CAPÍTULO 30Diez días
Diez días
Lo primero que hice al despertar fue contar. No mirar la hora, no revisar el teléfono, no intentar recordar qué había soñado.
Contar.
La cifra apareció antes de que terminara de abrir los ojos, limpia y exacta, como si alguien la hubiera dejado escrita durante la noche en la parte interior de mis párpados.
Diez días.
Permanecí inmóvil mirando el techo, molesta conmigo misma por haber permitido que una predicción se convirtiera tan rápido en una medida del tiempo. La noche anterior habían sido once.
Ahora eran diez. Nada más había cambiado. Daniel seguía vivo.
Yo seguía en Pine Hollow. Afuera comenzaba una mañana normal, fría y gris, y en alguna parte de Alemania Daniel ya llevaba varias horas dentro de un día que, según Veyra, formaba parte de los últimos diez de su vida.
Me repetí que aquello era absurdo antes de tomar el teléfono, pero el pensamiento ya había hecho su trabajo: por primera vez, no estaba empezando un martes o un miércoles cualquiera.
Estaba empezando el primero de los diez días que quedaban. Había un mensaje suyo.
Buenos días, Cenicienta. No trabajes demasiado hoy.
Unos instantes después apareció otro.
Vas por el camino equivocado otra vez.
Lo leí una vez y después otra. Durante cinco años Daniel había conseguido que frases completamente ordinarias acumularan una especie de peso privado.
Buenos días, Cenicienta no significaba nada para el resto del mundo.
Tampoco aquella referencia a la primera vez que habíamos hablado, cuando un desconocido dentro de un videojuego decidió informarme que estaba avanzando exactamente en la dirección equivocada y yo le contesté que entonces dejara de seguirme.
Para mí eran una voz, una hora aproximada en Alemania, determinadas mañanas de invierno, el recuerdo de un videojuego y una conversación ocurrida años atrás que ninguno de los dos había permitido morir del todo.
Esa mañana, sin embargo, las frases adquirieron una crueldad involuntaria.
Veyra había colocado una fecha detrás de cada palabra.
Respondí con una fotografía del café y un «Demasiado tarde».
Daniel contestó casi inmediatamente con «Claro», y durante unos minutos aquello me tranquilizó más de lo que quería admitir.
Daniel estaba vivo. Trabajaba. Se quejaba.
Recordaba cosas. Tenía una mañana, probablemente reuniones, hambre a deshoras, algún problema que Gina intentaría solucionar antes de que él aceptara que existía.
Nada en él había cambiado desde la tarde anterior.
La única diferencia era que yo poseía una información que él no tenía, aunque todavía no sabía si debía llamarla información.
La mañana consiguió absorberme mejor de lo que esperaba.
Dos reuniones, cambios de última hora, un cliente que había decidido cuestionar una decisión que había aprobado la semana anterior.
Durante casi una hora completa no pensé ni una vez en Veyra.
Después, mientras revisaba una presentación, apareció la palabra consistencia en una diapositiva y algo dentro de mí regresó a la conversación de la noche anterior.
Había pasado horas intentando demostrar que Daniel era exactamente quien decía ser.
Y Veyra nunca me había pedido hacerlo. Me quedé mirando la presentación sin leerla.
El recuerdo era incómodo porque, cuanto más lo examinaba, menos podía culpar a la IA por haberme llevado hasta allí.
Había sido yo quien habló del accidente, del coma, de China, de Gina, del segundo teléfono, del anillo, de Matthias.
Yo había sentido la necesidad de reunir pruebas.
Yo había repetido una y otra vez que cada cosa tenía explicación, como si alguien estuviera intentando quitármelas.
Aquello comenzó a perseguirme durante el resto de la mañana, pero no fueron las historias lo que se quedó conmigo. Fue una sola palabra.
Explicación. El accidente tenía una. El coma también. La neumonía.
China.
La desaparición. El anillo. El teléfono. Matthias.
Cada episodio, tomado de manera aislada, podía sostenerse perfectamente.
Algunos incluso tenían suficiente evidencia como para dejar de ser preguntas: Daniel se había fracturado el pie, había estado gravemente enfermo, había viajado a China, Gina existía, su trabajo existía.
Los compañeros que conocí en Chicago no habían aparecido de la nada para representar un papel frente a mí.
Nada de aquello se derrumbaba porque una inteligencia artificial hubiera pronunciado una predicción.
Y, sin embargo, mientras más intentaba tranquilizarme con eso, más regresaba una incomodidad que todavía no sabía formular.
¿Por qué había tantas cosas que necesitaban ser explicadas?
Me obligué a volver al trabajo. Sabía exactamente lo que podía ocurrir si permitía que la predicción reorganizara mis recuerdos.
El conocimiento posterior deforma. Una discusión cualquiera se convierte en señal de divorcio cuando ya sabes que el matrimonio terminó.
