CAPÍTULO 29Once días
Once días
Apagué la computadora convencida de que, al desaparecer la pantalla, desaparecería también una parte de lo que acababa de ocurrir.
Durante unos minutos funcionó. El escritorio recuperó su tamaño normal, la taza de café frío volvió a ser solo una taza y la ventana dejó de reflejar la luz blanca de Veyra sobre mi cara.
Afuera, Pine Hollow seguía hundido en la misma oscuridad tranquila de cualquier otra noche, indiferente a que una inteligencia artificial acabara de decirme que dentro de once días Daniel Ertel estaría muerto y que yo causaría su muerte.
Me repetí que era una predicción.
Nada más. Yo conocía las limitaciones de los modelos mejor que la mayoría de las personas que los utilizaban; había visto proyecciones extraordinariamente precisas desplomarse por una variable que nadie había contemplado, campañas cuyo comportamiento parecía inevitable hasta que un evento externo cambiaba todo, personas que contradecían con una sola decisión meses enteros de patrones.
Veyra podía analizarme, podía reconocer mis hábitos, podía incluso inferir cosas que yo no recordaba haberle contado, pero eso no convertía el futuro en una carretera ya construida. Podía equivocarse.
Tenía que equivocarse. El teléfono vibró sobre la mesa antes de que lograra convencerme del todo.
Vi el nombre de Daniel y no lo abrí inmediatamente.
Me sorprendió el alivio físico que me produjo aquella simple notificación, como si el hecho de que estuviera escribiéndome en ese instante pudiera servir como prueba de que seguiría haciéndolo dentro de doce días, veinte, seis meses.
Cuando finalmente miré el mensaje, tuve que soltar una pequeña risa.
¿Sigues viva?
Era exactamente el tipo de frase que Daniel podía escribir después de saber que yo había pasado el día encerrada en una presentación complicada.
Contesté que apenas. Él preguntó si había sido por trabajo; respondí que por gente, que era peor, y durante varios minutos tuvimos una de esas conversaciones inútiles que terminan formando una relación mucho más que las declaraciones importantes.
Se quejó de una reunión, dijo que Gina volvía a molestarlo porque no había comido bien y me contó que alguien había convertido un documento de doce páginas en veintisiete sin aportar una sola idea útil. No había nada extraordinario en él.
No parecía enfermo.
No parecía asustado.
No estaba despidiéndose. Seguía siendo Daniel y yo quería aferrarme a esa normalidad con una fuerza que empezaba a avergonzarme.
Entonces mencionó que, si lograba cerrar el proyecto de la semana siguiente, quizá volvería a Estados Unidos antes de terminar el año.
Chicago o Milwaukee, todavía no sabía cuál.
Si las fechas coincidían, podríamos vernos.
Recordó incluso un lugar junto al lago que yo había mencionado meses atrás y dijo que esa vez podríamos ir sin tener que acomodarlo entre reuniones, vuelos y correos.
Yo respondí como si aquel futuro fuera perfectamente normal, pero mientras Daniel seguía haciendo planes mi cabeza contaba días sin mi permiso. La semana siguiente.
Después.
Antes de fin de año. Todo quedaba del otro lado de los once días que Veyra acababa de marcar.
Cuando dejamos de escribir intenté trabajar.
Abrí un reporte, corregí dos cifras, respondí un correo y después descubrí que llevaba varios minutos leyendo la misma página sin entender nada.
La frase regresaba siempre al mismo sitio.
Tú causarás la muerte de Daniel Ertel.
La muerte podía ser un error. Lo otro me parecía imposible.
Yo no iba a matar a Daniel. No iba a empujarlo, envenenarlo, provocar un accidente ni tomar ninguna decisión que pudiera razonablemente terminar con su vida.
Por lo tanto, si la predicción dependía de mí, la predicción tenía que estar equivocada.
Era una conclusión sencilla y durante algunos minutos incluso me pareció tranquilizadora.
Después dejó de serlo, porque seguía sin responder la pregunta que empezaba a obsesionarme:
¿qué había visto Veyra para llegar hasta ahí?
Volví a encender la computadora menos de una hora después de haberla apagado. La conversación seguía abierta. La última frase continuaba allí como si yo nunca me hubiera levantado. La predicción permanece. Me senté y durante un rato no escribí nada.
Había recurrido a Veyra muchas veces en los últimos meses cuando todavía no sabía qué pensaba sobre algo. Le daba datos, dudas, dos posibilidades que me parecían igualmente razonables, y ella conseguía ordenarlas sin necesidad de elegir por mí.
