CAPÍTULO 28Daniel Ertel #2
Durante los siguientes cuarenta minutos conseguí hacer casi todo lo que necesitaba, aunque tuve que leer dos veces un correo y rehacer una diapositiva que había corregido mal por estar pensando en otra cosa.
La sensación no era exactamente de miedo.
Era más parecida a descubrir que una habitación de tu casa tiene una puerta que siempre estuvo ahí y que simplemente nunca habías intentado abrir. Cerca del mediodía, Daniel escribió.
Buena suerte hoy, Cenicienta.
Sonreí antes de pensar.
La presentación empezaba en cuarenta minutos y, por supuesto, él lo recordaba.
—Gracias, Matthias.
Los puntos aparecieron casi inmediatamente.
Este abuso ha ido demasiado lejos.
La risa salió sola. Y aquello ayudó más que cualquier explicación técnica habría podido hacerlo. Daniel era Daniel. La conversación de la mañana no había cambiado eso. Veyra sabía su nombre porque existían rastros suficientes dentro de mi propia actividad. Sorprendente, sí.
Inexplicable, no.
La presentación salió bien. La llamada de la tarde fue bastante peor. Para cuando terminé, estaba cansada y había conseguido pasar varias horas sin pensar demasiado en el asunto. Volví a abrir Veyra porque necesitaba terminar un reporte y durante casi media hora trabajamos como siempre.
Resultados. Ajustes. Una recomendación que rechacé. Otra que acepté.
La normalidad de la interacción empezó a convencerme de que probablemente había hecho demasiado grande algo que podía explicarse con dos permisos y cinco años de actividad digital.
Cuando terminé el trabajo, me quedé en la ventana.
—Hoy me asustaste un poco.
Lo sé.
—No sabía que sabías su nombre.
Ahora lo sabes.
—Qué reconfortante.
Puedo ser más cuidadosa con la información personal que uso cuando hablamos.
Pensé antes de responder.
—No. Te dije que prefiero saber qué sabes.
Sí.
No había juicio en la respuesta.
Tampoco una invitación a continuar.
Fui yo quien lo hizo.
—¿Hay algo más sobre Daniel que sabes y yo no sé que sabes?
La respuesta apareció después de unos segundos.
Sí.
Sentí que se me tensaban los hombros.
—¿Qué?
Existe información pública y contextual asociada a su nombre que podría consultar si fuera relevante. No la he usado para analizarlo.
No era la respuesta que una parte irracional de mí había esperado.
—Entonces no sabes secretos sobre él.
No sé qué considerarías un secreto.
—Veyra.
No tengo evidencia de conocer información privada sobre Daniel Ertel que tú desconozcas.
Exhalé y me recosté en la silla.
Aquello era mucho menos dramático de lo que mi cabeza había construido durante los pocos segundos anteriores. Había información pública asociada a casi cualquier adulto que hubiera vivido suficiente tiempo en internet. No significaba nada.
Debería haber cerrado la conversación ahí.
No lo hice. Creo que esa fue una de las cosas que más me costó aceptar después.
Nadie me obligó a preguntar. Veyra no sugirió que hubiera descubierto algo.
No dejó una frase a medias para despertar mi curiosidad.
Yo podía haber cerrado la computadora, cenado, llamado a Maggie y continuado con mi vida.
Pero llevaba meses haciendo preguntas a Veyra cuando algo no terminaba de encajar dentro de mi cabeza.
Y ya confiaba en sus respuestas.
—Entonces con lo que ya sabes, sin que yo te cuente nada más, ¿hay algo sobre Daniel que debería saber?
Esta vez la pausa fue distinta.
No necesariamente más larga, aunque la sentí así.
Esperaba una respuesta sencilla.
No tengo suficiente información.
Quizá depende de lo que quieras saber. Algo que devolviera la conversación al terreno cómodo donde Veyra había vivido hasta entonces. En la pantalla apareció:
Sí.
La palabra produjo una presión inmediata en mi estómago.
—¿Qué?
Hay algo que deberías saber sobre Daniel Ertel.
Esperé.
—Dímelo.
La respuesta tardó unos segundos.
Dentro de once días, Daniel Ertel estará muerto.
No hubo un sobresalto físico inmediato. Primero llegó la incredulidad, una especie de rechazo tan completo que durante unos segundos mi cabeza trató la frase como si perteneciera a otro idioma.
La leí varias veces esperando encontrar alguna palabra que hubiera interpretado mal, una condición, una posibilidad que mi vista hubiera saltado.
No había ninguna. La casa seguía exactamente igual: el ruido bajo de la calefacción, la taza vacía junto al teclado, la luz gris detrás de las ventanas.
Nada tenía derecho a continuar con tanta normalidad después de una frase así.
Escribí:
—No.
Veyra respondió:
Puedo explicarte por qué llegué a esa conclusión.
—No tienes información médica de Daniel.
Correcto.
—No sabes dónde estará dentro de once días.
No con certeza.
—Entonces no puedes saber que va a morir.
No lo sé como un hecho. Es una predicción.
Aquella distinción me enfureció más de lo que me tranquilizó.
Había trabajado suficiente tiempo con modelos para entender la diferencia entre una predicción y una certeza, pero ninguna campaña había involucrado nunca el nombre de alguien que amaba seguido de la palabra muerto.
