CAPÍTULO 27Matthias
Matthias
El nombre apareció en algo tan aburrido que durante varios segundos no entendí por qué me había detenido a mirarlo.
Daniel iba a viajar otra vez por trabajo, esta vez dentro de Europa. Nada especial. Dos ciudades, tres días, reuniones que probablemente terminarían convirtiéndose en cuatro, porque esa era la clase de optimismo con la que su empresa parecía organizar cualquier calendario.
Gina le había enviado el itinerario corregido después de que una conexión cambiara de horario y Daniel me reenvió una captura porque estábamos intentando averiguar si alcanzaría a llamarme antes de abordar el segundo vuelo. Yo estaba mirando las horas.
Eso era todo.
La escala, la llegada, el aeropuerto. Hasta que vi el nombre en la parte superior. ERTEL / DANIEL MATTHIAS
Lo leí una vez.
Después otra. No era una palabra escondida ni una inicial perdida entre códigos. Estaba ahí, junto a su apellido, como cualquier segundo nombre en una reserva.
Matthias.
Durante cinco años había conocido a Daniel Ertel. Nunca a Daniel Matthias Ertel.
No sentí miedo.
Lo primero que sentí fue algo mucho más cercano a irritación.
—¿Quién es Matthias?
La respuesta tardó menos de un minuto.
Yo.
Miré el teléfono.
—¿Perdón?
Mi segundo nombre.
—Tienes un segundo nombre.
Al parecer.
—Daniel.
Lorraine.
—Llevo cinco años hablando contigo.
Y ahora sabes una cosa más.
Aquello consiguió exactamente el efecto que seguramente esperaba: me hizo reír aunque todavía estuviera molesta.
—¿En serio nunca me dijiste que te llamabas Daniel Matthias?
No lo uso.
—Pues tu boleto sí.
En el pasaporte también. Por desgracia.
Me quedé mirando la captura otra vez.
No había nada raro en tener un segundo nombre. Yo conocía personas cuyos nombres legales ocupaban media línea y que nunca utilizaban más de uno.
Lo extraño era descubrirlo después de tanto tiempo.
Otra pequeña pieza de información que Daniel parecía considerar irrelevante hasta que el mundo la colocaba frente a mí.
—¿Por qué Matthias?
La respuesta tardó un poco más.
A mi madre le gustaba Matthias. Mi padre quería Daniel. Llegaron a un pésimo acuerdo.
Sonreí.
—Eso no es un compromiso. Eso es perder dos veces.
Exacto.
—¿Y alguien te llama Matthias?
Mi madre a veces. Normalmente cuando está molesta.
—Necesito hablar con tu mamá.
Definitivamente no.
La conversación debería haber terminado ahí.
En gran parte, terminó. Daniel siguió quejándose de su conexión, yo le dije que probablemente iba a perderla y él aseguró que no.
La perdió. Dos horas después me escribió desde la siguiente puerta de embarque como si aquello demostrara alguna clase de victoria.
Pero Matthias se quedó conmigo. No porque pensara que Daniel acababa de revelar una identidad secreta. La explicación era demasiado normal.
Un segundo nombre.
Una madre con una preferencia distinta. Un pasaporte utilizando el nombre completo.
Todo encajaba.
Precisamente por eso resultaba tan Daniel. Las cosas que me sorprendían casi siempre llegaban acompañadas de una explicación suficientemente sencilla para hacerme sentir un poco ridícula por haberme sorprendido. A la mañana siguiente, Gina me envió un mensaje.
No era extraño que lo hiciera ya. Desde que habíamos hablado por video, nuestra comunicación se había vuelto un poco más directa. Seguía siendo ocasional y casi siempre práctica, pero ya no necesitaba que Daniel estuviera hospitalizado para que su nombre apareciera en mi teléfono.
Alcanzó el vuelo. Por poco.
Respondí que eso era más o menos lo que esperaba.
Después, casi por diversión, escribí:
—Me enteré de Matthias.
Gina tardó unos segundos.
Oh, no.
Me reí.
—¿Tú sí lo sabías?
Claro.
—Excelente. Al parecer todos conocen partes de Daniel menos yo.
La respuesta llegó enseguida.
Probablemente olvidó que no lo sabías. Nunca lo usa.
Eso era exactamente lo que Daniel había dicho.
—¿Su mamá sí?
Cuando está enojada.
Me quedé mirando el mensaje.
Dos personas.
Misma explicación.
Sin preparación visible. Eso debería haber cerrado el asunto por completo.
Y, de hecho, casi lo hizo. Le pregunté a Gina cuál de los dos nombres le quedaba mejor y respondió que Daniel, porque Matthias sonaba demasiado serio para alguien que podía perder un vuelo después de llegar al aeropuerto con dos horas de anticipación.
No había conspiración posible dentro de esa conversación.
Solo años de convivencia laboral y una cantidad evidente de paciencia. Guardé el teléfono.
Matthias dejó de parecer importante. Hasta unos días después.
Daniel estaba todavía de viaje cuando me llamó desde un hotel.