Nunca había sentido que estuviera entregándole decisiones. La utilizaba como un lugar donde pensar en voz alta. Esa noche era diferente. No quería ayuda para ordenar una idea. Quería obligarla a reconocer que se había equivocado. Le escribí que estaba equivocada con Daniel.
Veyra respondió que era posible, y aquella calma me irritó mucho más de lo que habría hecho una defensa de la predicción.
Le recordé que llevaba cinco años conociéndolo, que no era una persona construida únicamente a través de mensajes y que había cosas de su vida que yo había visto, tocado o confirmado personalmente.
Veyra no discutió. Dijo, simplemente, que entonces yo tenía información que ella no tenía.
Cuéntamela.
La invitación consiguió detenerme. Había esperado preguntas, una explicación técnica o algún intento de justificar el pronóstico.
En cambio, Veyra me estaba devolviendo la carga de la prueba.
Le pregunté qué quería saber y respondió que empezara por aquello que considerara suficiente para demostrar que su predicción era errónea.
Empecé a escribir. Al principio lo hice con seguridad. Daniel era real. Había estado con él. Había conocido compañeros suyos.
Gina era real. Su trabajo no era una historia improvisada en internet.
Había visto un gafete con su nombre, escuchado a colegas mencionar China sin que yo sacara el tema y estado junto a él en lugares donde otras personas lo conocían desde hacía años.
Después pasé a los accidentes y enfermedades porque también eran fáciles de defender: el pie había ocurrido, la cirugía había ocurrido, las cicatrices seguían ahí; la neumonía había sido real, el hospital, el oxígeno, su voz cansada durante la recuperación.
La herida en la mano también. Había sangre, vendajes, cicatriz.
China era real.
El trabajo era real. Muchas de las cosas que, contadas sin contexto, podían parecer excesivas o improbables tenían pruebas suficientes.
Veyra apenas interrumpía. Cuando lo hacía era para separar algo que yo afirmaba de algo que realmente sabía.
El accidente había ocurrido; eso no significaba que yo conociera cada detalle de cómo había ocurrido.
Daniel había estado seriamente enfermo; eso no convertía automáticamente en verificable cada explicación alrededor de aquella enfermedad.
China había sido real; las horas sin conexión podían ser perfectamente normales dentro de una planta, pero yo no podía saber qué ocurría durante todas ellas.
No había acusación en ninguna de esas distinciones y precisamente por eso me costaba tanto rechazarlas.
Seguí escribiendo con más rapidez. Le expliqué que lo había conocido físicamente, que no estaba enamorada de una voz ni de un personaje de videojuego. Había compartido una habitación con él.
Había sentido el peso de su cuerpo cuando me abrazó en Chicago, visto la cicatriz del pie, conocido su manera de caminar, su olor, sus manos, la forma ligeramente ridícula en que acercaba demasiado la cámara cuando hablábamos por video.
Maggie lo había conocido también y, para su propia desgracia, le había caído bien.
Daniel había estado en Pine Hollow, dentro de mi casa, en mi vida real.
No había forma de reducirlo a una mentira.
Veyra respondió que no estaba intentando hacerlo.
Aquello me irritó más de lo que debería.
Entonces empecé a contar cosas que ella no me había pedido. El año en que Daniel desapareció. La última conversación normal.
El silencio posterior. Los mensajes que al principio envié con frecuencia, después con menos insistencia, hasta aquel último mensaje alrededor del cuarto mes en el que solo le pedí que me dijera que seguía vivo.
Le conté que casi un año después había regresado mediante una solicitud en Instagram usando el nombre de su antiguo personaje del juego y que, cuando le pregunté quién era, respondió que era alguien con quien yo no hablaba desde hacía mucho.
Daniel.
Había estado mal. Enfermo. Recuperándose.
Había tenido problemas personales y laborales.
Admitió que había elegido desaparecer porque no sabía explicar lo que estaba ocurriendo ni cómo volver después de tanto tiempo.
Mientras lo escribía me descubrí defendiendo la explicación antes de que Veyra la cuestionara.
Dije que había sido una decisión horrible, sí, pero que las personas tomaban decisiones horribles cuando estaban atravesando algo que no podían manejar.
Dije que el hecho de haber desaparecido no convertía en falsas las otras cosas que yo sabía de él.
Dije que había vuelto cuando fácilmente podría no haberlo hecho. Veyra solo respondió:
Sí.
Continué.
El anillo había parecido una alianza. Daniel aseguró que no estaba casado y explicó que algunas veces lo usaba durante viajes o eventos de trabajo porque evitaba atención no deseada. Era extraño.