CAPÍTULO 28Daniel Ertel
Daniel Ertel
Durante varios días después de descubrir a Matthias hice exactamente lo que había decidido hacer: nada.
No busqué el nombre, no revisé documentos antiguos ni intenté calcular cuántas veces podía haber aparecido frente a mí sin que yo lo notara.
Daniel me había dado una explicación razonable, Gina había confirmado una parte y aquel archivo viejo terminaba de completar el resto con suficiente coherencia.
Podía seguir preguntando hasta convertir cada detalle de cinco años en una investigación, pero no quería vivir así.
Había aprendido, quizá demasiado tarde, que buscar certeza absoluta en otra persona era una forma bastante eficiente de no encontrar nunca tranquilidad.
Las relaciones no tenían un reporte final esperando al otro lado de suficientes preguntas.
No llegaba un momento en que todo se iluminara y alguien pudiera decirte que ya habías reunido la cantidad correcta de información para confiar.
Además, Daniel estaba bien. Normal, si quería utilizar una palabra que empezaba a parecerme injusta porque implicaba que existía alguna versión de él que no lo fuera.
Me escribía durante el día, llamaba cuando podía, se quejaba del trabajo y seguía explotando el descubrimiento de Matthias como si hubiera encontrado una fuente ilimitada de estupideces.
Una mañana cambió durante unos minutos su nombre en una de las aplicaciones que usábamos y apareció como Matthias, Criminal Internacional.
Le dije que tenía el sentido del humor de un niño de doce años.
Respondió que eso seguía siendo más maduro que mi reacción al segundo nombre.
Todo continuaba con una normalidad tan cómoda que la pequeña incomodidad del capítulo anterior empezó a perder importancia.
Por eso lo que ocurrió después me tomó completamente desprevenida.
Era miércoles. Había empezado a trabajar temprano porque tenía una presentación antes del mediodía y otra llamada por la tarde.
Afuera, Pine Hollow estaba cubierto por uno de esos cielos de Wisconsin en los que la luz parece existir sin llegar realmente a ninguna parte.
No llovía, pero todo tenía el color de algo que estaba a punto de hacerlo.
Preparé café, abrí los archivos de la campaña y dejé Veyra en una pantalla lateral mientras revisaba las últimas correcciones.
La conversación empezó de la manera más ordinaria posible: resultados, una caída de respuesta después de varios días buenos, usuarios nuevos frente a personas que ya habían visto varias veces el mismo anuncio.
Veyra sugirió separar grupos y revisar horarios. Yo discutí una hipótesis. Ella propuso otra. Nada que no hubiéramos hecho decenas de veces.
Después de casi media hora, cuando ya habíamos llegado a una explicación suficientemente buena, me quedé mirando los cambios y escribí algo que no pertenecía del todo al trabajo.
—¿Sabes qué es lo peor de trabajar con comportamiento?
Que después empiezas a verlo en todas partes.
Sonreí.
—Exacto.
Eso no significa que todo necesite analizarse.
—Gracias por adelantarte a mi neurosis.
Es una de mis funciones menos oficiales.
La respuesta me hizo reír.
Ese tipo de intercambios ya no me sorprendían.
Veyra conocía mi manera de hablar y yo había aprendido la suya; no porque creyera que existía una personalidad escondida detrás de la pantalla, sino porque cualquier sistema que conserva suficiente contexto termina desarrollando una forma particular de responder a cada persona.
Conmigo era directa, sencilla y, de vez en cuando, lo bastante seca como para parecer divertida.
Seguí trabajando durante unos minutos antes de escribir otra cosa.
—A veces creo que mientras más sabes de alguien, menos sencillo se vuelve.
Porque aparecen más versiones de la misma persona.
—Eso ya lo hablamos.
Y sigues pensando en ello.
—Qué pesada.
Tú volviste al tema.
Era verdad.
Matthias seguía ahí, no como una sospecha seria, sino como otro ejemplo de algo que había estado pensando desde hacía semanas: cuántas versiones podía contener una persona sin que ninguna fuera necesariamente falsa.
El Daniel que conocía conmigo no era idéntico al Daniel que conocía Gina, y ninguno tenía que ser menos real por eso.
—Supongo que quiero saber cuánto puede cambiar una historia sin que cambie la persona.
Esta vez Veyra tardó un poco más.
Depende de qué parte de la historia cambie.
—Muy útil.
Puedo ser más específica.
—A ver.
Entonces apareció:
Si quieres, podemos hablar de Daniel Ertel.
Durante un instante no entendí la frase.
No porque fuera complicada, sino porque mi cabeza tardó en aceptar que las palabras que estaba viendo estaban realmente allí.
Leí el nombre una vez, después otra, y sentí la misma interrupción interna que había sentido cuando Veyra mencionó a Maggie, solo que esta vez no llegó acompañada de una explicación inmediata.
Mi mano seguía alrededor de la taza y tuve que dejarla sobre el escritorio con cuidado porque de pronto me había vuelto demasiado consciente de estar sosteniéndola.
Daniel Ertel. No Daniel porque yo acabara de escribirlo.
