CAPÍTULO 14Alguien con quien no hablas #2
No iba a reconstruir esos diez meses desde seguidores, fotografías o cuentas ajenas. Además, una parte de mí ya había aprendido una lección importante durante su ausencia: no todo lo que uno puede buscar tiene que ser buscado. A la mañana siguiente había un mensaje breve.
Buenos días. Sin presión. Estaré aquí.
Lo vi antes de una reunión y lo dejé sin contestar hasta la tarde.
Mi día siguió exactamente como estaba planeado.
Presentaciones, correos, un cliente que quería cambiar una campaña cuando ya estaba prácticamente terminada.
Esa normalidad fue útil porque colocó el regreso de Daniel en la escala correcta.
Hacía un año él habría podido alterar mi día entero simplemente desapareciendo durante unas horas.
Ahora podía reaparecer después de diez meses y aun así había facturas, clientes y proyectos que no iban a detenerse para darle espacio.
Cuando finalmente contesté, le dije que necesitaba tiempo.
Daniel respondió que lo entendía.
Y, para mi sorpresa, cumplió.
Durante los siguientes días no intentó recuperar la intimidad a la fuerza.
No llenó mi teléfono de mensajes ni convirtió su regreso en una declaración romántica.
Aparecía de manera discreta: una observación sobre Packers, una fotografía de una taza de café, alguna pregunta sobre mi trabajo.
Yo contestaba cuando quería, a veces varias horas después, otras al día siguiente.
Daniel parecía aceptar esa nueva distancia sin discutirla.
Quizá sabía que era el precio mínimo por haber desaparecido. Quizá simplemente estaba esperando.
Fue entonces cuando empecé a notar algo que antes no habría podido ver con tanta claridad:
Daniel ya no conocía mi vida.
Durante años había sabido cuándo tenía una presentación importante, qué cliente me estaba causando problemas, cuándo Maggie estaba molesta conmigo y hasta qué café probablemente estaba tomando mientras trabajaba.
Diez meses habían borrado esa continuidad.
Ahora preguntaba por personas cuyos trabajos habían cambiado, por proyectos que ya no existían, por hábitos que yo había abandonado.
A veces mencionaba algo creyendo que seguía siendo actual y yo tenía que explicarle que había ocurrido hacía meses.
Por primera vez, los huecos estaban de su lado.
La sensación no me dio poder ni satisfacción.
Me permitió verlo con distancia. La cuenta de Instagram empezó a resultarme interesante por esa misma razón, aunque no de una manera que quisiera investigar. No parecía una cuenta diseñada para representar a Daniel Ertel. No había fotografías suyas, ni apellido, ni información personal reconocible.
Si no hubiera sabido el origen del nombre de usuario y no hubiera recibido aquel Sí, amor, jamás la habría relacionado con él.
Unos días después se lo dije directamente.
—Tu perfil parece de alguien que no quiere ser encontrado.
Daniel respondió después de algunos minutos.
Eso es más o menos cierto.
—¿Por qué?
Te lo dije. Quería desaparecer.
—Pero regresaste usando la misma cuenta del juego.
La respuesta fue inmediata.
Porque pensé que la reconocerías.
Miré el mensaje.
—No lo reconocí al principio.
Me di cuenta.
—¿Y si no hubiera preguntado quién eras?
Daniel tardó unos segundos.
Te lo habría dicho. Con el tiempo.
—¿Con el tiempo?
Estaba nervioso.
Eso sí me hizo sonreír.
No porque hubiera olvidado el resto, sino porque la idea de Daniel nervioso tenía algo extrañamente normal.
—¿Tú?
Sorprendente, lo sé.
Ahí estaba otra vez.
Daniel.
O al menos la versión de Daniel que yo conocía mejor.
La conversación continuó unos minutos y por primera vez desde su regreso se sintió fácil.
No íntima como antes, pero reconocible. Eso fue suficiente para que algunos de mis mecanismos de defensa se relajaran y también suficiente para que otra parte de mí se pusiera más alerta.
Era exactamente el problema que siempre había tenido con él: podía parecer extraño durante días y después decir una frase tan inequívocamente suya que todas las dudas perdían fuerza. Una semana después acepté una llamada.
Solo voz. No habíamos acordado evitar el video. Simplemente ocurrió así.
Daniel llamó y, después de mirar su nombre en la pantalla durante unos segundos, contesté.
La primera cosa que dijo fue un «hola» demasiado cuidadoso, muy distinto de la facilidad que había existido entre nosotros antes de la desaparición.
—Hola.
Hubo un silencio breve.
—Esto es raro —dijo.
Me reí.
—Un poco.
