Lo que no preguntaste CAPÍTULO 13El año vacío
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CAPÍTULO 13El año vacío

El año vacío

La desaparición más larga de Daniel no empezó con una pelea, una enfermedad ni una despedida. Empezó con un mensaje normal y, durante mucho tiempo, eso fue lo que más me molestó.

Habíamos hablado la noche anterior como tantas otras veces: trabajo, Packers, una historia ridícula sobre uno de mis clientes y otra sobre alguien de su oficina que, según Daniel, había conseguido convertir un problema sencillo en una reunión de tres horas.

La mano ya estaba mucho mejor después del accidente con la sierra, no había mencionado ningún viaje inminente y tampoco parecía enfermo.

Antes de dormir escribió:

Buenas noches, Cenicienta.

Y a la mañana siguiente apareció otro mensaje:

Buenos días, amor. Día ocupado. Hablamos luego.

Nada en esas palabras parecía una despedida. Si hubiera sabido que serían las últimas que recibiría durante casi un año, probablemente habría buscado alguna señal especial. No la había.

Ese primer día no contestó más.

Tampoco al siguiente.

Yo seguí con lo mío. Tenía una presentación, dos campañas que revisar y un cliente capaz de transformar una llamada de quince minutos en una hora entera.

Después de tantos años con Daniel, cuarenta y ocho horas de silencio no significaban necesariamente nada.

Había estado en plantas sin señal, en vuelos interminables, enfermo, trabajando hasta tarde y una vez literalmente inconsciente en un hospital.

El silencio había aprendido a disfrazarse de demasiadas cosas como para que yo saltara a una conclusión cada vez que aparecía.

Al tercer día escribí:

—¿Todo bien?

Y, al cuarto, algo todavía más sencillo:

—Avísame cuando puedas.

Después dejé de hacerlo.

No fue orgullo ni una estrategia para ver si reaccionaba.

Simplemente entendí que no tenía sentido llenar una conversación que nadie estaba respondiendo.

Daniel sabía dónde encontrarme. Si estaba trabajando, aparecería.

Si le había ocurrido algo, confiaba en que tarde o temprano alguien de su entorno me avisaría, como había pasado antes.

Aquella expectativa me mantuvo bastante tranquila durante la primera semana. Cuando la semana terminó, escribí a Gina.

Hacía meses que no hablábamos y no convertí el mensaje en una emergencia; solo pregunté si sabía algo de Daniel.

Su respuesta llegó más tarde de lo que esperaba:

No recientemente. ¿Está todo bien?

Eso fue lo primero que me hizo detenerme. Le dije que llevaba varios días sin saber de él. Gina respondió que Daniel también estaba fuera del trabajo y que ella había supuesto que yo lo sabía.

No parecía alarmada, pero tampoco tenía una explicación.

Cuando pregunté si estaba enfermo, contestó:

No sé.

Cuando pregunté si sabía dónde estaba, tardó un poco más:

No exactamente. Asuntos personales, creo.

Leí la frase varias veces, más por lo vaga que era que por lo que podía significar. Gina no sabía o no quería decirme. Ninguna posibilidad me gustaba demasiado, pero tampoco tenía razones para presionarla. Le pregunté únicamente si creía que Daniel estaba bien.

Creo que sí.

Eso fue todo.

No seguí interrogándola. Durante los días siguientes pensé en Daniel, por supuesto, pero mi vida no se convirtió en una investigación.

Trabajaba, salía, veía a Maggie, resolvía problemas que no tenían nada que ver con él.

La preocupación aparecía en momentos concretos: cuando veía su nombre todavía arriba de una conversación, cuando ocurría algo que normalmente le habría contado, cuando empezaba un partido y recordaba que durante años habíamos discutido los mismos errores del equipo desde países distintos. Después pasaba.

La vida tenía una manera poco elegante de continuar aunque una parte de ella hubiera quedado suspendida.

Al principio creí que Daniel reaparecería con una explicación enorme.

Esa expectativa tenía sentido porque era lo que había ocurrido otras veces.

Un silencio terminaba revelándose como accidente, hospital, trabajo, recuperación, China.

Siempre aparecía algo que transformaba retrospectivamente la ausencia en una historia. Esta vez no.

Pasaron dos semanas y luego tres. Gina no volvió a ofrecer ninguna información nueva y yo tampoco insistí.

Si Daniel había decidido alejarse por algo personal, utilizar a su asistente como intermediaria para obtener detalles me parecía cruzar una línea que no estaba dispuesta a cruzar.

Si, en cambio, había ocurrido algo serio y ella podía decírmelo, confiaba en que lo haría.

Fue Maggie quien finalmente preguntó.

Estábamos cenando y, después de casi una hora hablando de cualquier otra cosa, dijo simplemente:

—¿Y Daniel?

—Nada.

Maggie dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Desde cuándo?

Tuve que pensar.

—Casi un mes.

No hizo esa cara que yo detestaba. No dijo que siempre lo había sabido ni empezó a enumerar las cosas raras que había señalado durante años. Solo preguntó si Gina sabía algo.

Le expliqué lo poco que tenía y Maggie se quedó callada unos segundos.

—¿Qué vas a hacer?

La respuesta me salió fácil.

—Nada.

—¿Nada?

—Ya escribí. Gina sabe que estoy preguntando. Daniel sabe dónde encontrarme.

Maggie me observó.

—¿Y si le pasó algo?

—Entonces espero que alguien me lo diga.

—¿Y si no?

Me encogí de hombros.

—No voy a volar a Alemania a buscar una puerta que ni siquiera sé dónde está.

