mirarla.
No significaba que hubiera causalidad. Podía haber regresado de una crisis familiar, cambiar de área y decidir que quería volver a utilizar su primer nombre.
Las personas hacen cosas así todo el tiempo después de periodos difíciles.
Se mudan. Se cortan el cabello. Dejan trabajos.
Recuperan nombres que habían abandonado.
Cambian de ciudad y usan la oportunidad para ser otra versión de sí mismas sin que eso implique nada oscuro. Lo que me inquietaba no era el cambio.
Era no haber sabido que había existido.
Le pregunté a Gina si Daniel alguna vez le había explicado por qué.
—No realmente. Yo pensé que quería empezar de cero después de estar fuera.
Me quedé mirando esas palabras.
Empezar de cero.
—¿Él te dijo eso?
—No. Yo lo asumí.
La precisión me devolvió algo de equilibrio.
Gina no estaba confirmando una historia secreta.
Estaba interpretando. Exactamente igual que yo había interpretado durante años. Aun así, pregunté qué había pasado durante esos meses.
Gina respondió que nunca supo demasiado. Solo recordaba que fue algo personal, que durante un tiempo pensaron que quizá no volvería y que, cuando finalmente apareció, estaba diferente.
La palabra me golpeó con demasiada facilidad.
Diferente.
No quise preguntarlo, porque sabía lo peligroso que era pedirle a una persona que definiera un recuerdo viejo con una palabra tan flexible.
Diferente podía significar más delgado, más callado, más cansado, más feliz, más serio.
Podía significar simplemente que Gina lo estaba viendo ahora a través de todos los años que habían pasado desde entonces.
Pero terminé preguntándolo.
Gina tardó bastante.
—Más reservado, supongo. Más tranquilo. No sé. Hace muchos años. Solo recuerdo que cuando volvió parecía que quería dejar atrás algo.
Dejé el teléfono.
No necesitaba más.
No porque tuviera una respuesta, sino porque seguir preguntando empezaba a sentirse como forzar una forma sobre algo que todavía no la tenía.
Me senté y miré otra vez la fotografía.
Matthias sonriendo detrás de una torta. Bienvenido de vuelta. Algo personal. Más reservado.
Daniel.
El mismo mes. Era una secuencia. Nada más. No una prueba.
No una teoría.
Una secuencia. Y por primera vez desde que Veyra había hecho la predicción, me pareció que una pieza del pasado había cambiado de significado sin que nadie tuviera que reinterpretarla por mí. Yo misma podía verla.
No abrí Veyra.
Abrí el juego. Hacía años que no entraba.
Tardé más de lo que esperaba en recuperar acceso y la interfaz había cambiado lo suficiente como para hacerme sentir que estaba regresando a un lugar físico abandonado.
No buscaba conversaciones completas ni perfiles viejos.
Solo quería una fecha. Encontré nuestro primer contacto.
Jueves.
Después revisé la fotografía de Gina.
Lunes.
Tres días. La fiesta de bienvenida de Matthias había sido un lunes.
Daniel y yo nos habíamos conocido el jueves.
Sentí que el estómago se me cerraba. La coincidencia podía seguir siendo inocente.
La foto podía haberse tomado días después de su regreso.
El archivo podía haber sido reenviado. Gina podía recordar mal.
Todo eso seguía siendo posible.
Así que pregunté una sola cosa más.
—¿La foto fue el día que volvió?
La respuesta llegó unos minutos después.
—Creo que el segundo o tercer día. El lunes seguro ya estaba ahí.
Tres días.
Me quedé mirando el teléfono sin saber qué quería encontrar exactamente.
Tal vez esperaba que apareciera otra explicación por sí sola. No llegó.
La cronología era demasiado sencilla. Durante meses había estado fuera.
Regresó al trabajo.
Empezó a presentarse como Daniel. Tres días después me encontró. El teléfono vibró mientras seguía pensando.
Daniel.
¿Ocupado?
Miré el mensaje durante un buen rato antes de contestar.
Un poco.
Él respondió casi de inmediato.
¿Hablamos después?
Le dije que sí. El resto de la tarde se volvió extraño. No porque ocurriera nada, sino porque todo lo ordinario parecía estar sucediendo alrededor de una idea que yo no conseguía apartar.
Trabajé.
Respondí correos.
Comí algo sin hambre. Miré dos veces la fotografía de Gina y me obligué a cerrarla.
No quería convertirme en una detective revisando la vida de Daniel hasta encontrar algo que justificara lo que Veyra había dicho.
Pero tampoco podía dejar de pensar en aquella primera noche del juego.
Durante años, Daniel había contado nuestro encuentro como una casualidad divertida.
Yo también. Dos personas que terminan en el mismo servidor, una siguiendo a la otra, una frase que después se convierte en broma privada.
Nunca se me había ocurrido preguntarle qué estaba ocurriendo en su vida tres días antes.