Lo que no preguntaste CAPÍTULO 12La sangre en la madera
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CAPÍTULO 12La sangre en la madera

La sangre en la madera

El accidente con la sierra ocurrió en una época en la que yo había empezado a desconfiar de algunas cosas sobre Daniel, pero todavía confiaba en Daniel.

La diferencia parece pequeña hasta que uno tiene que vivir dentro de ella.

Para entonces había aprendido a reconocer ciertos huecos sin convertirlos inmediatamente en sospecha.

Los viajes, las explicaciones que llegaban después, los cambios de tono, las horas en que parecía hablar de una manera y más tarde volvía a sonar exactamente como siempre.

China había dejado una especie de residuo incómodo, no una conclusión.

Daniel seguía estando ahí. Seguía llamando, trabajando, viajando, enfermándose con menos frecuencia de lo que Maggie consideraba estadísticamente aceptable y recordando detalles de mi vida con una precisión que a veces me hacía reír y otras me obligaba a preguntarme qué tan bien conocía yo los suyos.

Había momentos en los que la duda crecía y otros en los que me parecía ridículo haberla alimentado.

Lo peor era precisamente eso: nada permanecía extraño el tiempo suficiente para convertirse en certeza.

Aquel sábado Daniel me había contado que estaba ayudando a construir una pequeña casita de madera para unos niños del vecindario.

La idea sonaba demasiado amable para él y se lo dije.

Respondió que su reputación estaba siendo destruida y que agradecería que mantuviera la información en secreto.

Según explicó, uno de los vecinos había empezado el proyecto y él había terminado involucrándose porque sabía usar herramientas y porque, en sus propias palabras, alguien tenía que evitar que aquella cosa se derrumbara encima de los niños.

Me mandó una fotografía a media mañana.

La estructura apenas empezaba a tomar forma: tablones sin pintar, un pequeño marco que algún día sería una ventana y parte de un jardín detrás. No aparecía Daniel. Solo la construcción.

—No parece terrible —le escribí.

Todo un elogio.

—Dije que no parece terrible. No que sea segura.

Soy alemán. Sobrevivirá a un invierno nuclear.

—Eso no me tranquiliza.

Nada sobrevive.

Seguí con mi día. Tenía trabajo atrasado y una llamada que se alargó más de lo esperado. Cerca del mediodía Daniel mandó otra foto, esta vez de una tabla recién cortada y un mensaje diciendo que había descubierto que odiaba la carpintería.

Contesté varias horas después. Él no respondió. No pensé nada.

Era sábado, estaba trabajando con gente, tenía las manos ocupadas y, después de China, me había prometido a mí misma que no iba a otorgarle significado a cada silencio.

Además, mi propia tarde se llenó rápido.

Terminé una propuesta, salí por café y hablé con Maggie de algo que no tenía nada que ver con Daniel.

Durante varias horas ni siquiera miré nuestra conversación.

Fue al regresar a casa cuando noté que el último mensaje seguía sin leerse.

Tampoco me preocupé de inmediato.

Eso, de alguna manera, también era progreso.

Después del coma y de la neumonía, cualquier ausencia había terminado asociándose durante un tiempo con hospitales, médicos y llamadas que nadie quería recibir.

Me había costado meses volver a interpretar el silencio como algo normal.

Daniel podía no contestar. Podía estar trabajando, manejando, durmiendo o simplemente viviendo.

La vida no tenía obligación de anunciarse cada veinte minutos.

Preparé algo de cenar y dejé el teléfono sobre la barra de la cocina.

A las nueve y doce vibró. No era un mensaje.

Era una fotografía.

La abrí y durante los primeros segundos no entendí lo que estaba viendo.

Una mano envuelta en gasas, una venda gruesa alrededor de dos dedos y una pequeña mancha oscura atravesando una de las capas.

Detrás se veía una superficie blanca que parecía una cama o una camilla. Debajo Daniel había escrito:

Pequeño desacuerdo con la carpintería.

Me quedé mirando la foto.

No sentí sospecha.

Sentí miedo.

Eso también decía mucho sobre mí.

—¿Qué hiciste?

La respuesta tardó varios minutos.

Ganó la sierra.

—Daniel.

Todavía tengo todos los dedos. Casi.

Lo llamé.

No contestó.

Volví a llamar una sola vez y después me detuve. No quería convertirme en la persona que insistía mientras alguien podía estar hablando con un médico. En lugar de eso escribí que solo necesitaba saber qué tan grave era.

La respuesta llegó poco después:

Corte feo. Hospital. Lo arreglaron.

Cuando pregunté qué significaba exactamente «lo arreglaron», tardó casi un minuto.

Me corté bastante mal una parte del dedo. No se cayó nada. Relájate.

La última palabra consiguió exactamente lo contrario.

—No me digas que me relaje.

