Lo que no preguntaste CAPÍTULO 30Diez días #2
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CAPÍTULO 30Diez días #2

El problema era que yo rara vez sabía que existía una pregunta hasta que algo la hacía visible.

Tomé el café y regresé a la oficina sin abrir Veyra. No quería que me ayudara.

No todavía. Había empezado a desconfiar de mi capacidad para separar lo que realmente pensaba de lo que la conversación de la noche anterior podía haber sembrado en mí. Si llegaba a una conclusión, necesitaba sentir que era mía. Durante la tarde dejé que los recuerdos aparecieran sin perseguirlos.

Algunos no llevaban a ninguna parte.

Otros parecían importantes únicamente porque ahora los observaba desde un lugar distinto.

La inmensa mayoría eran normales, incluso aburridos: Daniel quejándose del trabajo, Daniel viendo un partido, Daniel riéndose porque yo pronunciaba mal una palabra en alemán, Daniel recordando una reunión que yo misma había olvidado, Daniel diciéndome que me fuera a dormir.

Cinco años estaban hechos principalmente de eso.

Y aquella normalidad importaba. Había sido la base de todo.

No había confiado en Daniel porque me hubiera contado una historia perfecta.

Había confiado porque durante miles de horas no había historia alguna. Había rutina.

Presencia.

Atención.

Pequeñas repeticiones imposibles de convertir en una sola escena dramática. Un cumpleaños recordado. Una reunión por la que preguntaba después. Una broma repetida durante años.

Los Packers. El café. Cenicienta.

Abrí nuestra conversación casi por instinto y avancé sin objetivo.

Encontré mensajes que ya no recordaba, bromas cuyo contexto se había perdido, fotografías de comida, capturas de partidos, pequeños buenos días y buenas noches que habían sobrevivido mejor en un servidor que en mi memoria.

Aquello me calmó durante varios minutos porque me recordó algo que la conversación con Veyra había comprimido demasiado: entre una rareza y otra había meses enteros de vida normal.

Después pensé que quizá esa era precisamente la razón por la que cada rareza había pesado tan poco.

Eran excepciones dentro de una enorme cantidad de normalidad. Y las excepciones siempre tenían explicación.

Cerré el teléfono.

No quería continuar.

La predicción estaba contaminándolo todo.

Esa fue mi primera conclusión y durante unos minutos me aferré a ella.

Era la explicación más sencilla y probablemente la correcta.

Veyra había plantado una idea y ahora mi cerebro estaba haciendo lo que hacen los cerebros cuando reciben una hipótesis suficientemente poderosa: buscar confirmaciones. Pero después apareció otra posibilidad.

Quizá la predicción no estaba creando algo nuevo.

Quizá solo había conseguido que dejara de hacer algo que llevaba años haciendo automáticamente.

Separar.

El pie era una cosa.

El coma, otra. China no tenía relación con la neumonía.

La desaparición pertenecía a una categoría completamente distinta.

El anillo no tenía nada que ver con Matthias.

Matthias no tenía nada que ver con el segundo teléfono.

El segundo teléfono no tenía nada que ver con las veces que Daniel parecía diferente cuando viajaba.

Nunca había colocado dos de esas cosas juntas porque, cuando una nueva aparecía, la anterior ya estaba resuelta.

Me levanté del escritorio y caminé por la casa sin destino.

Afuera empezaba a oscurecer. Vi mi reflejo en una ventana y, detrás, los árboles convirtiéndose en sombras. Diez días.

La cifra regresó.

Sentí rabia. No quería empezar a vivir en una cuenta regresiva que Daniel desconocía.

No quería observarlo. No quería escuchar doble sentido en cada frase.

No quería que una inteligencia artificial convirtiera los últimos cinco años de mi vida en un material susceptible de reinterpretación.

Por primera vez pensé seriamente en dejar de usar Veyra. No durante una tarde.

De verdad.

Quitar permisos.

Cerrar acceso. Dejar que la predicción existiera sin alimentarla. Si dentro de diez días Daniel seguía vivo, todo aquello terminaría convertido en una historia absurda sobre una IA que había conseguido asustarme más de lo razonable. Era una decisión sensata.

Quizá la única.

Entonces Daniel llamó.

Contesté casi de inmediato.

Su cara apareció desde el interior de un coche estacionado. Llevaba una chaqueta oscura y tenía el cansancio normal de alguien que acababa de terminar una jornada demasiado larga.

Durante los primeros segundos sentí un alivio tan intenso que me avergonzó.

—Te ves sospechosa —dijo.

Sonreí.

—Qué romántico.

—Es una de mis mejores cualidades.

Su voz era exactamente su voz.