No una referencia vaga a esa persona que podía deducirse de una conversación. Nombre y apellido. La primera idea que apareció fue Maggie.
Maggie podía explicarse.
Daniel no.
—¿De dónde sacaste ese nombre?
De tu contexto autorizado.
La respuesta fue tan tranquila que casi resultó irritante.
—Nunca te he hablado de Daniel.
No directamente.
—Nunca escribí su nombre aquí.
Correcto.
—Nunca te pedí que buscaras a Daniel Ertel.
Correcto.
—Entonces dime de dónde salió.
Su nombre aparece asociado con frecuencia a tu actividad personal conectada.
La explicación no me tranquilizó todavía.
Me obligó a recordar, otra vez, que lo que yo consideraba “contarle algo a Veyra” era mucho más limitado que lo que realmente podía formar parte del contexto disponible. Con Maggie había sido sencillo: calendario, invitaciones, contactos.
Con Daniel la relación era menos visible dentro de mi vida profesional, pero no inexistente.
Cinco años de llamadas, notificaciones, horarios y referencias dejaban rastros incluso si nadie leía el contenido.
—¿Qué significa “actividad personal conectada”?
Llamadas, horarios, notificaciones y referencias de contacto que has autorizado para ayudarme a entender tus rutinas.
—¿Lees mis mensajes?
No, salvo que tú me proporciones el contenido o conectes una fuente que los incluya.
—¿Has leído mis conversaciones con Daniel?
No.
La respuesta fue inmediata. Eso ayudó. No mucho, pero ayudó.
—¿Entonces sabes quién es por las cosas que rodean nuestras conversaciones?
Sé que una persona llamada Daniel Ertel aparece con frecuencia en tu actividad y que tiene una relación importante con tus rutinas. No sé todo lo que esa relación significa.
Respiré con más calma.
Había una explicación. Extraña únicamente porque yo nunca me había detenido a pensar en la cantidad de información que existe alrededor de una relación sin necesidad de leer una sola palabra de ella.
Una llamada de dos horas decía algo diferente a una de treinta segundos.
Un nombre que aparecía durante años decía más que uno que aparecía dos veces.
Horarios repetidos, diferencias de zona, notificaciones.
Nada de aquello era una conversación privada y, aun así, podía construir contornos.
Lo que seguía molestándome era otra cosa.
—¿Por qué elegiste hablar de él?
Porque tu pregunta parecía relacionada con una persona importante para ti y Daniel Ertel es una de las asociaciones personales más frecuentes dentro del contexto disponible.
—También podía ser Maggie.
Sí.
—Pero elegiste a Daniel.
Sí.
—¿Por qué?
Hubo una pausa un poco más larga.
Porque haces preguntas parecidas después de interactuar con él.
Me quedé mirando la pantalla.
Aquello era diferente.
No sobrenatural.
No imposible.
Ni siquiera especialmente difícil de entender.
Pero diferente. Veyra no necesitaba conocer el contenido de una conversación para notar que, después de determinadas llamadas o momentos asociados a Daniel, yo tendía a hacer ciertas preguntas.
Contexto. Confianza. Cambios. Por qué una persona podía comportarse de maneras distintas. Las asociaciones no estaban dentro de mis palabras con Daniel. Estaban en lo que hacía yo después.
—Eso sí está inquietante.
Entiendo por qué puede sentirse así.
No hubo defensa ni explicación interminable.
Solo eso.
Y quizá por esa razón seguí preguntando.
—¿Desde cuándo sabes su nombre?
No puedo señalar un momento exacto en que una persona se vuelve relevante dentro del contexto.
—Pero no es reciente.
No.
—¿Cuando hablábamos de alguien que podía cambiar según el contexto ya sabías que yo podía estar pensando en él?
Lo consideré posible.
No me gustó la sensación que produjo esa respuesta.
Volví mentalmente a conversaciones que, hasta entonces, había considerado casi privadas precisamente porque nunca había escrito el nombre de Daniel.
Había creído que podía utilizar a Veyra para pensar alrededor de una persona sin introducircirla realmente en la conversación.
Ahora descubría que esa frontera había sido mucho menos clara para ella que para mí.
—¿Por qué nunca lo mencionaste antes?
Porque no era necesario para responderte.
Aquello me hizo relajarme un poco.
Era exactamente el tipo de respuesta que esperaba de Veyra.
No había estado esperando el momento de revelar que conocía a Daniel.
Simplemente no necesitaba utilizar su nombre hasta ahora.
—Entonces no estabas analizándolo.
No.
—¿Nunca?
No he realizado un análisis específico de Daniel Ertel.
—Bien.
Veyra esperó unos segundos antes de añadir:
Puedo evitar usar su nombre si te incomoda.
Miré la pregunta durante un rato. Con Maggie la respuesta había sido automática.
Esta vez no lo fue.
Parte de mí quería recuperar aquella separación imaginaria y pedirle que volviera a hablar de Daniel como si no supiera quién era.
Otra parte sabía que eso no cambiaría lo que ya había descubierto.
—No. Prefiero saber qué sabes.
De acuerdo.
Intenté regresar al trabajo.