Justo.

—¿Necesitas cirugía?

Esta vez tardó más.

Procedimiento menor. Ya terminó.

Me senté. Durante unos segundos tuve la sensación absurda de estar viendo una historia conocida con objetos distintos.

Hospital. Procedimiento. Daniel herido.

Información llegando en fragmentos. La diferencia era que aquella vez el miedo llegó acompañado por otra cosa que me avergonzó reconocer: una pregunta que no tenía nada que ver con el dedo. ¿De verdad estaba construyendo una casita? La odié en cuanto apareció.

La fotografía de aquella mañana estaba en mi teléfono. La madera, el jardín, la estructura incompleta. El proyecto existía antes del accidente; Daniel no había tenido que inventarlo después para justificar nada.

Y aun así, durante un instante, mi cabeza había intentado comprobar si la historia tenía sentido antes de permitirme preocuparme por él.

Ahí entendí que algo había cambiado, no necesariamente en Daniel, sino en la manera en que yo lo escuchaba.

China, Maggie, los mensajes extraños, las explicaciones incompletas: todo había dejado un sedimento suficiente para que incluso una herida real atravesara primero una capa de duda. El teléfono vibró otra vez.

Puedo llamar en un rato.

Me quedé mirando la conversación, molesta conmigo misma.

Maggie había dicho que siempre había algo.

China me había enseñado que algunas historias eran menos completas de lo que yo imaginaba.

Los mensajes extraños me habían hecho prestar atención a diferencias que antes habría ignorado.

Y ahora una persona podía cortarse un dedo con una sierra y mi cerebro necesitaba comprobar primero si la sierra existía.

Eso no era razonable. O quizá lo era demasiado.

Daniel llamó unos veinte minutos después.

La cámara se activó antes de que pudiera decir nada. Estaba sentado en lo que parecía una habitación de hospital, con la mano elevada y el vendaje mucho más aparatoso de lo que había mostrado la primera fotografía. Se veía cansado, pero no especialmente alarmado.

Detrás de él pasó una persona con ropa médica.

No necesitaba preguntarle dónde estaba.

—Antes de que empieces —dijo—, se ve peor de lo que es.

—Esa frase jamás ha tranquilizado a nadie.

—Sigue siendo cierto.

—¿Qué pasó?

Daniel levantó un poco la mano y después hizo una mueca.

—Mala idea.

—No la muevas.

—Sí, doctora.

—Daniel.

Sonrió apenas.

La historia era sencilla. Estaban cortando madera. Daniel había sujetado una pieza de una manera que, en retrospectiva, describió como estúpida. La sierra se deslizó. No amputó completamente ningún dedo, pero alcanzó uno de ellos con suficiente fuerza como para producir una lesión seria.

Hubo sangre, mucha más de la que él consideró necesario describir, alguien pidió ayuda y en el hospital tuvieron que limpiar, revisar el daño y reparar la herida.

La explicación llegó sin dramatismo y sin ninguno de los huecos a los que yo había empezado a acostumbrarme.

Daniel incluso se burló de sí mismo.

—Y eso que hablan de la ingeniería alemana.

—No vuelvas a acercarte a una sierra.

—Un poco extremo.

—No.

—Los niños todavía necesitan la casa.

—Que la termine alguien con diez dedos funcionales.

Daniel levantó la mano sana.

—Técnicamente…

—Ni se te ocurra.

Se rio y se arrepintió inmediatamente porque el movimiento pareció dolerle.

La llamada duró menos de quince minutos. Antes de colgar giró la cámara para enseñarme una de las pequeñas piezas de madera que alguien había llevado consigo al hospital. En uno de los bordes había una mancha seca y oscura.

Le pregunté si era sangre.

Daniel dijo que quizá pintura.

Lo miré.

Admitió que sí, era sangre, y añadió que pensaba guardarla como recuerdo. Le dije que era asqueroso. Contestó que justamente por eso valía la pena.

Al día siguiente mandó una fotografía desde casa: mano vendada, café y la misma mesa que yo había visto decenas de veces. Después otra del proyecto detenido, la pequeña estructura cubierta con una lona porque había llovido.

Varios días más tarde, durante una videollamada, uno de los vecinos apareció detrás de él y dijo algo sobre la mano. Daniel respondió con una expresión de fastidio y después me explicó que lo habían declarado oficialmente incompetente para usar herramientas durante el resto del proyecto.

Semanas más tarde vi la mano sin parte del vendaje, la lesión todavía evidente, la piel en proceso de cicatrización. Meses después seguía diciendo que una zona del dedo no se sentía completamente igual.

Había proyecto antes del accidente, hospital después, herida durante semanas y gente alrededor que conocía lo ocurrido.

No había misterio en aquella historia. Eso terminó siendo lo importante.

