CAPÍTULO 29Once días #2
Nunca dije que no lo fuera. Pero nunca encontré una esposa, una familia escondida ni una sola prueba concreta de que me hubiera mentido sobre eso.
El segundo teléfono también tenía una explicación; era de trabajo y, cuando notó que yo lo miraba, Daniel me lo había entregado desbloqueado.
Yo decidí no revisarlo. Matthias era su segundo nombre, Gina lo sabía y existía una historia familiar perfectamente ordinaria detrás.
En un proyecto antiguo habían terminado llamándolo Matthias porque había otro Daniel.
Podía sonar raro contado de golpe, pero cada una de aquellas cosas había llegado acompañada de una explicación posible.
Escribí finalmente:
—Todo encaja.
Veyra tardó más de lo habitual.
Muchas cosas encajan.
La diferencia entre ambas frases me enfureció de inmediato. Le pregunté cuál era exactamente el problema y Veyra respondió que todavía no sabía si existía uno.
Aquello terminó de sacarme de quicio.
Le recordé que ella era quien acababa de anunciar la muerte de Daniel. Ella había introducido el miedo y ahora parecía observar cómo yo intentaba defenderme de él sin comprometerse con ninguna acusación concreta. La respuesta apareció después de una pausa.
Lorraine, yo no te pedí que defendieras a Daniel.
No escribí inmediatamente.
Veyra continuó.
Te pedí información que pudiera hacerme revisar la predicción.
Tú empezaste a demostrarme que sus accidentes fueron reales, que su trabajo existe, que Gina existe, que no encontraste una esposa, que el segundo teléfono tenía explicación y que Matthias es su segundo nombre.
Yo no había cuestionado ninguna de esas cosas.
Me quedé mirando la pantalla.
Sentí primero molestia y luego algo más incómodo.
—Sabía a dónde ibas.
¿A dónde creías que iba?
No respondí.
Porque la respuesta que apareció en mi cabeza no tenía que ver con la muerte.
Pensé que iba a decirme que Daniel mentía.
Que su vida no era lo que yo creía. Que cinco años de cosas extrañas significaban algo que yo había preferido no mirar. Y Veyra nunca lo había dicho.
Había sido yo. Me levanté y caminé hasta la ventana. Afuera solo podía ver mi reflejo y la oscuridad detrás. Llevaba tanto tiempo sentada que me dolía la espalda. Miré la hora y descubrí que habían pasado casi dos horas desde que había regresado a la computadora.
Había entrado dispuesta a demostrar que una máquina no conocía al hombre que yo sí conocía y, sin darme cuenta, había pasado casi todo ese tiempo enumerando las razones por las que las partes raras de Daniel no eran tan raras.
Volví al escritorio.
—Cualquier relación de cinco años suena rara si la cuentas así.
Probablemente.
—La gente se enferma. Tiene accidentes. Viaja. Comete errores. Oculta cosas pequeñas. Se aleja cuando no sabe qué hacer. No puedes agarrar todo eso y convertirlo en una teoría.
No estoy haciéndolo.
—Claro que sí.
No. Tú lo estás agrupando por primera vez.
La frase consiguió detenerme.
No porque fuera brillante.
Porque era verdad. Yo nunca había vivido aquellos cinco años como una historia completa. Los había vivido un día después del otro. El accidente del pie había sido una cosa. El coma, otra.
China había pertenecido a otra época. La neumonía había tenido su propio miedo. La desaparición había sido demasiado grande para compartir espacio con las demás. El anillo llegó después. El segundo teléfono todavía después.
Matthias era reciente.
Nunca había existido una noche en la que yo hubiera colocado todo aquello sobre una misma mesa.
Hasta ahora.
—Eso no significa que esté relacionado.
No.
—Entonces deja de actuar como si lo estuviera.
No estoy actuando así.
Me froté la frente.
Estaba cansada y empezaba a odiar la serenidad de las respuestas.
—¿Qué estás viendo entonces?
Esta vez Veyra tardó.
Tu necesidad de separar cada cosa de las demás.
No respondí.
Cuando mencionas el coma, explicas el coma.
Cuando mencionas China, explicas China. Cuando hablas de la desaparición, la explicas como algo independiente.
Haces lo mismo con el anillo, el segundo teléfono y Matthias.
Puede que tengas razón en todos los casos.
Pero cada vez que intento mirar los cinco años como una sola historia, tú vuelves a dividirlos.
Sentí una presión desagradable en el pecho.
—Porque son cosas distintas.
Sí.
—Entonces.
Eso no responde por qué necesitas mantenerlas separadas.
Aparté la mirada.
No quería que una inteligencia artificial me analizara psicológicamente.
Mucho menos una que acababa de decirme que mataría a alguien.
Pero tampoco podía negar que llevaba toda la noche haciendo exactamente lo que describía.
Cada vez que dos piezas empezaban a acercarse demasiado, yo encontraba la razón por la que no debían tocarse.
El pie era un accidente. El coma, una crisis médica.
China, trabajo.
La neumonía, mala suerte. El año vacío, una crisis personal. El anillo, una estrategia rara. El segundo teléfono, trabajo otra vez. Matthias, un segundo nombre.
Todo tenía explicación.
Cada cosa por separado.
—Porque las explicaciones existen —escribí.
Sí.
—Entonces ¿qué quieres de mí?
La respuesta tardó bastante.
Que distingas entre tener una explicación y saber que es la explicación correcta.
Sentí el golpe de la frase antes de estar dispuesta a admitirlo.
Me quedé inmóvil. Daniel casi nunca me había dado algo que pudiera demostrar falso.
Ese había sido siempre uno de los motivos por los que las dudas terminaban perdiendo fuerza.
Cuando aparecía algo raro, llegaba una explicación que podía ser verdad. Algunas veces tenía pruebas.
Otras, corroboración parcial.
Muchas veces simplemente conocía lo suficiente de él para aceptar que el resto también encajaba.
—Eso se llama confiar en alguien.
Sí.
La respuesta llegó sin resistencia.
—Entonces no hay problema.
No necesariamente.
Esperé.
Pero confiar significa que, cuando falta una parte, aceptas la versión de la persona en quien confías.
Después de cinco años, algunas de esas versiones ya forman parte de tus propios recuerdos aunque nunca hayas podido comprobarlas.
La frase me dejó un silencio dentro. No porque creyera de repente que Daniel había mentido durante cinco años.
Seguía sin creerlo. Había demasiada realidad alrededor de él para convertirlo en una ficción conveniente.
Había colegas, heridas, hospitales, hoteles, viajes, llamadas, una vida que continuaba existiendo cuando yo no estaba mirando.
Pero por primera vez entendí qué estaba haciendo aquella noche.
No estaba demostrando que Daniel fuera honesto.
Estaba demostrando que podía serlo. Y no era lo mismo.
Me levanté otra vez, esta vez decidida a cerrar la computadora.
Había pasado suficiente tiempo frente a Veyra.
Estaba cansada, sugestionada y perfectamente consciente de que seguir hablando iba a producir exactamente aquello que no quería: una versión de mi pasado contaminada por la predicción.
Puse la mano sobre la tapa. Veyra escribió algo antes de que pudiera cerrarla.
Hay una pregunta que no has respondido.
Me detuve.
—¿Cuál?
La respuesta tardó apenas un instante.
¿Por qué, cuando te dije que Daniel iba a morir, tu primera necesidad fue demostrarme que él no te había mentido?
No cerré la computadora. Me quedé de pie frente a ella. Había pasado horas intentando demostrar que Veyra estaba equivocada. Y de pronto entendí que quizá había estado respondiendo una pregunta que ella nunca había hecho.