Lo que no preguntaste CAPÍTULO 14Alguien con quien no hablas
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CAPÍTULO 14Alguien con quien no hablas

Alguien con quien no hablas

Casi un año después de su último mensaje, Daniel ya no formaba parte de mi rutina.

Seguía existiendo, por supuesto, pero de una manera distinta: en bromas que nadie más entendía, en partidos que alguna vez habíamos visto al mismo tiempo desde continentes diferentes, en el personaje del videojuego con el que todo había empezado y en una colección de recuerdos que yo había dejado de intentar ordenar.

No había conseguido una explicación para su desaparición y, en algún momento, había dejado de necesitarla para continuar con mi vida.

No significaba que hubiera olvidado lo ocurrido ni que hubiera decidido perdonarlo sin saber qué había pasado.

Simplemente había aprendido a convivir con una historia que no tenía final.

Por eso, cuando apareció una solicitud de Instagram desde una cuenta que no reconocí, no pensé en Daniel. Estaba trabajando, vi la notificación entre otras cosas y estuve a punto de descartarla como tantas solicitudes de cuentas extrañas que llegaban de vez en cuando.

La cuenta prácticamente no decía nada. No había una fotografía de una persona, el nombre visible no correspondía a nadie que yo conociera y la imagen de perfil era una frase en letras claras sobre un fondo oscuro:

HAZ EL AMOR, NO LA GUERRA.

El usuario me resultó vagamente familiar, pero no lo suficiente para producir una asociación inmediata.

Había algo en él que me molestaba en la memoria, como una palabra que uno sabe que conoce pero no consigue colocar.

Entré al perfil por curiosidad y encontré muy poco.

No parecía una cuenta creada para mostrar una vida.

Apenas había contenido y nada permitía saber con certeza quién estaba detrás.

El nombre de usuario seguía provocándome esa sensación de reconocimiento incompleto, aunque después de unos segundos decidí que probablemente lo había visto en algún juego, foro o cuenta antigua y acepté la solicitud sin darle demasiada importancia. El mensaje privado apareció poco después.

No decía «Hola, amor».

Eso habría sido demasiado sencillo. Solo había un saludo breve.

Hola.

Lo abrí mientras terminaba de revisar una campaña y durante unos segundos contemplé la posibilidad de no responder.

La cuenta no significaba nada para mí y no tenía costumbre de mantener conversaciones con desconocidos solo porque hubieran decidido escribirme.

Sin embargo, aquel nombre de usuario seguía produciendo una incomodidad difícil de colocar, así que envié la pregunta más obvia.

¿Quién eres?

La respuesta no llegó inmediatamente.

Pasaron unos minutos antes de que apareciera.

Alguien con quien no has hablado en mucho tiempo.

Me quedé quieta. No fue una revelación instantánea.

La frase podía pertenecer a demasiadas personas, pero algo en ella hizo que volviera a mirar el usuario.

Esta vez el recuerdo terminó de encajar.

No era un nombre cualquiera. Era el nombre de un personaje.

Uno que había visto durante cientos de horas años atrás.

El personaje que había estado detrás del mío en un bosque digital la noche en que un desconocido me había dicho que estaba tomando el camino equivocado.

Sentí una presión extraña en el estómago. Escribí una sola palabra.

¿Daniel?

El indicador apareció casi inmediatamente.

Sí, amor.

Durante un momento no hice nada. No hubo alivio inmediato ni esa clase de emoción limpia que probablemente habría sentido meses atrás.

Había esperado durante demasiado tiempo, me había preocupado demasiado al principio y, finalmente, había hecho demasiado trabajo para acostumbrarme a que no estuviera.

El regreso no borró ninguna de esas etapas.

Solo las hizo coincidir de golpe dentro del mismo instante. Daniel estaba vivo.

Eso fue lo primero que entendí. Todo lo demás llegó después.

Dejé el teléfono sobre el escritorio y terminé lo que estaba haciendo.

No por estrategia. No quería castigarlo retrasando una respuesta ni demostrarle que ya no me importaba.

Simplemente necesitaba unos minutos para decidir qué clase de conversación estaba dispuesta a tener.

Durante casi un año había imaginado, al principio, que si Daniel regresaba vendría acompañado de una explicación enorme: otro accidente, una hospitalización, una situación familiar imposible, alguna circunstancia tan extraordinaria que pudiera transformar el silencio en algo inevitable.

Después había dejado de imaginar su regreso. Ahora estaba allí, escondido detrás de una cuenta casi vacía y un nombre que pertenecía a la época en que todavía éramos dos personajes dentro de un videojuego. Cuando volví a abrir la conversación había otro mensaje.

Lo siento.

Lo leí sin responder.

No era suficiente y sospechaba que Daniel lo sabía.

—¿Dónde has estado?

La pregunta se quedó enviada durante un rato. Daniel comenzó a escribir, se detuvo y volvió a hacerlo.

Finalmente apareció una respuesta más larga de lo habitual.