Eso sonó más duro de lo que me sentía, pero era verdad.

No iba a llamar hospitales al azar, rastrear cuentas ni empezar a buscar familiares a los que nunca me habían presentado. Aquello no habría sido amor; habría sido una forma de no aceptar que había límites en lo que yo podía saber sobre alguien que vivía al otro lado del mundo.

Maggie preguntó si estaba bien.

Le dije que no demasiado, pero que tampoco estaba destruida. Estaba preocupada, enojada y, cada día un poco más, cansada de no tener una respuesta.

Las tres cosas podían existir al mismo tiempo.

El primer mes se convirtió en dos y después en tres.

La ausencia dejó de sentirse como una emergencia y empezó a parecerse más a una decisión cuya razón yo desconocía.

Esa posibilidad dolía de una forma distinta.

Daniel podía haber decidido terminar lo nuestro.

Podía haber conocido a otra persona. Podía estar atravesando un problema familiar, médico o laboral que no quería compartir conmigo.

Podía haberse cansado de la distancia. Todas eran posibilidades plausibles y ninguna cambiaba un hecho sencillo:

no estaba hablando conmigo.

A partir de cierto momento dejé de pensar en aquello como una desaparición y empecé a pensarlo como silencio.

Y el silencio, cuando dura suficiente, adquiere su propio significado aunque uno no sepa exactamente cuál es.

Mi vida se ajustó. Dejé de calcular de manera automática qué hora era en Alemania.

Los Packers volvieron a ser solo un partido, no una conversación paralela.

Acepté nuevos proyectos. Viajé por trabajo.

Salí con Maggie. Conocí personas. Algunas me interesaron y otras no.

Daniel seguía apareciendo de vez en cuando en mi cabeza, pero dejó de ocuparla por completo.

Eso no borraba lo que había significado. Solo demostraba que una vida podía hacer espacio para alguien y después aprender a vivir con el hueco. Cerca del cuarto mes envié un último mensaje:

Espero que estés bien. No tienes que explicar nada. Solo dime que sigues vivo.

No hubo respuesta.

Después de eso dejé de escribirle, no porque hubiera dejado de importarme, sino porque ya había dicho todo lo que tenía derecho a decir.

Durante un tiempo Gina siguió siendo una presencia remota. Alguna vez intercambiamos mensajes por motivos totalmente distintos y, en una de esas ocasiones, le pregunté si sabía algo nuevo. Respondió que no podía contarme mucho y que lo sentía.

No sonó evasiva de una manera sospechosa.

Sonó incómoda. Eso me bastó para entender que seguir preguntando no me llevaría a ninguna parte.

Fue mucho después cuando Maggie mencionó la posibilidad de que Daniel estuviera casado. Yo misma la había pensado alguna vez, aunque nunca con suficiente fuerza como para convertirla en teoría.

Una tarde salió el tema de manera casi casual y dije:

—Quizá tenía una esposa.

Maggie tardó un poco demasiado en responder.

La miré.

—Lo habías pensado.

—Sí.

—¿Desde hace cuánto?

—No importa.

—Maggie.

—Desde hace bastante.

Me reí, más sorprendida que herida.

—Gracias por avisar.

—¿Qué querías que hiciera? ¿Que te dijera que tu novio alemán podía tener una familia secreta?

—No era mi novio alemán secreto.

Maggie levantó una ceja.

—Claro.

La conversación no se convirtió en una teoría.

Ninguna de las dos tenía pruebas.

Podía haber una esposa, otra relación, una familia, un problema médico, una decisión personal o algo que no se nos había ocurrido.

Al final Maggie dijo lo único realmente útil:

—No sabemos.

Eso me gustó.

No sabemos.

Durante meses había intentado llenar el vacío con posibilidades.

Esa frase permitía dejarlo vacío. Al sexto mes ya no tenía idea exacta de cuánto tiempo había pasado sin calcularlo.

Al séptimo, un proyecto nuevo ocupó suficiente espacio como para que durante semanas apenas pensara en él.

Al octavo fui con Maggie a un partido y no tuve el reflejo de fotografiar nada para enviárselo.

Cerca del noveno entendí que había ocurrido el verdadero final: había dejado de esperar.

No a Daniel.

Sino la espera misma.

Esa diferencia importaba. No necesitaba odiarlo para seguir adelante.

Tampoco necesitaba inventar una explicación que me permitiera cerrarlo.

Algunas relaciones terminaban con una conversación; otras terminaban porque una persona dejaba de volver.

Era una manera terrible de hacerlo, pero seguía siendo una manera.

Casi un año después de su último mensaje, Daniel ya no formaba parte de mi rutina.

Seguía existiendo dentro de ciertos recuerdos, en bromas que nadie más entendía, en el juego donde nos habíamos conocido y en esa extraña colección de años que yo todavía no sabía cómo clasificar.

No estaba buscando respuestas cuando apareció la notificación.

Era una solicitud en Instagram.

La cuenta no tenía su nombre ni una fotografía suya. La imagen de perfil era una frase blanca sobre un fondo oscuro:

HAZ EL AMOR, NO LA GUERRA.

Estuve a punto de ignorarla. El nombre de usuario me detuvo. No era Daniel Ertel. Era el nombre de un personaje de videojuego que yo no había visto en casi un año, el mismo que había estado detrás de mí en un bosque virtual la noche en que un desconocido escribió:

Vas en la dirección equivocada.

Me quedé mirando la solicitud unos segundos. No pensé Daniel.

Todavía no.

Pensé que era una coincidencia. Y quizá por eso la acepté.