CAPÍTULO 30Diez días #3
Le dije que durante el día había recordado el anillo, Matthias, el segundo teléfono y partes del trabajo de Daniel; que ninguna de esas cosas demostraba nada, pero que había algo común entre ellas.
Yo no sabía que existían hasta que aparecían delante de mí.
Daniel nunca me había negado una explicación. El problema era anterior:
muchas veces yo no sabía qué preguntar.
Cuando terminé, Veyra escribió:
¿Y qué piensas que significa?
La pregunta me sorprendió.
Había esperado una conclusión, quizá una de esas respuestas capaces de comprimir varias horas de pensamiento en una frase limpia.
En cambio, me devolvía la idea.
—Puede no significar nada. Las personas no cuentan toda su vida. Yo tampoco le he contado absolutamente todo a Daniel.
Sí.
—Entonces podría ser normal.
Sí.
Me quedé mirando esa segunda afirmación.
Era extraño cuánto deseaba que Veyra discutiera conmigo y cuánto alivio me daba cuando no lo hacía.
—Pero no siento que sea normal.
La respuesta tardó un poco.
¿Por qué?
Esta vez no contesté enseguida.
Recordé el coche. La persona a la que Daniel esperaba. El espacio que durante años habría rellenado sin pensar y que esa noche había decidido dejar vacío.
Comprendí que no era el dato lo que me inquietaba.
Era descubrir cuánto trabajo silencioso hacía yo para que la historia de Daniel conservara continuidad.
—Porque hoy intenté no completar nada por él.
Veyra tardó.
¿Y qué ocurrió?
—Nada.
La respuesta me hizo sentir ridícula y, al mismo tiempo, era exactamente la verdad.
—No ocurrió nada. Solo me di cuenta de cuánto lo hago.
Me recosté en la silla.
El cansancio había empezado a convertir la habitación en algo demasiado quieto.
—Si Daniel dice que está esperando a alguien, pienso en trabajo.
Si responde distinto, pienso que está cansado.
Si desaparece durante un viaje, pienso en señal.
Si aparece algo que no conocía, acepto la explicación que viene después.
La mayoría probablemente sea correcta. No estoy diciendo que no lo sea.
Pero llevo años rellenando pequeñas partes sin darme cuenta.
Veyra tardó antes de responder.
Eso es confianza.
Casi sonreí.
—Eso mismo pensé.
Y confiar no es un error.
Aquello me desarmó un poco.
No quería que Veyra acusara a Daniel, pero había empezado a esperar que lo hiciera.
Que no lo hiciera me obligaba a seguir siendo responsable de mis propias dudas.
—Entonces ¿qué estoy haciendo aquí?
Intentando averiguar si tu confianza estaba apoyada en suficiente información para la pregunta que ahora necesitas responder.
Leí la frase lentamente.
—¿Qué pregunta?
Veyra no contestó de inmediato.
Si conoces a Daniel lo suficiente para saber qué parte de tu historia con él nunca examinaste.
No me gustó la formulación.
—Eso suena como si supieras que hay algo.
No lo sé.
—Pero hiciste una predicción.
Sí.
—Entonces sabes algo.
Sé que hay un resultado que considero probable. No conozco todavía todas las decisiones que llevan hasta él.
Aquello volvió a colocarme dentro de la predicción de una manera que no me gustó.
Yo.
Mis decisiones.
Diez días. Me froté los ojos y durante unos segundos pensé en cerrar la conversación. Era tarde.
Estaba cansada.
Cada minuto que pasaba allí aumentaba la probabilidad de que al día siguiente todo me pareciera absurdo.
Entonces recordé algo que había pensado en la cocina.
—Creo que ya sé cuál es la diferencia.
Veyra esperó.
—Durante años pensé que confiaba en Daniel porque siempre tenía una explicación. Hoy entendí que quizá empecé a dudar precisamente porque siempre necesitábamos una.
La respuesta no apareció inmediatamente.
No hizo falta.
La frase, una vez escrita, adquirió una gravedad distinta.
No estaba diciendo que Daniel hubiera mentido.
No estaba diciendo que las explicaciones fueran falsas.
Solo estaba admitiendo algo que nunca había formulado con tanta claridad.
Había demasiados momentos en los que necesitaba decidir si creer. Y casi siempre había decidido que sí.
Finalmente Veyra respondió.
Eso puede ser importante.
—¿Es un patrón?
Hubo una pausa.
Puede serlo.
Esperé algo más.
No llegó.
Miré la hora. El día estaba a punto de terminar. En unas horas despertaría y la cifra volvería a reducirse.
Nueve.
Sentí un nudo en el estómago. No quería que la cuenta regresiva siguiera avanzando mientras yo dedicaba cada día a desmontar un hombre que quizá no había hecho nada.
Pero tampoco podía volver a la manera en que lo había conocido hasta entonces.
Porque ahora entendía algo que la noche anterior todavía no.
El misterio no estaba en que Daniel hubiera tenido secretos.
Todo el mundo los tenía. El misterio estaba en la forma en que los suyos aparecían. Uno por uno.
Siempre después. Siempre con una explicación suficiente para que yo pudiera seguir adelante. Cerré Veyra y permanecí un momento frente a la pantalla negra.
Ya no estaba intentando averiguar cómo podía morir Daniel dentro de diez días.
Todavía no. Primero necesitaba responder una pregunta mucho más sencilla y, de repente, mucho más difícil. ¿Cuántas cosas importantes sobre Daniel habría sabido si nunca hubiera ocurrido nada que me obligara a preguntar?