CAPÍTULO 31Nueve días #2
Sentí cómo se me tensaba la espalda. Miré la conversación con Gina, aunque no había razón para hacerlo. Por supuesto que se lo había contado. Para ella aquella charla no tenía peso. Trabajaban juntos.
Eran cercanos.
Era una anécdota. Respondí que dos preguntas no constituían un interrogatorio.
Para ti, eso prácticamente cuenta como una orden judicial.
Sonreí a pesar de mí misma.
Después escribió:
¿Qué quieres saber, Cenicienta?
Me quedé mirando la pantalla.
Ahí estaba la puerta abierta.
Podía preguntarle todo. Podía decirle que Gina lo había conocido como Matthias, que casi todos lo llamaban así, que no había sido solamente una solución temporal para distinguirlo de otra persona. Daniel me daría una respuesta.
Quizá me diría que así había empezado a presentarse profesionalmente durante una época, que después cambió de área, que nunca lo consideró importante.
Podía imaginar varias respuestas antes de escucharlas y todas eran suficientemente razonables. Eso era exactamente lo que me detuvo. Por primera vez no quería una explicación inmediata. Escribí que nada, que simplemente me había dado curiosidad.
Daniel respondió:
Pasatiempo peligroso.
Y después:
Puedes preguntarme lo que sea.
La frase me produjo una tristeza inesperada. Durante años había pensado que esa disponibilidad era una de las mejores cosas de Daniel. Podía preguntar.
Podía enojarme. Podía decirle que algo no me convencía. Tal vez él necesitaba tiempo, quizá la respuesta no siempre era satisfactoria, pero nunca había construido una prohibición alrededor de sí mismo.
Puedes preguntarme lo que sea.
El problema era que ahora empezaba a comprender que poder preguntar cualquier cosa no servía demasiado cuando no sabías qué pregunta existía. No contesté inmediatamente.
Aquella tarde salí de casa. Necesitaba distancia física de las pantallas y de la sensación de que cada respuesta importante podía encontrarse en algún lugar si seguía mirando suficiente tiempo.
Hice compras que podía haber dejado para otro día, conduje sin música y pasé más tiempo del necesario dentro de una tienda.
El nombre me acompañó de todos modos.
Matthias.
Daniel.
Dos nombres para el mismo hombre.
Nada excepcional. Pero mientras conducía de regreso recordé la historia que él me había contado cuando vi el itinerario. Su madre había querido Matthias.
Su padre, Daniel. Una diferencia familiar casi tierna que convertía el segundo nombre en un detalle íntimo y perfectamente inocente.
Yo había aceptado esa versión con facilidad porque no había ninguna razón para hacer otra cosa.
Ahora sabía que durante una etapa de su vida Matthias no había sido solamente un segundo nombre.
Había sido la manera en que el mundo lo llamaba.
La diferencia era pequeña, pero no conseguía decidir por qué Daniel había sentido la necesidad de hacerla aún más pequeña.
Al llegar a casa no abrí Veyra. Preparé algo de comer, terminé trabajo pendiente y dejé que la noche avanzara.
Quería comprobar si era capaz de conservar una duda sin convertirla inmediatamente en una consulta.
Durante meses Veyra había sido el lugar donde iba cuando necesitaba ordenar una idea, pero aquella vez necesitaba demostrarme que podía pensar antes de preguntarle.
Cerca de las once, Daniel volvió a escribir.
Una fotografía de su escritorio y una frase:
Sigo vivo. Apenas.
Sentí un pequeño golpe en el pecho. La broma habría pasado inadvertida tres días antes. Ahora tenía una fecha detrás.
Nueve días. Contesté algo ligero y dejé el teléfono a un lado. Durante varios minutos pensé en la frase de Gina:
Cuando cambió de área empezó a presentarse más como Daniel.
No dejaron de llamarlo Matthias. Él empezó a presentarse como Daniel.
La diferencia lingüística podía no significar nada.
Una persona puede preferir un nombre en una etapa y otro después.
Puede cansarse de un apodo. Puede volver al primero.
Puede hacerlo por trabajo, por familia, por comodidad o simplemente porque sí.
Todo eso era cierto. Pero había una pregunta que, por alguna razón, no conseguía apartar.
¿Cuándo había ocurrido exactamente ese cambio?
Y por qué. La pregunta era mía. Eso importaba.
Solo entonces abrí Veyra. No necesitaba contarle cada detalle. Le dije que había descubierto que Matthias no había sido únicamente un segundo nombre utilizado durante un proyecto, sino el nombre por el que muchas personas del trabajo habían conocido a Daniel durante años.
Veyra preguntó si él me había contado algo diferente.
Me quedé pensando antes de responder.
—No exactamente. Me contó una versión más pequeña.
La frase permaneció frente a mí y comprendí que esa era la forma correcta de describirlo.
No una mentira.
No todavía. Una versión más pequeña de una verdad mayor. Veyra preguntó si eso cambiaba algo para mí.
Miré el reloj.
Nueve días.
—Sí —escribí—. Porque ayer pensé que el problema era que las explicaciones siempre llegaban después. Hoy entendí que a veces también llegan reducidas.
Veyra tardó.
Cuando respondió, no me ofreció una teoría sobre Daniel ni intentó convertir Matthias en una identidad secreta.
Entonces todavía no busques qué ocultó. Pregúntate qué ganaba haciendo esa parte más pequeña.
Me quedé mirando la frase durante mucho tiempo. Aquella era una pregunta distinta.
Más peligrosa. Porque no exigía que Daniel hubiera mentido.
Solo exigía que hubiera elegido una versión.
Cerré la computadora. Esa noche no había descubierto una segunda vida, una esposa, un nombre falso ni la razón por la que Veyra aseguraba que Daniel moriría.
Había encontrado algo mucho menos espectacular y, por eso mismo, más difícil de descartar: una diferencia pequeña entre lo que Daniel me había contado y la forma en que otra persona recordaba la misma parte de su vida.
Durante cinco años yo había esperado que, si alguna vez existía algo importante, llegaría como una gran contradicción. Una prueba.
Una mentira imposible de sostener. Quizá por eso nunca había considerado otra posibilidad. Que algunas cosas no se ocultaban negándolas. Bastaba con contarlas más pequeñas.