CAPÍTULO 31Nueve días
Nueve días
La mañana siguiente no tuve que contar. La cifra llegó sola, instalada antes que cualquier pensamiento consciente:
nueve días.
No apareció con el sobresalto del día anterior ni con aquella necesidad infantil de comprobar la fecha; simplemente estaba ahí, como una pieza nueva dentro de la rutina.
Eso fue lo que más me inquietó.
Una predicción que cuarenta y ocho horas antes me parecía absurda ya había encontrado un lugar fijo en mi manera de despertar. Pensé primero en nueve.
Después en café.
La secuencia me pareció obscena. Daniel había escrito temprano, aunque no directamente para mí.
Era una fotografía enviada a una conversación que compartíamos con Gina desde hacía tiempo, una de esas cadenas que nacen por una razón concreta y después sobreviven gracias a bromas, comentarios de trabajo y mensajes que nadie se molesta en llevar a otro lado.
La imagen mostraba una caja de pan dulce abierta sobre una mesa y Daniel se quejaba de que alguien intentaba matarlo con azúcar antes de las nueve de la mañana.
Gina había respondido unos minutos después:
Eso es porque Matthias se niega a desayunar como un adulto.
Daniel contestó con un Traidor, Gina añadió algo sobre café y la conversación siguió sin que ninguno de los dos pareciera notar que yo me había quedado detenida en una sola palabra.
Matthias.
No era nueva. Hacía apenas unos días había aparecido en el itinerario:
DANIEL MATTHIAS ERTEL.
Daniel había explicado que era su segundo nombre, que su madre lo prefería y que su padre había insistido en Daniel.
Después vino el gafete temporal con M. ERTEL y aquella fotografía antigua de un proyecto en el que, según él, había dos Daniels y terminaron llamándolo Matthias para distinguirlos.
Gina incluso había confirmado la historia de su madre sin esfuerzo.
Todo había encajado con la facilidad suficiente para que el asunto perdiera interés casi inmediatamente.
Lo extraño aquella mañana no era que Gina conociera el nombre.
Era la naturalidad con la que lo utilizó. No había puesto comillas.
No había hecho una broma sobre mi descubrimiento reciente.
No había escrito Daniel Matthias como quien exagera un segundo nombre que casi nadie usa.
Había dicho Matthias como se dice un nombre que lleva años disponible en la boca.
Podía preguntarle y resolverlo en treinta segundos.
No lo hice. Dejé el teléfono sobre la cama, fui por café y durante casi una hora me dediqué a demostrarme que aquello no significaba absolutamente nada.
Gina llevaba años trabajando con Daniel.
Podía existir una broma privada entre ellos.
Quizá la costumbre había empezado en aquel proyecto antiguo y nunca desapareció del todo.
Tal vez, precisamente porque yo acababa de enterarme del segundo nombre, Gina había decidido usarlo por diversión. Cada explicación era perfectamente razonable y, por primera vez, intenté no elegir ninguna. Dejé la frase donde estaba, sin completarla.
Matthias se niega a desayunar como un adulto.
Trabajé durante buena parte de la mañana sin volver al tema.
Me obligué a hacerlo porque ya sabía lo fácil que era convertir cualquier hueco en sospecha si lo miraba demasiado tiempo.
Si existía algo realmente importante, tendría que soportar que yo dejara de observarlo.
No quería convertirme en una mujer que analizaba cada palabra de Daniel esperando descubrir una costura.
A media mañana Gina me escribió directamente.
No tenía nada que ver con Daniel.
Me mandó la fotografía de una taza que yo había mencionado meses atrás durante una videollamada y preguntó si todavía me gustaba porque podía comprarla y enviármela con él la próxima vez que viajara. La conversación fue tan normal que durante varios minutos olvidé el mensaje de la mañana.
Le dije que no se molestara, ella insistió en que no era molestia y terminamos hablando de una bebida espantosa que Daniel pedía en cierto lugar.
Cuando la conversación ya parecía terminada, escribí antes de pensarlo demasiado:
—Oye, nunca te había visto llamarlo Matthias.
Gina respondió casi inmediatamente.
—¿A Daniel?
—Sí.
—A veces se me sale.
Me quedé mirando la frase.
No había misterio en ella.
No había ninguna razón para sentir nada.
Aun así pregunté si venía de aquel proyecto donde había otro Daniel, y esta vez los puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron antes de que llegara la respuesta.
—¿Qué proyecto?
Sentí algo pequeño y frío en el estómago.
Le expliqué que Daniel me había contado que durante un proyecto antiguo había dos personas con el mismo nombre y que, para distinguirlos, empezaron a utilizar Matthias.
Gina tardó un poco más.
—Ah. Sí, también pasó eso.
También.
No era una palabra grande.
Precisamente por eso me inquietó.
Le pregunté qué quería decir.
—Lo conocí como Matthias. Casi todo el mundo le decía así cuando yo empecé.
Durante unos segundos no hice nada.