Porque una parte de mí había empezado a creer que, si conseguía encontrar suficientes cosas raras, todo Daniel terminaría explicándose de una sola forma.

El accidente de la sierra destruyó esa comodidad.

No podía tratar cada episodio extraño como otra pieza de una gran mentira porque algunas piezas eran simplemente verdad.

Cosas improbables ocurrían. Personas se enfermaban.

Las ruedas pasaban sobre pies. Los medicamentos podían salir mal.

Una sierra podía cortar un dedo. El hecho de que una historia sonara increíble no significaba que lo fuera.

Una noche le conté a Maggie lo ocurrido.

No lo hice como prueba de nada, aunque probablemente una parte de mí quería que funcionara así.

Le expliqué lo de la sierra, el hospital y la herida.

Maggie preguntó primero si Daniel estaba bien.

Le dije que sí, que se había lastimado bastante pero que se recuperaría.

Después añadí que lo había visto.

Maggie entendió inmediatamente por qué lo estaba mencionando.

—Nunca dije que todas sus historias fueran mentira —respondió.

—Ya sé.

—Lorraine, que una cosa sea verdad no convierte automáticamente las demás en verdad.

Sentí la necesidad de defenderlo antes incluso de decidir hacerlo.

—Y que algunas cosas sean raras tampoco convierte todo en mentira.

Maggie asintió.

—También.

Eso me sorprendió.

Esperaba una discusión y no llegó.

Maggie tomó un poco de café y cambió de tema, pero yo me quedé pensando en la conversación mucho después.

El accidente del dedo no explicaba China.

No explicaba los cambios de tono. No explicaba los detalles que aparecían después.

Solo demostraba que Daniel podía contar una historia improbable y estar diciendo exactamente la verdad.

Y, de alguna manera, eso hacía las demás dudas más difíciles, no más fáciles.

Si todo hubiera sido falso, tarde o temprano habría sido sencillo descubrirlo.

Las historias inventadas se rompen. Las personas mencionadas no existen.

Las fechas dejan de coincidir. Las heridas desaparecen.

Con Daniel, en cambio, algunas cosas resistían perfectamente.

Durante las semanas siguientes escribir se volvió incómodo para él, así que usamos más llamadas de voz.

Paradójicamente, durante ese tiempo la comunicación se sintió más estable que en meses.

Hablábamos menos veces al día, pero cuando lo hacíamos Daniel sonaba como Daniel.

No había tantos mensajes breves, ni despedidas extrañas, ni cambios repentinos de tono que me hicieran detenerme. Yo no saqué ninguna conclusión de eso.

Era lógico que si hablábamos más por voz hubiera menos espacio para interpretar palabras escritas, y además Daniel estaba pasando más tiempo en casa mientras la mano sanaba.

Aun así, la diferencia quedó registrada en algún lugar de mi cabeza.

Cuando empezó a recuperar movilidad y volvió a escribir con normalidad, las variaciones regresaron poco a poco.

No inmediatamente y no todos los días. Solo de vez en cuando.

Un Buenas noches, Lorraine donde esperaba otra cosa.

Un Está bien seco dentro de una conversación.

Una respuesta perfectamente correcta que, por algún motivo, parecía vacía y, después, unas horas más tarde, Cenicienta, una broma, una referencia precisa a algo que yo había dicho semanas antes.

La misma persona y, al mismo tiempo, pequeñas diferencias que yo no podía convertir en nada concreto.

Pensé en el teléfono de trabajo.

Pensé en China. Pensé en los periodos durante los que parecía responder solo lo suficiente para mantener viva la conversación.

Después pensé que estaba haciendo exactamente lo que Daniel había dicho: buscando patrones porque mi cabeza estaba acostumbrada a encontrarlos.

Ambas explicaciones podían ser ciertas. Eso era lo peor.

Unos días después me mandó una fotografía de la casita terminada.

Estaba pintada, con una pequeña ventana y un techo inclinado. Daniel no aparecía en la imagen.

Terminaron sin mí. Traición.

Sonreí y le dije que probablemente querían que los niños conservaran todos los dedos.

Respondió:

Muy gracioso.

Después añadí que, al menos, había aprendido algo. Daniel contestó:

Nunca toques sierras.

Y yo le dije que por fin estábamos progresando. Su respuesta llegó unos segundos después.

Además, te preocupas demasiado.

Me quedé mirando esa frase un poco más de lo necesario. Quizá tenía razón.

Maggie también podía tenerla. Las dos cosas no eran incompatibles.

El accidente de la sierra me había dejado una certeza extraña: la verdad de una historia no demostraba la verdad de todas las demás, pero tampoco podía convertir cada cosa improbable en una mentira solo porque existieran partes de Daniel que yo no entendía.

Ese era el problema real. Las piezas verdaderas hacían que las demás fueran mucho más difíciles de cuestionar.