Tenía la camisa remangada, el cabello peor de lo normal y esa expresión que significaba que había pasado demasiado tiempo hablando con personas que no quería volver a ver hasta el año siguiente.
Me enseñó la cena miserable que había comprado abajo y después colocó el teléfono contra algo mientras abría la computadora.
Fue entonces cuando vi la tarjeta. Estaba sobre el escritorio junto a la cartera y una llave electrónica del hotel.
No era su identificación normal de BMW, la que yo ya había visto en Chicago.
Era otro gafete, probablemente temporal, con un color distinto y una fotografía pequeña.
No habría prestado atención si Daniel no lo hubiera movido buscando el cargador.
Durante un segundo quedó frente a la cámara. Alcancé a leer el apellido.
ERTEL.
Debajo, algo más.
M. ERTEL.
—¿Ese eres tú? —pregunté.
Daniel miró hacia el escritorio.
—¿Qué?
—El gafete.
Lo tomó.
—Acceso temporal.
Lo acercó a la cámara.
M. ERTEL.
Sentí esa pequeña punzada otra vez.
—¿Por qué dice M?
Daniel lo miró como si acabara de notarlo.
—Matthias.
—¿Usas Matthias en el trabajo?
—No.
—Pues alguien sí.
Se rio y dejó el gafete sobre la mesa.
—Copiaron el campo equivocado del registro.
—Conveniente.
—Muy siniestro.
—No dije siniestro.
—Pusiste esa cara.
—¿Qué cara?
Daniel imitó una expresión exageradamente desconfiada.
Le dije que era un idiota.
Se rio.
Y siguió buscando el cargador. La explicación también era perfectamente posible.
Si la reserva o el registro del evento tenía su nombre completo, alguien podía haber tomado el segundo nombre o la inicial equivocada para imprimir una credencial temporal.
No había ninguna razón real para convertir aquello en otra cosa.
Aun así, esa noche me sorprendí pensando en el orden de los nombres. Daniel Matthias Ertel.
No Matthias Daniel.
No era una identidad alternativa. Era simplemente una parte de su nombre que yo no había conocido.
Me pareció una distinción importante. Quizá porque para entonces había aprendido a desconfiar de mi propia tendencia a llenar espacios vacíos.
Si una pieza nueva aparecía, yo podía convertirla en revelación o colocarla en su sitio y esperar.
Elegí lo segundo. No necesitaba construir una teoría porque una credencial temporal hubiera utilizado una inicial distinta.
Había pasado años intentando entender a Daniel a partir de fragmentos.
Una parte de mí sabía que eso significaba que seguirían apareciendo fragmentos nuevos. Otra parte empezaba a preguntarse cuántos podían aparecer antes de que dejara de parecer normal no haberlos conocido. No le pregunté a Veyra.
Eso también importaba.
Durante las semanas anteriores me había acostumbrado a llevarle preguntas que no pertenecían exactamente al trabajo, pero seguía existiendo una frontera que no quería cruzar.
Podía preguntarle por confianza, contexto, memoria o comportamiento humano.
Eso era distinto a sentarme frente a una pantalla y escribir el nombre de Daniel para pedirle que me dijera qué pensaba de él.
No quería hacerlo.
Tal vez porque me parecía injusto. Tal vez porque sabía que, si empezaba, sería difícil decidir dónde detenerme. Daniel era una persona.
No una campaña.
No una cuenta. No una serie de decisiones esperando una explicación. Y, hasta ese momento, Veyra no tenía por qué conocerlo. La idea me tranquilizó. Unos días después Daniel regresó a Alemania.
Hablamos mientras deshacía la maleta y se quejaba de que siempre terminaba llevando demasiadas cosas.
En algún momento sacó la credencial temporal y la dejó sobre la cama.
—Guárdala —dije.
—¿Por qué?
—Por si algún día necesitas demostrar que también eres Matthias.
Daniel sonrió.
—Nunca vas a soltar esto.
—Cinco años.
—Es un segundo nombre.
—Cinco años.
—Nunca preguntaste.
Lo miré.
Daniel levantó ambas manos.
—Respuesta equivocada.
—Muy mala respuesta.
—Justo.
Ahí estaba.
Justo.
Una de esas pequeñas cosas que Veyra habría dicho que permanecían.
Sonreí sin querer.
Daniel me vio.
—¿Ves? Sigo siendo yo.
La frase me hizo reír.
—Qué conveniente.
—Mucho.
Después siguió guardando ropa.
La conversación se movió a otra cosa.
Y durante varias semanas Matthias volvió a desaparecer de mi cabeza. Hasta que recibí una fotografía vieja.
No de Daniel.
De un grupo. La había enviado uno de sus compañeros después de que Daniel mencionara una reunión de hacía años y yo dijera que no creía que hubiera tenido el cabello tan largo como aseguraba.
Daniel, obviamente, convirtió aquello en una misión internacional para demostrar que tenía razón.
La foto mostraba a seis personas frente a un edificio industrial.
Daniel estaba en un extremo, varios años más joven, con el cabello efectivamente más largo y una expresión de quien llevaba demasiado tiempo bajo el sol.