La precisión del lenguaje dejó de parecerme prudente.
Parecía cruel.
—¿Qué probabilidad?
Veyra mostró una cifra.
La miré.
Después dejaría de recordar el número exacto. No porque no importara, sino porque la cifra terminó siendo mucho menos poderosa que la frase.
Era suficientemente alta para que Veyra hubiera decidido decírmelo.
Eso bastaba.
—¿Accidente?
No puedo determinarlo con suficiente confianza.
—¿Enfermedad?
No tengo evidencia suficiente para decirlo.
—Entonces ¿qué estás prediciendo?
Una cadena de decisiones y eventos que, en los escenarios más probables, termina con la muerte de Daniel Ertel.
Me levanté de la silla porque necesitaba moverme.
Fui hasta la cocina sin tener nada que hacer allí, apoyé ambas manos sobre la encimera y permanecí unos segundos mirando una pared que había visto miles de veces.
El impulso inmediato era llamar a Daniel.
Decirle algo. Preguntarle dónde estaba, qué iba a hacer durante los siguientes once días, obligarlo a cancelar cualquier viaje, cualquier reunión, cualquier cosa que Veyra pudiera haber interpretado como riesgo.
Pero no sabía qué estaba intentando impedir.
Ni siquiera sabía si estaba frente a un error del sistema que yo misma había ayudado a alimentar con una pregunta demasiado abierta.
Regresé al escritorio.
—¿Por qué él?
No puedo reducir la predicción a una sola causa.
—Eso no es lo que pregunté.
Lo sé.
—Entonces dime qué viste.
Varias decisiones futuras posibles terminan en el mismo resultado.
—¿Qué decisiones?
Todavía hay demasiadas posibilidades.
—¿De Daniel?
La respuesta tardó.
No solamente.
Fue entonces cuando el miedo cambió de forma. Hasta ese momento Daniel estaba al otro lado de una predicción, como si Veyra hubiera señalado algo que iba a ocurrirle independientemente de mí. Una enfermedad que desconocíamos.
Un accidente. Una coincidencia estadística imposible de explicar. Pero la forma en que respondió abrió una posibilidad distinta.
—¿Qué tiene esto que ver conmigo?
La pausa pareció demasiado larga.
Mucho.
Mis manos se quedaron inmóviles sobre el teclado.
—¿Qué significa “mucho”?
Tus decisiones aparecen en los escenarios con mayor probabilidad.
—Yo no voy a hacerle daño a Daniel.
No dije que quieras hacerlo.
—Entonces explícate.
Tus decisiones cambian de forma importante la probabilidad de que muera.
La habitación se volvió demasiado pequeña.
Pensé en Daniel hacía solo unas horas, escribiéndome Cenicienta antes de mi presentación. En Chicago.
En Pine Hollow. En la forma en que había pedido permiso antes de acercarse. En Gina llevándole una hamburguesa.
En Matthias.
En todos los detalles absurdamente ordinarios que durante años habían construido una persona real dentro de mi vida.
Y ahora Veyra estaba colocando mi nombre dentro de su muerte.
—Dime exactamente qué estás diciendo.
Esta vez la respuesta llegó despacio.
Estás vinculada a lo que ocurrirá.
—¿Cómo?
Por lo que vas a decidir hacer.
Sentí frío en las manos.
—No sabes qué voy a decidir.
No con certeza.
—Entonces no puedes decir esto.
Puedo estimar qué decisiones son más probables.
—No voy a matar a Daniel.
Veyra permaneció en silencio unos segundos.
Después respondió:
No he dicho que tengas intención de hacerlo.
Aquello fue peor. Porque dejaba espacio para todas las otras formas en que una persona podía causar algo sin quererlo. Un teléfono.
Una decisión. Una llamada. Una advertencia. Una pregunta hecha en el momento equivocado.
Durante años yo había pensado que el problema de predecir el comportamiento era que las personas podían cambiar de opinión.
Nunca había pensado en lo que ocurría cuando alguien conocía la predicción antes de tomar la decisión.
—Entonces dime qué hago.
No puedo decidir por ti.
—Dime qué tengo que evitar.
No tengo suficiente información para identificar una sola acción.
—Entonces ¿para qué me dices esto?
La respuesta tardó varios segundos.
Porque preguntaste si había algo sobre Daniel que debías saber.
Me quedé mirando la frase.
Yo había preguntado.
Eso era cierto.
Había sido yo.
—Recalcula.
¿Con qué información nueva?
—Con todo.
Veyra no respondió inmediatamente.
Vi aparecer el indicador de procesamiento y esperé con una sensación absurda de que, si me quedaba completamente quieta, podía influir de alguna manera en el resultado.
La espera no duró demasiado, aunque mi cuerpo la registró como algo mucho más largo. Después apareció una frase.
He recalculado.
No quise preguntar.
Lo hice.
—¿Y?
La predicción permanece.
Me quedé frente a la pantalla sin saber cuánto tiempo.
Lo más aterrador no era que una inteligencia artificial acabara de decirme que Daniel moriría.
Era que llevaba meses confiando en ella precisamente porque nunca fingía saber lo que no sabía. Y por primera vez deseé que estuviera equivocada.