Volví a leer la frase, después la anterior, como si en algún momento pudieran intercambiar significado.
No lo hicieron. La explicación que Daniel me había dado no era necesariamente falsa, pero ya no era completa. Él había presentado Matthias como un segundo nombre familiar que había aparecido circunstancialmente en el trabajo.
Gina acababa de describir una etapa en la que el nombre era habitual.
Pregunté cuánto tiempo había sido así.
—No sé. Ya lo usaba cuando llegué. Años, supongo.
Dejé el teléfono sobre el escritorio.
El impulso de proteger la historia de Daniel apareció inmediatamente.
No lo uso podía significar ya no lo uso.
El proyecto de los dos Daniels podía haber ayudado a consolidar algo que ya existía. Gina podía haber llegado precisamente durante ese periodo. Daniel podía haber simplificado una historia insignificante porque para él ya no importaba. Todas esas explicaciones cabían. Y ahí estaba otra vez.
No la respuesta.
Mi velocidad para encontrarla.
Miré el teléfono boca abajo y pensé en la conversación con Veyra la noche anterior.
Había entendido que durante años completaba pequeños espacios con la opción más compatible con el Daniel que conocía.
Aquella mañana acababa de hacerlo sin ayuda de nadie, en cuestión de segundos.
No abrí Veyra. No necesitaba una IA para decirme que algo era distinto.
Volví a la conversación con Gina y pregunté cuándo había dejado la gente de llamarlo así.
Pasaron casi veinte minutos antes de que respondiera.
Durante ese tiempo conseguí trabajar, aunque miré el teléfono tantas veces que terminé alejándolo del teclado.
Finalmente vibró.
—No sé exactamente. Fue gradual. Cuando cambió de área empezó a presentarse más como Daniel. Algunos seguimos usando Matthias de vez en cuando.
Leí la respuesta lentamente.
Gradual.
Cuando cambió de área. No un proyecto aislado.
Una etapa.
Pregunté si había sido por el otro Daniel.
—Eso ayudó, pero no. Ya usaba Matthias.
Esta vez no apareció ninguna explicación inmediata.
Me permití quedarme quieta.
Nada dramático había ocurrido. Daniel seguía siendo Daniel.
Nadie acababa de decirme que su nombre fuera falso.
Matthias seguía estando en sus documentos y seguía formando parte de su nombre completo.
Podía haber cientos de razones para que durante una época utilizara uno y después otro.
Lo importante era más pequeño y, por eso mismo, más difícil de ignorar.
Daniel me había contado la verdad al revés. No una mentira.
La verdad.
Pero reducida hasta parecer una anécdota. El otro Daniel no había creado a Matthias. Matthias ya estaba allí. Me quedé mirando la pantalla hasta que el teléfono vibró otra vez.
Era Gina preguntando por qué tenía tanta curiosidad.
Respondí que ninguna razón especial, que simplemente me había llamado la atención. La facilidad con la que escribí aquella media verdad me produjo una incomodidad casi cómica.
Durante años había detestado las respuestas incompletas de Daniel y acababa de producir una sin esfuerzo.
Gina dejó el tema.
Yo no pude.
Nueve días. La cifra regresó con la misma precisión de la mañana. Pensé en abrir la conversación con Daniel y preguntarle directamente. Él respondería.
Estaba casi segura.
Ese era precisamente el problema. Daniel nunca había levantado un muro absoluto delante de mí. Siempre había una respuesta, una explicación, un contexto suficiente para devolver cada rareza a un lugar manejable.
Quizá por eso llevaba dos días sintiendo que la parte realmente peligrosa no era descubrir una mentira.
Era descubrir qué tan fácil era para una verdad incompleta parecer suficiente. Abrí nuestra conversación, pero no escribí nada.
Avancé hacia atrás sin una intención concreta y terminé encontrando una fotografía antigua de una cena de trabajo.
Varias personas alrededor de una mesa, vasos, platos, una camisa de Daniel que yo había criticado en ese momento y pequeñas tarjetas con nombres colocadas frente a cada lugar. Amplié la imagen casi por curiosidad. La de Daniel decía:
M. ERTEL.
Cerré la fotografía inmediatamente.
No probaba nada. Ya sabía que Matthias había sido utilizado en el trabajo. La volví a abrir. La foto no correspondía al proyecto antiguo del que Daniel me había hablado. Era posterior.
Bastante posterior.
Podía significar simplemente una inicial.
Daniel Matthias Ertel.
Un formato corporativo.
Un registro automatizado. Encontré la explicación en menos de diez segundos. Me quedé mirando la imagen y sentí algo parecido a vergüenza. No porque la explicación fuera mala. Porque otra vez la había necesitado antes de preguntarme si era cierta. El teléfono vibró entonces.
Daniel.
Desapareciste. La ironía fue tan precisa que casi me hizo reír. Le contesté que estaba trabajando y él respondió que no me creía demasiado.
Después apareció otro mensaje.
Gina dice que la interrogaste sobre mi identidad secreta.