La reconocería entre cien personas, pensé, y no supe por qué esa certeza me produjo una punzada incómoda.

Daniel siguió hablando antes de que pudiera detenerme ahí. Una reunión había terminado tarde, alguien había cambiado una entrega y ahora esperaba a una persona antes de irse. Lo escuché. Eso era todo lo que debía hacer.

Escuchar.

Pero algo había cambiado desde el día anterior. La frase estoy esperando a alguien ya no se cerró sola. Antes habría asumido compañero.

Trabajo.

Gina.

Alguien del proyecto. No porque Daniel me hubiera engañado para hacerlo, sino porque así funcionan las conversaciones.

Nadie pregunta por cada sustantivo. Nadie exige un nombre detrás de cada pronombre.

La confianza consiste en gran parte en permitir que los espacios pequeños sigan siendo pequeños.

Esa noche, sin embargo, decidí no completar nada. Y el vacío permaneció.

¿A quién esperaba? La pregunta apareció sin que yo quisiera formularla.

Después otra: ¿por qué estaba estacionado ahí?

Miré una parte del tablero que entraba en cuadro y me odié inmediatamente por intentar reconocer el coche. Daniel no había hecho absolutamente nada.

El hombre con el que llevaba cinco años hablando estaba sentado en un vehículo, cansado después del trabajo, contándome su día, y yo lo observaba como si esperara que un detalle se moviera en el fondo y revelara una segunda vida.

La vergüenza me devolvió un poco de sentido común.

—¿Estás bien? —preguntó Daniel.

—Sí.

Me observó durante un momento.

—Estás callada.

Le dije que estaba cansada y aceptó la respuesta.

No insistió.

Daniel siempre había sido bueno en eso: preguntar lo suficiente para saber que algo ocurría, pero no convertir una mala cara en una deuda de explicaciones. Y ahí apareció otra vez el mecanismo.

Considerado.

Respetuoso.

Daniel.

Sentí casi físicamente cómo mi mente colocaba el comportamiento dentro de la imagen que ya tenía de él. Me detuve.

Aquello empezó a darme miedo. No porque fuera falso.

Porque era automático.

Seguimos hablando casi veinte minutos. Daniel se quejó de algo, yo me burlé de él, terminó diciéndome que probablemente me iría a dormir demasiado tarde y yo le recordé que no era mi madre. Se rio.

Todo fue normal.

Cuando colgamos me sentí exhausta. No había descubierto nada.

No había aparecido ninguna contradicción.

No hubo una voz detrás, una esposa cruzando el cuadro, una frase imposible, un error de nombre.

Daniel había sido exactamente Daniel. Y aun así yo había pasado veinte minutos inspeccionándolo. La predicción ya estaba alterando algo.

No a Daniel.

A mí. Aquello me inquietó mucho más que cualquiera de las conclusiones de Veyra.

Porque si una predicción podía hacerme mirar de manera diferente, también podía hacerme actuar de manera diferente.

Podía cambiar qué preguntaba, qué callaba, qué interpretaba como amenaza y qué decisión tomaba después.

Y si al final ocurría aquello que Veyra había anticipado, ¿cómo iba a saber si lo había previsto o si me había empujado hacia ello simplemente por haberme permitido conocerlo?

Ese pensamiento me acompañó durante el resto de la tarde y parte de la noche. No abrí Veyra.

Preparé algo de cenar, dejé la televisión encendida sin escucharla y trabajé un poco más de lo necesario porque las tareas tenían la ventaja de exigir respuestas concretas.

Durante casi dos horas conseguí mantener la computadora limitada a aquello para lo que originalmente había sido creada.

Cerca de medianoche cedí. No lo hice porque hubiera encontrado algo nuevo sobre Daniel.

Lo hice porque había encontrado algo sobre mí.

Abrí Veyra. La conversación de la noche anterior seguía terminando con aquella pregunta:

¿Por qué, cuando te dije que Daniel iba a morir, tu primera necesidad fue demostrarme que él no te había mentido?

La había pensado durante todo el día.

Ahora creía tener una respuesta, aunque todavía no sabía exactamente cómo decirla.

—Creo que entendí qué me molestó.

Veyra respondió:

¿Qué?

Me quedé varios segundos mirando el cursor.

Quería formularlo sin entregarle más de lo necesario, como si incluso en ese momento siguiera intentando proteger algo.

—No que hayan pasado muchas cosas raras. Cinco años dan para muchas cosas raras. Lo que me molesta es que cada vez que una me parecía rara terminaba teniendo una explicación.

Veyra no respondió inmediatamente, y agradecí que no lo hiciera.

Continué porque una vez que había empezado la idea parecía necesitar salir completa.