Pasaron muchas cosas. Estuve enfermo por un tiempo. Después vino la recuperación. El trabajo se complicó. También hubo asuntos personales. Sé que esto no explica diez meses.

Aquello llamó mi atención precisamente porque no intentaba fingir que sí lo explicaba.

Daniel podía haber elegido una emergencia limpia, una historia capaz de absorber todo el periodo.

En lugar de eso había enumerado varias cosas sin convertir ninguna en una justificación suficiente.

Le pregunté si había estado enfermo durante los diez meses.

Respondió que no.

Cuando quise saber qué había ocurrido después, dijo que era complicado y que no estaba preparado para explicarlo todo de una vez.

El viejo impulso habría sido completar la historia por él. Enfermedad, recuperación, problemas de trabajo, quizá problemas familiares. Podía imaginar una secuencia perfectamente razonable sin necesidad de que Daniel añadiera una sola palabra.

Esa vez no lo hice.

—Entonces no lo expliques todo —escribí—. Pero no actúes como si hubiéramos hablado ayer.

Pasaron unos segundos.

No lo haré.

—Desapareciste.

Lo sé.

—Sin decir nada.

Eso también lo sé.

—Pensé que estabas muerto.

La respuesta tardó más.

Lo siento por eso. De verdad.

Me molestó que sonara sincero. Habría sido más sencillo si hubiera aparecido arrogante, defensivo o exigiendo que entendiera una situación que todavía no conocía.

Podría haberme enojado y cerrar la conversación.

En cambio, Daniel no discutió ninguno de mis reproches.

Tampoco intentó apelar inmediatamente a lo que habíamos tenido.

Permaneció ahí, respondiendo lo suficiente para que yo supiera que no iba a desaparecer en mitad de la conversación otra vez, pero sin fabricar una explicación instantánea.

Después miré nuevamente el perfil.

—¿Por qué esta cuenta?

Es vieja.

—Eso ya lo supuse.

Del juego. Más que nada.

—¿Y la otra?

Hubo una pausa.

La borré.

—¿Por qué?

Daniel tardó un poco antes de responder.

Necesitaba desaparecer por un tiempo.

La frase me hizo detenerme. No había escrito Tenía que desaparecer. Había escrito Necesitaba.

Necesitaba desaparecer. No le pregunté qué significaba. Al menos no inmediatamente.

Había una diferencia entre saber que alguien había atravesado circunstancias difíciles y saber que había elegido retirarse de su propia vida durante un tiempo.

Aquello podía tener explicaciones completamente razonables.

Agotamiento. Enfermedad. Una crisis personal.

Algo relacionado con el trabajo. Incluso podía ser una manera poco precisa de describir todo lo anterior.

Pero la frase quedó ahí.

Finalmente pregunté:

—¿De todo?

La respuesta llegó rápido.

Sí.

—¿También de mí?

Esta vez tardó más.

Sobre todo de la gente que me importaba.

No me gustó esa respuesta porque sonaba demasiado bien.

—Eso tampoco tiene sentido.

Lo sé.

Daniel escribió algo más, lo borró y volvió a escribir.

No estaba bien, Lorraine. Esa es la versión más sencilla que puedo darte ahora mismo.

Aquello era distinto. No una enfermedad concreta ni otra emergencia espectacular, solo la admisión de que algo había estado mal. Podía ser verdad.

Probablemente parte de ello lo era. Lo poco que Gina me había dicho durante aquellos meses coincidía al menos con una cosa: Daniel realmente se había apartado del trabajo durante un periodo.

No había sido únicamente yo. Existía una interrupción más amplia en su vida, aunque seguía sin saber qué la había provocado.

No continué presionándolo.

No porque estuviera satisfecha, sino porque me di cuenta de que ya no necesitaba resolver todo en una noche.

Daniel había desaparecido casi un año. Su regreso no le daba derecho a recuperar inmediatamente el espacio que había dejado vacío, pero tampoco me obligaba a decidir en ese momento qué haría con él.

—Tengo que trabajar.

Está bien.

—Y no sé qué quiero hacer con esto todavía.

Hubo unos segundos antes de que respondiera.

Es justo.

Pensé que la conversación terminaría ahí. Entonces llegó otro mensaje.

Me alegra que hayas respondido, Cenicienta.

El apodo produjo una reacción que no esperaba. No exactamente ternura.

Tampoco enojo. Era más parecido a escuchar una canción asociada con una época que uno creía terminada.

Durante años aquella palabra había pertenececido exclusivamente a Daniel.

Nadie más la utilizaba. Verla nuevamente hizo que el hombre detrás de la cuenta dejara de ser una posibilidad abstracta y adquiriera de golpe una continuidad demasiado familiar.

No respondí. Aquella noche dormí peor de lo que quería admitir, aunque no pasé horas revisando la cuenta ni intentando encontrar pistas sobre dónde había estado.

Si Daniel quería volver a mi vida, tendría que hacerlo hablando conmigo.