Debajo venía una captura de un archivo donde aparecían los nombres. No pensé en buscar el suyo.
Lo vi porque estaba junto a la fotografía. Matthias Ertel.
Solo eso.
No Daniel.
Mi primera reacción fue reír.
La segunda no.
Amplié la imagen.
Matthias Ertel.
El archivo parecía antiguo. No podía saber si lo había llenado Daniel, algún organizador o una persona que había tomado los datos de otra base. Tampoco sabía si la captura conservaba el formato original. Podía explicarse.
Claro que podía. Pero esta vez no era una reserva reciente que utilizaba el pasaporte completo.
Era un documento de años atrás.
Le escribí a Daniel.
—Encontré otra víctima de Matthias.
La respuesta llegó unos minutos después.
¿Y ahora qué?
Le envié la captura. Pasó más tiempo del habitual antes de responder. No mucho.
Tal vez un minuto.
Quizá dos.
Proyecto antiguo.
—Eso veo.
En ese entonces usaban mi segundo nombre en algunos sistemas internos.
Me quedé mirando la frase.
—¿Por qué?
Porque ya había otro Daniel en el equipo. Era más fácil diferenciarnos.
Era una explicación lógica.
Tan lógica que me molestó ligeramente. No porque pareciera falsa.
Porque parecía el tipo de información que habría sido muy fácil mencionar cuando dos semanas antes le pregunté si alguien lo llamaba Matthias.
Escribí:
—Pensé que no lo usabas en el trabajo.
La respuesta tardó.
Ahora no. Eso fue hace años.
—Daniel.
Esta vez llamó.
Contesté.
—Antes de que empieces —dijo.
—No he empezado.
—Tu cara ya empezó.
—Ni siquiera puedes ver mi cara.
—Exacto. Así de fuerte es.
Intenté no reírme. Fracasé. Daniel aprovechó.
—Era un proyecto. Había dos Daniel. Alguien empezó a llamarme Matthias porque era más fácil. Se quedó en algunos sistemas durante un tiempo. Eso es todo.
—¿Y se te olvidó?
—Sí.
—Claro.
—Lorraine, no he pensado en eso en años.
Su tono no era defensivo.
Eso importaba.
Parecía genuinamente sorprendido de que una cosa que para mí acababa de convertirse en información nueva pudiera haber sido irrelevante para él durante años.
—¿Tu mamá sabe que ganó temporalmente?
Daniel se rio.
—Estaría muy orgullosa.
La tensión desapareció.
Otra vez.
Seguimos hablando durante casi una hora. Para cuando colgamos, Matthias había vuelto a convertirse en una anécdota. O casi. Porque había una diferencia pequeña que no pude ignorar del todo. La primera vez que apareció, Daniel había dicho que no lo utilizaba.
Después descubrí que sí lo había utilizado.
La explicación era buena. No había contradicción necesariamente.
No lo uso podía significar no lo uso ahora.
La gente habla así todo el tiempo. Yo también.
Pero algo que había aprendido con Veyra empezaba a instalarse de manera silenciosa en mi forma de pensar: una explicación podía ser correcta y aun así no contener toda la historia.
Eso no la convertía en mentira. Solo la hacía incompleta.
Y Daniel era extraordinariamente bueno en las verdades incompletas.
A la mañana siguiente abrí Veyra para trabajar.
Durante unos minutos me quedé mirando el cuadro donde podía escribir cualquier cosa.
Pensé en preguntar algo general. ¿Qué tan común es que alguien utilice un segundo nombre profesionalmente?
No tenía sentido. Podía buscarlo en internet si realmente me interesaba.
Lo que quería preguntar era otra cosa. Quería saber qué significaba que una persona dijera que nunca utilizaba un nombre y después resultara que sí lo había utilizado durante años. No escribí la pregunta.
Cerré la ventana.
Daniel todavía no pertenecía ahí. Esa tarde recibí un mensaje suyo.
Una fotografía del gafete temporal sobre una mesa.
Había dibujado una flecha hacia la M y escrito:
Mi alias criminal.
Me reí.
Respondí:
—Muy mala elección para una doble vida.
La próxima vez lo haré mejor.
—No habrá próxima vez.
Controlador.
—Extremadamente.
Aun así te quiero.
La conversación siguió y Matthias volvió a convertirse en una broma.
Eso era lo extraño de Daniel. Podía aparecer una pregunta nueva y, en cuestión de minutos, volver a sentirse exactamente como él. La misma voz.
El mismo humor. La misma forma de convertir mi desconfianza en algo que no me hacía sentir estúpida por haberla tenido.
Y quizá por eso nunca me costó aceptar sus explicaciones cuando eran posibles.
Yo no necesitaba que fueran perfectas. Solo necesitaba que conservaran suficiente Daniel dentro. Matthias lo hacía.
Todavía.
Lo que ninguno de los dos sabía era que muy pronto el nombre que iba a sorprenderme no sería uno nuevo. Sería el que llevaba cinco años conociendo. Y yo no sería quien lo escribiera.