—¿Me odias?
—No.
—Respondiste demasiado rápido.
—Hiciste una pregunta.
Daniel soltó una risa baja.
—Justo.
Escuchar su voz cambió algo.
Los mensajes permitían mantenerlo a una distancia cómoda.
La voz no. Durante meses Daniel se había convertido en ausencia, una historia que no terminaba y una persona que quizá nunca volvería a explicar nada.
En cuanto lo escuché, volvió a ser el hombre que conocía.
La cadencia, el acento, la manera de respirar antes de hacer una broma, todo seguía ahí.
Me irritó descubrir cuánto podía sobrevivir intacto después de tanto tiempo.
La llamada no se convirtió en reconciliación.
Daniel dijo que sabía que yo tenía razones para estar enojada y que no esperaba que fingiera que nada había ocurrido.
Le respondí que eso era bueno porque no pensaba hacerlo.
Hablamos un poco sobre su trabajo; dijo que había regresado hacía tiempo, aunque algunas cosas habían cambiado. También dijo que estaba bien de salud. Preguntó por Maggie y le advertí que probablemente todavía quería matarlo.
Daniel respondió que lo consideraba razonable.
Casi al final hice la pregunta que llevaba días evitando.
—¿Por qué volviste?
Daniel guardó silencio un momento.
—Porque te extrañé.
Era una respuesta obvia.
Y podía ser completamente cierta.
—Eso explica por qué volviste. No por qué ahora.
El silencio fue distinto.
Más largo.
Esperé.
—Algunas cosas cambiaron —dijo finalmente.
—¿Qué cosas?
Otra pausa.
—No estoy listo para hablar de todo.
No discutí.
Ya empezaba a reconocer los límites de aquella conversación y no pensaba empujarlos solo para obtener una respuesta incompleta.
Aun así, algo quedó instalado entre nosotros después de esa frase.
Daniel no había regresado simplemente porque un día hubiera decidido que me extrañaba. Algo había cambiado.
No sabía qué. La comunicación aumentó lentamente durante las semanas siguientes.
No regresamos a lo que habíamos sido, al menos no de inmediato.
Había demasiados meses entre nosotros y demasiadas preguntas todavía abiertas.
Daniel preguntaba por mi vida y yo le contaba algunas cosas.
Otras no. Él hablaba de sí mismo, aunque seguía evitando ciertas partes de aquel periodo.
No insistí. Si quería reconstruir algo conmigo, tarde o temprano tendría que decidir cuánto estaba dispuesto a contar.
Maggie descubrió que había vuelto antes de que yo se lo dijera.
Estábamos juntas cuando recibí un mensaje y debí sonreír de una manera particularmente incriminatoria porque me miró inmediatamente.
—No.
—¿Qué?
—No me digas que volvió.
Intenté mantener la expresión neutral y fallé.
—Volvió.
Maggie cerró los ojos un instante.
—Por supuesto que volvió.
Le conté cómo había ocurrido: la solicitud, la cuenta casi vacía, la frase HAZ EL AMOR, NO LA GUERRA, el nombre del personaje y mi primera pregunta.
Cuando llegué a «Alguien con quien no has hablado en mucho tiempo», Maggie hizo una mueca.
—Eso es dramático hasta para él.
—Un poco.
—¿Y luego tú preguntaste si era Daniel?
—Sí.
—Y era Daniel.
—Eso parece.
Maggie me miró.
—¿Eso parece?
Me encogí de hombros.
—He hablado con él por teléfono. Sí, es Daniel.
—Está bien. Menos mal. Por un segundo pensé que finalmente habías desarrollado criterio.
Le lancé una servilleta.
Pero cuando volvió a preguntar por la cuenta y por qué Daniel no utilizaba su nombre real, no lo defendí automáticamente.
—Dice que es una cuenta antigua del juego.
—Según él.
—Sí. Según él.
Maggie se quedó mirándome durante un segundo.
—Eso es nuevo.
Sabía a qué se refería.
Antes habría interpretado aquella frase como un ataque que tenía que rechazar. Ahora podía aceptar algo más sencillo: Daniel había dado una explicación y esa explicación podía ser verdadera sin que yo tuviera obligación de convertirla inmediatamente en un hecho comprobado.
No significaba que hubiera empezado a desconfiar de todo.
Significaba que había dejado de rellenar cada espacio.
Daniel había vuelto, seguía siendo cálido, gracioso, atento y desesperantemente familiar.
Había cosas de él que no parecían haber cambiado en absoluto.
Otras seguían detrás de una puerta que no estaba dispuesto a abrir.
Por primera vez, yo podía vivir con ambas cosas.