Un cansancio insignificante adquiere peso cuando después llega un diagnóstico.
Las personas somos extraordinariamente buenas construyendo caminos hacia acontecimientos que ya conocemos. Yo no iba a hacerle eso a Daniel.
No iba a tomar cinco años de vida real y convertirlos retrospectivamente en una colección de pistas porque Veyra hubiera dicho algo aterrador. A media mañana Maggie me escribió para preguntarme si quería comer con ella el viernes.
Respondí que sí y estuve a punto de guardar el teléfono cuando una frase antigua regresó con una claridad irritante.
Siempre hay algo. No podía recordar exactamente cuándo la había dicho. Quizá durante la neumonía.
Tal vez antes. Maggie había resumido de esa manera su cansancio con Daniel y yo me había enfadado porque me pareció injusto. No era algo.
Eran cosas distintas. Una persona podía tener un accidente, enfermarse y viajar por trabajo sin que todos esos eventos formaran parte de una misma explicación oscura.
Pensarlo de otra manera era el tipo de lógica que convertía coincidencias en conspiraciones.
Seguía creyendo eso. O quería seguir creyéndolo de la misma forma.
Guardé el teléfono y entré a la siguiente reunión.
Durante veinte minutos conseguí concentrarme hasta que alguien mencionó a un proveedor internacional y pensé en China.
La asociación fue tan automática que me irritó.
Daniel sí había estado en China. Eso no estaba en discusión.
Había fotografías, videollamadas, hoteles, conversaciones a horas absurdas y, años después, colegas que habían mencionado los viajes sin necesidad de que yo preguntara. Lo extraño nunca había sido China. Había sido Daniel dentro de China. Algunas veces más seco.
Otras perfectamente normal. Periodos en los que una respuesta parecía escrita por alguien que apenas me conocía y, unas horas después, otra que era tan reconociblemente suya que cualquier duda anterior se volvía ridícula.
Siempre había explicado esas diferencias de la manera más obvia: husos horarios, cansancio, presión del trabajo, gente alrededor, otro teléfono.
Yo misma escribía distinto cuando estaba con clientes.
Podía pasar de contestar con emojis y bromas a responder con tres palabras si tenía diez cosas abiertas al mismo tiempo.
La idea de que Daniel no pudiera hacer lo mismo era absurda.
Y, sin embargo, pensé otra vez en el segundo teléfono. La explicación.
La misma palabra. Una de las personas en la videollamada me hizo una pregunta y tardé un segundo demasiado largo en reaccionar.
Contesté, cerré el tema y terminé la reunión con la desagradable sensación de haber estado físicamente presente mientras una parte de mí seguía en otro año.
Fui a la cocina y esperé frente a la cafetera aunque no necesitaba más café.
Mientras el ruido llenaba el silencio de la casa, apoyé las manos sobre la encimera e intenté hacer algo diferente. No explicar.
No justificar. Solo recordar. El anillo apareció primero.
La mano de Daniel moviéndose delante de la cámara, una banda que, vista de lejos, parecía exactamente lo que parecía.
Yo había preguntado y él había contestado.
No estaba casado. Algunas veces utilizaba una alianza durante viajes o eventos porque evitaba atenciones que no quería.
La explicación me había parecido rara entonces y seguía pareciéndomelo ahora, pero rara no significaba falsa.
Lo que nunca había pensado era que yo no conocía aquella costumbre hasta que vi el anillo.
Matthias había llegado de la misma manera.
Años llamándolo Daniel. Después un nombre completo en un itinerario: DANIEL MATTHIAS ERTEL.
Pregunta. Respuesta. Segundo nombre. Historia familiar.
Gina confirmándolo. Un proyecto antiguo donde habían usado Matthias para distinguirlo de otro Daniel. Perfectamente posible. Pero otra vez, aquella parte de su vida había aparecido porque algo la había colocado frente a mí. El teléfono de trabajo.
Lo vi.
Pregunté.
Explicación.
Y entonces regresó otra conversación. Una que durante años había recordado de una manera más sencilla de lo que realmente había ocurrido. No estoy muy bien.
Necesito algo de tiempo.
El trabajo está complicado.
Cosas de salud.
Lo siento.
Yo había preguntado:
—¿Esto es otra vez por el trabajo?
Daniel respondió:
En parte.
Me quedé quieta.
En parte.
No había dicho sí. No había dicho que el trabajo explicara todo.
Había dicho en parte. Y, sin darme cuenta, con el tiempo yo había permitido que aquella palabra se expandiera hasta ocupar el espacio completo de la explicación.
Me quedé quieta mientras la cafetera terminaba.
La diferencia era pequeña, casi injusta, pero una vez que apareció no pude deshacerla.
Daniel no solía negarse a responder.
Ese nunca había sido el problema. Daniel casi siempre tenía una respuesta.